Skip to main content

Full text of "Historia política de los papas, desde la revolución francesa a nuestros días .."

See other formats


;' " 

CELEDONIO NIN Y SILVA 



Historia'Folítica de los Papas 

Desde la Revolución Francesa a Nuestros Días 



la. Parte: 



Oe Fio VI i Itón Xlll 

(inclusive) 



El Pontífice Romano no puede vi 
debe reconciliarse, ni transigir con el 
progreso, el liberalismo y la civilización 
moderna. Pío IX (Proposición LXXX 
del Syllabus). 

En lo tocajite a las libertades moder- 
nas, cada lino debe atenerse al juicio 
de la Sede apostólica y conformarse a 
sus decisiones. 

Los católicos deben abordar la vida 
política proponiéndose infundir en todas 
las venas del Estado, como savia y 
sangre reparadora, la virtud y la influen- 
cia de la religión católica. Lf.óx Xíll 
(Ininortale Dei). 



BX\365 

Y.I 




Editorial Independencia 

RoNDEAU 1399, ESQ. Colonia 
AlONTEVIDFO 

194 3 



♦ 



7 

1^ 




] 

I 

I 

i 



¡ 

■i 



i 



] 
J 



,1 
1 

i 



HISTORIA 

POLITICA DE LOS PAPAS 

desde la Revolución Francesa a nuestros días 

• 

It» PARTE 
DE PIO VI A LEON XIII inclusive 




DEL MISMO AUTOR 



La Impureza. — Estudios de higiene y moral sexiuües para 
los jóvenes. 2^ edición, 1906. Barcelona. (Agotada). 

La Pureza Juvenil. — Epítome de un curso de instrucción 
sexual para jovencitos de a 16 años. 1906. Barcelona. 
(Agotada). 

CÓDIGO Civil de la República Oriental del Uruguay 
ANOTADO Y CONCORDADO. 2^ edición. 1943. Montevideo. 

La República del Uruguay en su primer centenario. 
2^ edición. 1930. Montevideo. 

Suplemento al Código Civil de la República O. del Uru- 
guay ANOTADO Y CONCORDADO. 1937. Montevideo. (Ago- 
tado) . 

Historia de la Religión de Israel según la Biblia, la 
ORTODOXIA Y LA CIENCIA. 1935/1940. Montevideo. Obra 
de la cual se han publicado los siguientes volúmenes: 

Tomo I. Moisés y su dios. (480 págs. con 25 graba- 
dos y 2 mapas). 

Tomo II. Los Jueces y el comienzo de la monar- 
quía israelita. (445 págs. con 8 grabados). 

Tomo III. El rey David (500 págs. con 7 grabados). 

Tomo IV. Salomón y su pretendida obra literaria. 

1^ Parte. El Cantar de los Cantares. (280 

págs. con 6 grabados). 
Tomo V. Salomón y su pretendida obra literaria. 

2^ Parte. PROVERBIOS, ECLESIASTÉS Y SABIDU- 
RÍA DE Salomón. (342 págs.). 

Tomo VI. El Cisma. Los comienzos de la literatura 

BÍBLICA. El origen DEL HOMBRE. (368 págS. 

con 24 grabados). 

(En preparación los demás tomos de esta 
obra). 

La Democracia y la Iglesia, folleto. 1939. Montevideo. 

La Libertad a través de la Historia. ¿Libres o esclavos? 
(Mundo Antiguo, España y Francia). Un tomo de 
488 págs. Buenos Aires. 



CELEDONIO NIN Y 



á 



Historia Política de los Papas 

Desde la Revolución Francesa a Nuestros Dias 



El Pontífice Romano no puede ni 
debe reconciliarse, ni transigir con el 
progreso, el liberalismo y la civilización 
moderna. Pío IX (Proposición LXXX 
del Syllabus). 

En lo tocante a las libertades moder- 
nas, cada uno debe atenerse al juicio 
de la Sede apostólica y conformarse a 
sus decisiones. 

Los católicos deben abordar la vida 
política proponiéndose infundir en todas 
las venas del Estado, como savia y 
sangre reparadora, la virtud y la influen- 
cia de la religión católica. León XIII 
(Inmortale Dei). 



la. Parte: 

De Pío VI a león 

(inclusive) 
con 6 ilustraciones 




Editorial Independencia 

RONDEAU 1399, ESQ. CoLo^aA 

Montevideo 
1943 



COLECCION 

Obras Históricas 



Hecho el depósito que indica 
la ley 

Reservados todos los derechos 




IMPRESO EN LA ARGENTINA 
Talleres Gráfícos "La Mundial» — Sarmiento 3149 — Buenos Aires 



DOS PALABRAS AL LECTOR 



Solicitado por un amigo que dirigía una revista mon- 
ievideana, para escribir sobre la política del Vaticano, co- 
mencé en 1941 este trabajo, cuyos primeros capítulos vieron 
la luz en dicha publicación. Después he ido profundizando 
más el tema, estudio que ha originado el presente libro; pero 
sin alterar mayormente lo que primero había escrito y pu- 
blicado. La larga duración y la excepcional importancia de 
los pontificados de Pío IX y de León XIII, que abarcan la 
segunda mitad del siglo xix, explican suficientemente que 
les haya consagrado mayor extensión que a sus antecesores. 

En mi libro La libertad a través de la historia, apa- 
recido recientemente, encontrará el lector más amplios datos 
sobre la actuación de los papas estudiados en este volumen, 
en relación con las libertades individuales. 

En un próximo tomo, si me es posible, completaré este 
trabajo examinando la acción política de los pontífices que 
van desde Pío X al actual Pío XII. 

Montevideo, junio 15 de 1943. 




INTRODUCCIÓN 



A título de introducción de nuestro tema, recordemos 
brevemente lo siguiente: 

1' Jesús no constituyó iglesia alguna, sólo pretendió re- 
formar el judaismo. Véase en comprobación de ello, el capí- 
tulo 5 del Evangelio de Mateo, en el que contrapone las 
enseñanzas consideradas como mosaicas, con las suyas pro- 
pias, en la forma antitética: '^Oísteis que fue dicho a los 
antiguos ... (tal cosa) ; pues yo os digo . . (tal otra) C) • 
Y luego declara categóricamente que no ha venido a abo- 
lir la Ley ni los Profetas, sino a cumplirlos; pero como buen 
reformador moralista, para él la Ley y los Profetas se resu- 
mían en esta enseñanza: "Todo lo que quisiereis que los 
hombres hiciesen con vosotros, así también haced vosotros 
con ellos'' (Mat. 5, 17; 7, 12). 

T Compenetrado de la idea de la proximidad del fin del 
mundo, enseñaba Jesús que debían sus discípulos estar pre- 
parados para el advenimiento del juicio final. No se preocu- 
pó, pues, de la repercusión de su doctrina en las relaciones 
sociales; por el contrario, siempre insistió en que su reino no 
era de este mundo (Mat. 24, 29-3 5; Juan 18, 36 j. 

3' No se cumplieron las predicciones de Jesús; pero su 

(1) Según Loisy la respuesta elogiosa de Jesús intercalada en el 
evangelio de Mateo, después de la confesión mesiánica de Pedro 
(Mat. 16, 17-19), único pasaje de los Evangelios en que Jesús habla 
de su igle^a, no es seguramente auténtica, y probablemente tiene 
un origen judeo-cristiano y antipauliniano (Lo naissance. du chris- 
txanxsrm, p. 126). 



9 



10 



INTRODUCCIÓN 



doctrina continuó ganando nuevos adeptos, por lo que hubo 
necesidad de someter éstos a una organización determinada: 
de ahi surgió la Iglesia. 

4' La Iglesia fue desde principios del siglo ii gobernada 
por obispos, cuyas funciones eran de carácter local, dado 
que cada uno de ellos desempeñaba su cargo en el seno de 
una de las comunidades cristianas y no sobre el conjunto de 
ellas. Cipriano desarrolló en el siglo iii este sistema (el e pis- 
co palismo) sosteniendo que cada obispo, como sucesor de 
los apóstoles, ejercía plenamente los poderes apostólicos, y 
por lo tanto, en su diócesis era completamente independien- 
te. El obispo de Roma carecía de jurisdicción sobre los demás 
obispos, frente a los cuales era tan sólo primus ínter pares. 
Sin embargo, siendg Roma la principal ciudad y la capital 
del vasto imperio romano, su obispo fué adquiriendo preemi- 
nencia sobre sus demás colegas, hasta que en el siglo v, el 
obispo de Roma, León I, formuló la doctrina (el papismo), 
según la cual este dignatario es el sucesor de San Pedro, sobre 
quien fué fundada la Iglesia, y por lo tanto, el papa es el 
obispo universal de toda ella, siendo los otros obispos única- 
mente sus auxiliares o subordinados. Esta doctrina fué eri- 
gida en dogma por el concilio del Vaticano, en 1870. 

5' Cuando por razones políticas Constantino convirtió 
en religión del Estado al cristianismo, se modificó éste esen- 
cialmente, sufriendo la influencia de los gobernantes ro- 
manos. 

6' Destruido el imperio romano, el obispo de Roma se 
convirtió en jefe de Estado, empuñando alternativamente 
ya la cruz, ya la espada, en virtud de las donaciones de 
Pepino el Breve y de Carlomagno. 

7' Durante la Edad Media culmina la influencia política 
de los papas, quienes creyéndose superiores a los reyes y con- 
siderándose con facultad para designarlos y para desHgar a 
los súbditos de la obediencia que debían a aquéllos, susci- 
taron largas y cruentas guerras, hasta llegar a la humillación 
del papa Bonifacio VIII por las huestes de Felipe el Her- 
moso, las que concluyeron con las absurdas pretensiones de 
la teocracia romana. 



4i 



INTRODUCCIÓN 



11 



8' El papado, que conservó el poder temporal sobre los 
Estados pontificios, continuó influyendo en la política eu- 
ropea, ayudando a este rey, combatiendo a aquel otro, for- 
mando alianzas o contribuyendo a deshacerlas, etc., según 
la conveniencia de sus intereses o la presión de los monarcas 
católicos, de modo que éstos influyeron decisivamente en 
la elección de los distintos papas, cuyo concurso les era 
sumamente necesario para la realización de sus planes. Por 
eso los cónclaves reunidos para elegir nuevo pontífice, solían 
durar meses, porque sus deliberaciones se alargaban no sólo 
por la lucha de las ambiciones cardenalicias particulares en 
juego, sino además por las intrigas de las Cortes europeas, 
cuyos intereses eran defendidos por los cardenales de sus 
respectivos países. 

9' Los papas estuvieron siempre del lado de los monarcas 
absolutos: el trono y el altar marcharon siempre unidos y 
se prestaron mucho apoyo. 

10' Hasta el fin del siglo xvni los papas, fuera de sus 
tareas políticas o de las peculiares de combatir herejías (es 
decir, las ideas nuevas que surgían en el seno de la Iglesia) , 
se dedicaron principalmente al arte y a embellecer a Roma, 
despreocupándose en absoluto de los graves problemas socia- 
les que se les presentaban. 

Sentados estos hechos, sintéticamente expuestos, pues de 
lo contrario, su detenida reseña nos obligaría a escribir otro 
libro, pasemos a examinar la política seguida por el Vaticano 
desde la Revolución Francesa hasta nuestros días. 

Los papas que desfilaron desde entonces por el trono del 
Vaticano son los siguientes: Pío VI (1775-1799), Pío VII 
(1800-1823), León XII (1823-1829), Pío VIII (1829- 
1830), Gregorio XVI (1831-1846), Pío IX (1846-1878), 
León XIII (1878-1903), Pío X (1903-1914) , Benedicto XV 
(1914-1922), Pío XI (1922-1939) y el actual Pío XIL 
Veamos ahora la actuación de cada uno de ellos, lo que nos 
mostrará cuál ha sido la política vaticana en este último 
siglo y medio de la Historia, y qué influencia ha ejercido 
dicha política sobre las libertades públicas y sobre los desti- 
nos de la democracia. 



CAPÍTULO PRIMERO 



PÍO VI 

Elección de Pío VI. — El cardenal Juan Ángel Braschi, 
que tomó el nombre de Pío VI, llamado por los italianos, a 
causa de su hermosura física, // Papa helio, continuó con la 
práctica tradicional en el Vaticano del nepotismo, haciendo 
cardenal a uno de sus sobrinos, y dándole a otro el título de 
duque. Este último casó con una alta dama romana, hacien- 
do el Papa construir para esa pareja el magnífico palacio 
Braschi. 

Como ocurría a menudo en la elección de pontífices, el 
Espíritu Santo re revelaba en el cónclave por medio de las 
sugestiones o influencias directas de los monarcas católicos, 
cuyas intrigas retardaban la proclamación del nuevo jefe del 
catolicismo. Aquí, en este caso, se demoraron casi cuatro 
meses y medio para llenar la vacante dejada por Clemen- 
te XIV, pues Brarchi tenía en su contra al marqués de Pom- 
bal, quien lo consideraba amigo de los jesuítas, expulsados 
de Portugal y de España, y cuya orden había sido abolida 
por el último papa, en la bula Dóminus ac Kedemptor nosíer, 
publicada el 21 de julio de 1773. 

Política de Pío VI en Rusia y Austria. — La política dr 
Pío VI varió según los países con los cuales tuvo que tratar. 
Así, a su advenimiento al trono pontificio, se encontró con 



14 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



que Catalina II de Rusia, por su propia autoridad, había 
modificado las circunscripciones de las diócesis católicas de 
la parte de Polonia que le había tocado en el primer reparto 
de este país hecho por Prusia y Austria; había creado la 
sede episcopal de Mohilev, cuya jurisdicción extendió a todos 
los católicos de su imperio, nombrando titular de la misma 
a un obispo in pártibus que no era del agrado de Roma, y 
por último había prohibido al obispo polaco de Livonia que 
interviniera en las cuestiones religiosas en la parte de su anti- 
gua diócesis anexionada a Rusia. A pesar de tratarse de una 
soberana cismática. Pío VI aceptó todas esas indebidas intro- 
misiones del poder civil en asuntos que eran de su exclusivo 
resorte como jefe de la Iglesia católica, y optó por mante- 
nerse en buenas relaciones con aquella mujer dominadora, 
que estaba al frente de un tan poderoso imperio. 

En Austria, el emperador liberal José II introdujo, igual- 
mente sin consultar al Vaticano, tantas reformas en la iglesia 
de su país, que se le denominó por ello: "el emperador sacris- 
tán". Entre otras medidas, sometió a impuestos las tierras 
de la nobleza y del clero para que contribuyeran a las cargas 
del Estado; estableció la libertad de cultos y suprimió más 
de 800 conventos. Viendo la inutilidad de sus protestas por 
tales decisiones, Pío VI decidió ir personalmente a Viena a 
conferenciar con el emperador; pero su viaje fue infructuoso, 
porque no sólo tuvo que aceptar los hechos consumados, 
sino además se vió obligado a hacer nuevas concesiones al 
emperador, con gran desmedro para su autoridad espiritual 
en aquel país. 

Política de Pío VI con Francia después de la Revolu- 
ción. — Con motivo de la Revolución de 1789, serios pro- 
blemas se le presentaron al Papa en Francia. En efecto, sus 
subditos del condado de Aviñón se sublevaron y decidieron 
unirse al Estado francés, separándose del Vaticano, bajo cuyo 
gobierno habían estado durante siete siglos. A esto se añadió 
el hecho de la reforma civil del clero realizada por la Asam- 
blea Constituyente, sin la intervención del Pontífice, como 
había ocurrido igualmente con las reformas mencionadas en 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



15 



Rusia y Austria; y por último la prisión y muerte del mo- 
narca Luis XVI, una de las más firmes columnas del catoli- 
cismo en Europa. Pío VI, que se había mostrado flexible y 
dúctil con Catalina II y con José II, se mostró intransigente 
con la Revolución, principalmente por causa del condado de 
Aviñón, que a toda costa quería impedir que saliera del do- 
minio pontificio. A fin de que se vea cómo puso en juego 
todos los recursos de que disponía ante las principales cortes 
europeas para obtener la devolución del referido condado, 
citaremos íntegro a continuación el breve o carta que diri- 
gió con ese motivo a Catalina II: 

"A la serenísima y muy poderosa soberana Catalina, gran du- 
quesa y emperatriz de todas las Rusias, soberana y augusta here- 
dera de muchos vastos Estados en el Oriente y en el Occidente, 
Pío VI, soberano pontífice, salud: 

"Al ocuparme en trazar un relato de la usurpación de mi antiguo 
dominio en Francia, hecha contra todas las leyes de la justicia 
y sobre todo contra el derecho de gentes, con el fin de enviarlo 
a muchas potencias, para inspirarles a lo menos sentimiento de 
horror a la sola narración de semejante atentado, mis ideas se han 
dirigido particularmente hacia Vos, muy augusta y poderosa Em- 
peratriz, porque conocía vuestra equidad y grandeza de alma, de 
las que yo mismo a menudo he tenido la prueba. Por esto, he 
tratado de haceros llegar esta memoria, lo más pronto posible, por 
nuestro querido hijo Santini, a fin de hallar algún alivio a mi dolor 
en la justa indignación que semejante iniquidad no podía dejar 
de excitar en Vos. No sólo no ha sido engañosa mi esperanza, sino 
que ha sido excedida sobre manera por los generosos sentimientos 
de vuestra gran alma, que me habéis comunicado tan cumplida- 
mente y que me hacen saber hasta qué punto detestáis ese latro- 
cinio, y cuan sensible a mi dolor. y a las pérdidas que experimento, 
es vuestro noble y magnánimo corazón. 

Lo que me llena sobre todo de la más viva admiración, es el 
ardor y el celo con que declaráis que emplearéis todo vuestro 
poder para reparar la injusticia que se me ha hecho; y aun mismo 
habéis querido dar a conocer vuestras disposiciones a las otras cor- 
tes, desde las cuales la voz púbhca me ha hecho llegar múltiples 
seguridades de vuestras intenciones generosas y verdaderamente 
reales. No puede creerse, muy invencible soberana, cuanto ha sido 
reanimado mi espíritu por estos ostensibles testimonios de vuestra 
afección, y hasta qué punto me creo obligado hacia Vos. No he 
podido, pues, encerrar en el fondo de mi corazón los justos senti- 



16 



CELEDONIO NIN Y SELVA 



mientos que albergo hacia Vuestra Majestad, y a lo menos, he 
querido expresároslos por medio de estas líneas. 

Recibid, pues, esta muestra de mi reconocimiento; acoged, alen- 
tad estos agradecimientos que trato de manifestaros y para ios 
cuales me faltan palabras, con esa misma bondad, cuyos efectos 
ya he experimentado. Estad persuadida que el recuerdo de vuestros 
beneficios, permanecerá siempre grabado en mi alma, y tal es la 
confianza que me inspira vuestra generosidad, que si la orguUosa 
obstinación de la Asamblea Nacional de Francia queda vencida por 
las fuerzas reunidas de las potencias de Europa; si el gobierno de 
ese reino es restablecido sobre sus antiguas bases, me lisonjeo que 
deberé principalmente a vuestra autoridad y mediación, el recu- 
perar los dominios de que he sido despojado. Este acto de justicia 
y de grandeza de alma, llevará a su colmo la gloria de la cual os 
han coronado vuestras victorias sobre los infieles, las asombrosas 
conquistas que han extendido vuestro imperio sobre vastas y fér- 
tiles comarcas, y el solemne tratado que os confirma en su posesión. 
AI felicitaros por tan ilustres hazañas, no ceso de dirigir al Señor 
las más fervientes plegarias, para que conserve vuestra persona, 
asegure la duración de vuestra prosperidad, y satisfaga todos vues- 
tros anhelos, por los dones más extraordinarios y más preciosos de 
su gracia. 

' En Roma, el 25 de febrero del año 1792, y el décimo octavo 
de nuestro Pontificado". 

Nótese el tono cortesano, casi diríamos servil, con que 
está redactada esta carta por el Jefe del catolicismo, desti- 
nada a una mu'er autoritaria y cruel, avie había obtenido 
el trono haciendo estraneular a su marido Pedro III, mujer 
de conducta más que liviana, que se jactaba de mantener 
corresDondencia con los enciclopedistas, c:^rente de escrúpu- 
los políticos, que no tenía empacho en promover guerras 
de corauista, v que acababa de acoderarse de un oedazo de 
la católica Polonia. Y todo ese '^ervilismo tendía al interesado 
fin de poder recuperar, ñor medio de los ejércitos de Cata- 
lina, el condado de Aviñón, cuvos habitantes espontánea- 
mente habían expresado su voluntad de reunirse a Francia, 
sil naís de orÍP-en. Ya veremos m^s a'^ehvte. al nana León 
XITT. a imitación de Pío VI, sacrificando los intereses de los 
catól-co- polacos, en aras de su nolítica con Rusia. 

En e\ mi«mo tono de humillante cortesanía, se dirigió 
Pío VI, en breve del 3 de marzo de 1792, al emperador aus- 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



17 



tríaco Leopoldo II, y luego, cinco meses más tarde, a su 
hijo y sucesor Francisco II. Éste, con Prusia y Rusia, habían 
planeado desmembrar a Francia y repartírsela como habían 
hecho con Polonia, lo que poco importaba al Papa, con tal 
de que Aviñón volviera a su poder. Esta última exigencia 
figuraba en la respuesta austríaca al ultimátum que le diri- 
gió la Asamblea francesa, con otros pedidos inadmisibles 
por el estilo, razón por la cual fue declarada la guerra al 
Austria. Sabido es lo que ocurrió después: las potencias 
coaligadas, que contaban con la importante cooperación de 
los nobles emigrados franceses, fueron vencidas, y Luis XVI 
y María Antonieta pagaron en el cadalso sus felonías de 
fingir acatamiento a las leyes de la Constituyente, mientras 
buscaban el apoyo extranjero para salvar el trono y conso- 
lidar el antiguo régimen. 

Pío VI condenó la Constitución civil del clero, impelido a 
ello por no haber podido obtener la devolución de su con- 
dado de Aviñón y por las intrigas de los nobles emigrados 
franceses, y a instancias del gobierno español, porque Fran- 
cia había abandonado a España cuando su conflicto con 
Inglaterra. La gran mayoría de los miembros de la Consti- 
tuyente eran católicos, y además formaban parte de esa 
Asamblea numerosos obispos y sacerdotes que aceptaban 
dicha Conctitución, de modo que con un poco de tacto y 
de la misma buena voluntad que puso para no entrar en 
conflicto con Catalina II, pudo Pío VI haberse entendido 
con Francia, impidiendo así las sublevaciones realista-cleri- 
cales que se produjeron, y especialmente la de la Vendée, 
que se caracterizó por su ferocidad, como ocurre siempre en 
todas las guerras religiosas. 

PÍO VI y la Declaración de los Derechos del Hom- 
bre. — Lo que sobre todo no podía admitir Pío VI era el 
nuevo espíritu de libertad que inspiraba el cambio de régi- 
men político en Francia. La Declaración de los Derechos 
del Hombre le parecía una monstruosidad; la afirmación 
de que la soberanía radicaba en el pueblo, afirmación con- 
traria al dogma del origen divino del gobierno, la conside- 



18 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



raba una amenaza para todos los tronos. Así en su alocución 
en el consistorio secreto de marzo 29 de 1790, decía: "La 
casi totalidad de la nación, seducida por un vano fantasma 
de libertad, obedece y se deja subyugar por un consejo de 
filósofos que siempre están discutiendo y hostigándose los 
unos contra los otros; ella olvida que la doctrina cristiana 
es la base más firme de la salvación de los imperios, y que 
la prenda de la felicidad pública está en el lazo de obedien- 
cia a sus reyes, plena y tmiversalmente consentida, según 
expresa San Agustín. Porque los reyes son los ministros de 
Dios para el bien, son los hijos de la Iglesia y sus defensores, 
obligados por lo tanto a amarla como a su madre, servir sus 
intereses y vengar sus derechos". 

El 10 de marzo de 1791, es decir, ocho meses después de 
votada la Constitución civil del clero. Pío VI dirigió al car- 
denal de La Rochefoucauld y a varios arzobispos y obispos 
de la Asamblea Nacional de Francia, un breve, condenatorio 
de aquella Constitución, del que tomamos los siguientes 
párrafos: "Se establece como un derecho del hombre en 
sociedad, la libertad absoluta, que asegura no sólo el derecho 
de no ser inquietado en sus opiniones religiosas, sino que 
acuerda además el poder de pensar, decir, escribir y aun de 
hacer imprimir impunemente todo lo que se quiera en ma- 
teria de religión, derecho monstruoso, que sin embargo a 
la Asamblea le parece que resulta de la igualdad y libertad 
naturales de todos los hombres . . . ¿Dónde está esa libertad 
de pensar y de obrar que acuerda la Asamblea Nacional al 
hombre social como derecho imprescriptible de la natura- 
leza? ¿Ese derecho quimérico no es contrario a los derechos 
del Creador supremo, a quien debemos la existencia y todo 
lo que poseemos? . . . Esta igualdad y esta libertad tan en- 
salzadas no son para el hombre, desde el momento de su 
nacimiento, sino quimeras y palabras vacías de sentido. Sed 
sometidos por la necesidad, dice el apóstol San Pablo: así 
que los hombres no han podido reunirse y formar una aso- 
ciación civil, sin establecer un gobierno, sin restringir esta 
libertad, y sin sujetarla a las leyes y a la autoridad de sus 
jefes. De aquí procede este principio expresado por San 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 19 

Agustín: "La sociedad humana no es otra cosa que una con- 
vención general de obedecer a los reyes", y no es tanto del 
contrato social, como de Dios mismo, autor de todo bien y 
de toda justicia, que saca su fuerza el poder de los reyes". 
La argumentación papal tendía, como se ve, a combatir 
una tesis que hoy nadie sostiene, a saber, la de la libertad 
absoluta del hombre en sociedad ; actualmente todos acepta- 
mos que las libertades son limitadas por el interés social; 
pero no destruidas o aniquiladas por el mismo. Tendía ade- 
más a predicar la sumisión a los reyes, como delegados de 
la divinidad para gobernar los Estados, tesis hoy completa- 
mente desechada por todos los que piensan libremente, no 
influidos por el dogma religioso. 

En su breve del 23 de abril de 1791, sobre la revuelta de 
los pueblos de Aviñón, P/o V/ manifiesta que los 17 artícu- 
los sobre los derechos del hombre en la Declaración hecha 
por la Asamblea Nacional de Francia, son contrarios a la 
religión y a la sociedad. En el breve dirigido a Leopoldo II 
(marzo 3 de 1792), el mismo papa insiste en sus censuras 
contra los que en Francia "trabajan por destruir los derechos 
de la religión, del trono y de la sociedad. Atacan el poder 
de Dios mismo, para hacer desaparecer más fácilmente la 
autoridad de los reyes, que es una emanación de aquél, y de 
la cual es el más firme apoyo su voluntad suprema. Mien- 
tras que esta audacia, desconocida hasta el presente, hace 
temer en todas partes los más desastrosos éxitos; mientras 
que cada día se vuelve más terrible este contagio, y que 
extiende a lo lejos las fatales influencias de un veneno presto 
a desenvolverse por el desconcierto general del orden púbU- 
co, ¿a quién sino a los mismos reyes, importa más el cortar 
el mal en su raíz y el ahogar enteramente su germen?" 

En la alocución que pronunció Pío VI en el Consistorio 
secreto de junio 17 de 1793, con motivo de la muerte de 
Luis XVI, ataca a la Convención francesa por haber abo- 
lido la monarquía, el mejor de todos los gobiernos, y haber 
puesto toda la autoridad pública en manos del pueblo pre- 
suntuoso y cruel, incapaz de seguir ningún plan de con- 
ducta cuerda y razonable, sin principios fijos, fácil de 



20 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



extraviar, y carente de discernimiento para apreciar las 
cosas y determinar sus decisiones. 

Pío VI ante los grandes sucesos históricos del últi- 
mo decenio de su vida. — En resumen, Pío VI no estuvo 
a la altura de las circunstancias, ni alcanzó a comprender 
que con la Revolución Francesa se iniciaba una nueva etapa 
de la historia de la humanidad. Apegado al antiguo régimen, 
como la ostra a la roca, orientó toda su política a defender 
el absolutismo de los reyes y a que se devolviera al Vaticano 
el condado de Aviñón. Para esto último buscó el auxilio 
del cielo con sus plegarias, y el apoyo de los monarcas de 
la tierra con sus intrigas; pero todos sus esfuerzos, tanto 
terrestres como ultraterrenales, resultaron inútiles y los 
aviñoneses que, en ejercicio de su legítimo derecho, habían 
decidido su reincorporación a Francia, de la que de antaño 
formaban parte, obtuvieron completo éxito en sus propó- 
sitos, pues Pío VI, por el tratado de Tolentino, que firmó 
con Bonaparte el 19 de febrero de 1797, tuvo no sólo que 
ceder a Francia los territorios pontificios de Romaña, sino 
también que reconocer la anexión a este país del condado 
de Aviñón, del que, como hemos visto, por nada quería 
desprenderse la Santa Sede. 

Pío VI vió el triunfo de las nuevas ideas liberales tanto 
en Francia, como en sus propios Estados, pues a fin de 
agosto de 1797 estalló en ellos un movimiento popular que 
solicitó de la embajada de Francia la liberación del pueblo 
romano. Con este motivo, el Directorio ordenó al general 
Berthier que marchara sobre Roma, viéndose obligado 
Pío VI a capitular. Las tropas francesas entraron en esa 
ciudad el 12 de febrero de 1798, y tres días después 5e 
proclamó la República romana. Lo mismo que más tarde 
en 1870, al perder el Papa su autoridad temporal, se le 
garantizó el libre ejercicio de su autoridad espiritual, con- 
fiándose la seguridad de su persona a una guardia nacional. 
Sin embargo, el Papa no pudo permanecer en Roma, pues 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



21 



se le obligó a radicarse en distintas ciudades, viniendo a 
morir en Valence, en el Delfinado, el 29 de agosto de 1799. 
"Amigo del fausto y del poder, escribe un autor católico, 
este papa murió prisionero, después de haber sido renegado 
por su pueblo". 



CAPÍTULO SEGUNDO 



PÍO VII 

Elección de Pío VII. — La República Romana tuvo vi- 
da efímera, pues sólo duró veinte meses y desapareció a 
fines de setiembre de 1799, en cuanto las tropas francesas 
evacuaron a Roma y fueron reemplazadas por las del rey 
Fernando IV de Ñapóles. El cónclave para designar al nue- 
vo papa, se abrió en Venecia, el 30 de noviembre de ese 
año, y sus deliberaciones duraron tres meses y medio, a 
causa de las intrigas de las cortes de Viena y de Ñapóles. 
Al fin, el 14 de marzo de 1800, fué electo el cardenal 
Barnabé Chiaramonti, que tomó el nombre de Pío VIL 
Éste, que había sido monje benedictino, debía el capelo car- 
denalicio a la influencia de la duquesa Braschi, de la que 
era confesor. A principios de julio de ese año. Pío VII entró 
en Roma, ciudad que ocho meses más tarde, en virtud de 
la paz de Florencia, fué evacuada por las tropas napolitanas. 

Pío VII y el concordato con Napoleón. — Después 
de la paz de Luneville celebrada el 9 de febrero de 1801 
entre Austria y Francia, tratado por el cual el Papa reco- 
bró sus Estados como existían a fines de 1797, es decir, 
sin la Romaña ni las Legaciones, el primer problema grave 
que se le presentó al nuevo pontífice, fué el arreglo de ia 
situación del catolicismo en Francia. Para lograr la cele- 



23 



24 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



bración del concordato con el Primer Cónsul Bonaparte, el 
que se firmó el 15 de julio de 1801, Pío VII tuvo que 
reconocer la validez del hecho consumado de la venta de 
los bienes eclesiásticos efectuada por la Revolución, y que 
aceptar una nueva disposición de las diócesis, cuyo número 
se redujo a sesenta, lo que trajo como consecuencia la re- 
nuncia forzosa de muchos obirpos, tanto refractarios como 
constitucionales. De los 81 obispos existentes, adictos al 
Papa, 45 renunciaron, de acuerdo con las exhortaciones de 
éste en su bula Ecclesia Dei, los otros fueron destituidos 
por la bula Otii Christi Dómini; pero 13 de ellos no acata- 
ron su destitución y continuaron ejerciendo el culto con 
cierto número de fieles anticoncordatarios que los siguieron, 
formando una organización cismática denominada la P^- 
queña Iglesia, que alcanzó a durar casi un siglo. 

Por el citado concordato, el Gobierno reconoció a la reli- 
gión católica no como la única religión del Estado, sina 
como la de la gran mayoría del pueblo francés, cuyo culto 
sería libremente ejercido en Francia, con tal de que se con- 
formara a los reglamentos de policía que aquél juzgase 
necesario dictar para la tranquilidad pública. En los obis- 
pados vacantes, el Gobierno propondría los candidatos, y 
el Papa debía darles la investidura; y de acuerdo con este 
artículo del concordato, Bonaparte impuso que fueran 
aceptados quince de los obispos constitucionales, que na 
contaban con el beneplácito de la Santa Sede. En cuanto a 
la antigua fórmula litúrgica: ''Dios salve al Rey", Bona- 
parte la hizo reemplazar por la nueva en pro de la Repú- 
blica: "Dómine, salvam fac Kempublicam" , como poco más 
tarde, cuando tomó el título de Emperador, fue sustituida 
por la de: "Dómine, salvam fac Imperatorem'* , adaptán- 
dose así la Iglesia a los nuevos regímenes de gobierno exis- 
tentes en el país. 

Relaciones de Pío VII con Napoleón después del 
concordato. — A la vez que la sanción del concordato, 
Bonaparte hizo votar por el Cuerpo Legislativo los "Artícu- 
los orgánicos del culto católico", que fueron promulgado» 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



25 



junto con los 17 artículos de aquél, el 8 de abril de 1802 
(18 germinal del año X). Los citados artículos orgánicos, 
de marcada tendencia galicana, nunca fueron aprobados 
por el Papa, quien siempre protestó contra ellos. A pesar 
de esto, y de que Napoleón no re mostró nada favorable a 
las órdenes religiosas, de las que sólo autorizó cinco congre- 
g:.ciones de mujeres destinadas a obras hospitalarias o de 
beneficencia, sin embargo, era tal su ascendiente y su auto- 
ritarirmo, que logró que Pío VII viniera a París a ungirlo 
emperador, y a su mujer Josefina como emperatriz (di- 
ciembre 2 de 1804), y que luego lo ungiera en Milán como 
rey de Italia (mayo 26 de 1805). Digno es de recordar 
que curndo el Papa, en la ceremonia pública en la Iglesia 
de Notre Dame en París, iba a colocar la corona imperial 
sobre la cabeza de Napoleón, éste la tomó bruscamente y 
se coronó por sí mismo, como para dar a entender que a 
nadie debía aquella corona, sino a su propio esfuerzo (^). 
Este hecho motivó un serio resentimiento del Pontífice, 
que no fue sino uno de tantos que debían conducir a la 
ruptura de las relaciones entre ambos autócratas: el mili- 
tar y el clerical. 

Las decepciones que sufrió Pío VII en sus relaciones con 
Napoleón, determinaron la orientación de su política, ten- 
diente a contrarrestar los planes de éste. Napoleón, cuyo 
espíritu imperioso no admitía oposiciones, celebró el refe- 
rido concordato para tener al clero bajo su mano y dirección 
— y así decía: "Mis obispos y mis gendarmes" — , y por 
lo mismo consideró ?.l Papa como un simple instrumento 
para reaUzar sus ambiciosos planes. Con tal fin no trepidó 
en emplear la violencia y toda cla^e de medidas vejatorias 
para intimidar al Pontífice, cuando éste no se prestaba 
dócilmente a sus exigencias. Sin entrar en mayores detalles, 
recordemos tan sólo que Napoleón solicitó de Pío VII que 
anulara el matrimonio que su hermano Jerónimo había 
contraído con Miss Patterson, hija de un rico ciudadano 



O Este episodio lo trasladó a la tela el pintor David, en su céle- 
bre cuadro "La coronación de Napoleón". 



26 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



de los Estados Unidos; que cerrara los puertos de sus Esta- 
dos a los buques ingleses, y que expulsara de su corte a los 
subditos de Inglaterra, Rusia y Suecia, diciéndole en una 
carta: "Sois el soberano de Roma; pero yo soy el empera- 
dor; mis enemigos deben ser los vuestros". No accediendo 
el Papa a tales pedidos. Napoleón tomó posesión de varias 
provincias pontificias y se apoderó de Roma, teniendo a su 
adversario secuestrado en el Quirinal, hasta que por decreto 
de mayo 17 de 1809, declaró anexados al imperio francés los 
Estados de la Iglesia, manifestando que no atacaba al sobe- 
rano espiritual, sino al jefe de un Estado, enemigo suyo. 

El Papa entonces, por su bula Quam memorandam, ex- 
comulgó a Napoleón, sin nombrarlo, pues el anatema iba 
dirigido, en sentido general, contra aquellos que ejercían 
actos de violencia en los Estados de la Iglesia. Sin embargo. 
Pío VII olvidaba que desde Bonifacio VIII la excomunión 
era una espada embotada, sin filo, carente de influencia 
en las disputas entre los distintos países o sus soberanos, de 
lo que tuvo buena prueba, pues después de publicada aqtie- 
11a bula. Napoleón lo mantuvo prisionero durante cinco 
años, transportándolo a varias ciudades, principalmente a 
Savona y a Fontainebleau. El déspota francés que no se 
sentía atado por los artículos del concordato, ni por el 
derecho canónico que éste mandaba respetar, ni por las 
disposiciones del Código Civil que lleva su nombre, hizo 
anular por el Senado su casamiento con Josefina, y bendecir 
por la Iglesia su nuevo matrimonio con la archiduquesa 
María Luisa de Austria. 

Y no sólo esto, sino que, por su sola autoridad, convocó 
a los obispos franceses e italianos para que celebraran un 
concilio en París, a quienes, con promesas y amenazas, les 
hizo aceptar lo que él deseaba, a saber, la manera de pres- 
cindir de las bulas pontificias para dar la investidura de 
su cargo a los obispos. Pío VII, por el breve Ex quo, aprobó 
el decreto que se le presentó y que había sido aceptado 
por el mencionado concilio, según el cual en caso de que 
el Papa no concediera la investidura canónica dentro de 
un plazo de seis meses a los obispos propuestos por el Go- 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



27 



bierno, sería entonces acordada por el metropolitano o el 
obispo más antiguo de la provincia, en nombre de aquél. 
Igualmente algo más tarde se vió obligado a aprobar también 
el nuevo concordato de Fontainebleau que se le ocurrió 
celebrar a Napoleón, por el cual el Pontífice aceptaba la 
anexión a Francia de los Estados de la Iglesia, consentía 
en radicarse en Aviñón, y ratificaba el aludido decreto del 
concilio nacional. Napoleón hizo publicar este nuevo con- 
cordato como ley del Estado en febrero 13 de 1813; pero 
al mes siguiente. Pío VII lo repudió, retractándose de él, 
alegando que le había sido arrancado por violencia. Final- 
mente el Papa pudo regresar a Roma cuando en 1814, 
Napoleón, vencido, estaba por abdicar, obteniendo poste- 
riormente que el Congreso de Viena le restituyera la pose- 
sión de los Estados pontificios. 

Política reaccionaría de Pío VII de acuerdo con el 
congreso de Viena. — Se ha dicho que si Pío VII hubiera 
muerto entonces, habría sido considerado como santo, a 
causa de los vejámenes y prisiones que tuvo que soportar 
del autócrata imperial; pero por desgracia para su fama, 
su vida se prolongó aún hasta el año 1823, y durante ese 
último período de su existencia, se mostró tan reaccionario 
como los más absolutistas de los déspotas que gobernaron 
los Estados europeos en los tres lustros siguientes. 

Hércules Consalvi — prelado que como secretario del úl- 
timo cónclave, había logrado que los cardenales eligieran 
papa a Chiaramonti, por lo que éste, luego de su ascenso 
al trono pontifical, lo hizo cardenal y lo nombró Secretario 
de Estado — , era un hábil diplomático que había tramitado 
el concordato con Napoleón, y que después intervino como 
delegado papal en el Congreso de Viena. Mientras Consalvi 
desempeñaba esta última misión, Pío VII puso al frente del 
gobierno pontificio al cardenal Agustín Rivarola, quien 
prodigó las condenaciones contra los elementos liberales (*) , 



(1) La conducta del Cardenal Rivarola en Roma recuerda la del 
Cardenal Ruffo, quien 15 años antes, en junio de 1799, al frente de 



28 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



y en su odio contra las innovaciones introducidas por las 
autoridades napoleónicas, abolió en los Estados de la Iglesia 
la vigencia del Código Civil francés, restableciendo la ar- 
caica legislación vigente en el siglo anterior, reemplazó el 
personal laico de la administración por personal eclesiástico, 
y prohibió el uso de la vacuna y el alumbrado nocturno 
en Roma. Regresado Consalvi a esta ciudad, logró que 
Pío VII, por un decreto de amnirtía dejara sin efecto las 
condenaciones de Rivarola, debido al mal efecto que ellas 
habían causado en Inglaterra; pero continuaron los princi- 
pales abusos existentes, declarándose impotente para dete- 
ner los incesantes progresos del bandolerismo en los Estados 
de la Iglesia. Pío VII restableció la Santa Inquisición Roma- 
na y Universal, lo mismo que la funesta orden de los jesuí- 
tas, contra la cual pocos años después, en Francia, durante 
el ministerio Martignac, publicaba una célebre Memoria 
el antiguo constituyente realista y católico, Montlosier, en 
la que sostenía que la finalidad de dicha orden "tendía a 
desordenar (renverser) la religión, la sociedad y el trono.** 
Los judíos, que durante la administración francesa habían 
abandonado el ghetto, fueron obligados a volver a él por 
decisión papal. 

Pío VII condena las sociedades secretas que traba- 
jaban por la libertad política. — En aquellas épocas de 
reacción general en toda Europa, los amantes de la demo- 
cracia solían congregarse en sociedades secretas para trabajar 
en pro de la libertad política. Una de las más célebres de 
ellas, fue la fundada en 1815, en el reino de Nápoles, con 
el nombre de los Carbonari o Carbonarios, llamada así. 



un ejército de 20 mil hombres, tomó la ciudad de Nápoles. — donde 
hacía poco se había proclamado la Re-púbVca Partenopena (de Par- 
tenope. antiguo nombre de dicha ciudad) — , siendo saqueadas e 
incendiadas las casas de los ricos, y fusilados, degollados y hasta 
quemados vivos numerosos republicanos, violándose la capitulación 
concertada con los jefes de éstos que se habían atrincherado en los 
castillos, calculándose que a causa de las represalias por esa inten- 
tona republicana, perecieron 300 personas en el cadalso y unas 9.000 
en los suplicios. 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 29 

porque sus afiliados primeramente habían buscado refugio 
en las chozas de los carboneros. Esta sociedad fue conde- 
nada por Pío VII en la bula Ecclesiam a Jesu Christo, que 
contra ella publicó en setiembre 13 de 1821, prohibiendo 
a los católicos afiliarse a la misma, asistir a sus reuniones, 
prestar ningún servicio a sus miembros, y ordenando a to- 
dos, bajo pena de excomunión mayor, el denunciar a los 
que la componían. Afirma el Papa en esa bula que los 
preceptos morales de los carbonarios son impíos, porque 
*'dicha sociedad repite que es permitido excitar sediciones 
para despojar de su poder a los reyes y a los que están 
revestidos de autoridad, haciéndoles la sangrienta injuria de 
designarlos a todos indistintamente con el nombre de tira- 
nos". Pío VII murió el 20 de agosto de 1823. 



CAPÍTULO TERCERO 

LEÓN XI I 

León XII y el partido ultrar rea listo de Francia. 

— En el cónclave que se reunió poco después de fallecido 
Pío VII, se impuso el partido de los "Zelanti, que deseaban 
un pontífice completamente reaacionario, por lo cual quedó 
descartado Consalvi y estuvo a punto de ser electo el car- 
denal Severoli, no siéndolo debido a la oposición de Austria, 
resultando triunfante el cardenal Aníbal Della Genga, el 28 
de setiembre de 1823, quien tomó el nombre de León XII. 

Éste ejerció el pontificado unos cinco años y medio, y 
según lo confiesa el historiador católico F. Hayward, en su 
moderna Historia de los Papas, con Imprimatur, León XII 
fue claramente un papa reaccionario. En efecto, en sus rela- 
ciones con Francia, León XII apoyó al partido ultrarrealista, 
que pugnaba por el retorno al antiguo régimen. Dicho par- 
tido, entre cuyos corifeos se contaban Chateaubriand, de 
Bonald y Villéle, sostenía que se debía dar al clero un lugar 
preponderante en el Estado, confiándosele especialmente la 
instrucción pública; y que había que amordazar a la prensa 
con la censura y la autorización previa. Una de las formas 
de la propaganda ultrarrealista era precisamente la propa- 
ganda religiosa, pues el clero ponía toda su influencia al 
servicio de la reacción. Los miembros de las Misiones de 
Francia, primero, y los Misioneros de la Fe, después. 



31 



32 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



hacían una activa campaña en todo el país, en pro del trono 
y del altar. Los curas parroquiales predicaban la guerra a 
las ideas moderna?, y rehusaban la absolución a los compra- 
dores de los bienes nacionales, esto es, de los bienes que ante- 
riormente habían pertenecido a la Iglesia. 

Durante el l.irgo gobierno del primer ministro reaccio- 
nario Villéle (1820-1827), que excedió en tres años el rei- 
nado de Luis XVIII, la propaganda absolutista y clerical 
alcanzó un extraordinario desarrollo, pues aquél ab:'ndonó 
la administración a los "congregacionií^tas", y puso los cole- 
gios y los liceos bajo la vigilancia de los obispos, para que 
éstos aseguraran la dirección religiosa y moral de la juventud. 
Bajo su gobierno, el partido clerical obtuvo que se enviara 
a España la expedición del duque de Angulema, que restauró 
el absolutismo del rey Fernando VII, restableció la Inquisi- 
ción e inició allí una nueva época de horrores; y el mismo 
partido consiguió en Francia que se aorobara la célebre ley 
retrógrada del sacrilegio, según la cual se condenaba con la 
pena de muerte la profanación de los vasos sagrados v de la 
hostia consagrada. En este último caso, al que cometía tales 
actos, se le cortaban primero las manos y luego se le decapi- 
taba. 

León XII y las sociedades secretas. — León XII no 
sólo apoyabi este movimiento político-clerical francés, sino 
que combatía, como sus antecesores^, las sociedades secretas, 
como la de los masones y de los carbonarios, que trabajaban 
en pro de las libertades públicas, según así lo hizo por su 
carta apostólica Ojio graviora, del 13 de marzo de 1826. En 
ella, dirigiéndose a los príncipes católico", les decía: "De- 
seamos traeros a la memoria estas palabras de León el Grande 
al emperador León: "Sin cesar debéis recordar que el poder 
" real os ha sido concedido no sólo para gobernar el mundo, 
" sino principalmente para proteger a h Iglesia, para com- 
" primir las tentativas de los malos, para sostener las buenas 
" instituciones y devolver la paz a quien la ha perdido". Y 
sin embarco, no tan sólo pnra defender la religión católica, 
sino también para salvar vuestra propia autoridad y asegu- 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



33 



rar la tranquilidad de los subditos de vuestro imperio, debéis 
trabajar en comprimir esas sectas, en las circunstancias crí- 
ticas en que vivimos. Porque la causa de la religión está tan 
íntimamente ligada, sobre todo en nuestros días, con la sal- 
vación de la sociedad, que absolutamente no es posible se- 
parar la una de la otra, pues los que forman parte de esas 
sectas no son menos hostiles a la religión que a vuestro poder". 

Pero cosa curiosa, el Papa, que en la citada carta apostólica 
condenaba y proscribía todas las sociedades secretas, fomen- 
taba en Francia la sociedad secreta católica "La Congrega- 
ción", que procedía del tiempo de la Revolución, cuando 
estaba prohibido el culto practicado por los sacerdotes no 
» juramentados. Después del arresto de Pío VII, en 1808, esta 
asociación se proponía tanto la defensa del catolicismo, como 
restablecer la antigua monarquía borbónica, y por eso for- 
maron parte de ella el conde de Artois (futuro Carlos X) 
Y los más exaltados realistas, y de sus filas salieron la casi 
totalidad de los diputados de las Cámaras de la Restauración. 
No es extraño, pues, que contra esta poderosa asociación 
secreta realista-clerical, el partido de los independientes, que 
contaba con la mayoría del país a su favor, opusiera otras 
sociedades secretas, como la de los Caballeros de la libertad 
y la ya citada de los carbonarios o carboneros, "La Charbon- 
nerie", organizada en Francia por el año 1821, y que tendía 
a derrocar a los Borbones. En el acta de la fundación de esta 
última se decía: "En virtud de que la fuerza no es el dere- 
cho, y que los Borbones han sido restablecidos por el extran- 
jero, los carboneros se asocian para devolver a la nación 
francesa el libre ejercicio del derecho que tiene de elegir el 
gobierno que le convenga". 

La política de León XII con Rusia y Ñapóles. — 

En Rusia, la política de León XII fue, como lo había sido 
anteriormente la de Pío VI en época de Catalina II, de sumi- 
sión a los actos intolerantes contra los católicos por parte 
del zar Nicolás I. Este déspota tenía 5u más firme apovo en 
la Iglesia oficial, a la que gobernaba por medio de su edecán, 
general de húsares, el que presidía el Santo Sínodo con el 



34 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



titulo de procurador general. Enemigo de las innovaciones 
y tratando de que todos sus súbditos formaran parte de la 
Iglesia ortodoxa, no trepidó en emplear el sistema de Luis 
XIV, de las dragonadas, contra los viejos creyentes rusos o 
raskolniks, que no aceptaban la reforma eclesiástica del pa- 
triarca Nicón (1653), y contra los disidentes que se habían 
convertido al catolicismo. Se imponía ahí la protesta papal 
contra los vejámenes que sufrían los católicos; pero el Pon- 
tífice romano creyó más prudente guardar silencio y no 
indisponerse con el autócrata ruso. 

Con respecto al Estado de Nápoles, había sido costumbre 
antigua que el soberano de este reino enviara anualmente al 
Papa, a título de vasallaje, un caballd blanco o una jaca con 
una suma de siete mil ducados de oro; pero esta práctica que 
a la vez que le representaba a la Santa Sede una buena renta, 
era motivo de una fiesta muy popular en Roma, se había 
suspendido desde el año 1787, a pesar de las reiteradas pro- 
testas papales. León XII hizo todo lo posible para que se 
reanudara el pago de ese tributo anual, a lo que se opuso 
tenazmente el rey Fernando IV, que había tomado el título 
de Fernando I, soberano del Reino Unido de las Dos Sicilias, 
negándose a reconocerse vasallo del Vaticano. En esa oposi- 
ción, Fernando fue apoyado por Carlos X, de Francia, quien 
aunque muy clerical, entendía que, como jefe de la casa de 
Borbón, no podía admitir tal pretensión por parte del jefe 
de la Iglesia. Conviene recordar que aquel monarca, luego 
de restablecido en su trono de Nápoles, después de derrotado 
el general francés Murat, que era el rey de ese país por nom- 
bramiento de Napoleón, devolvió al clero sus bienes que aún 
no habían sido vendidos, a condición de que los obispos le 
denunciaran las conspiraciones que contra él se tramaran en 
sus diócesis. 

La política de León XII con España y las incipien- 
tes repúblicas hispanoamericanas. — En España, León 
XII continuó prestando su concurso al gobierno reaccio- 
nario del déspota Fernando VII. Entre los miembros de la 
camarilla de éste, se contaban los canónigos Ostolaza y Es- 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



35 



coiquiz y el nuncio Gravina. Las atrocidades cometidas por 
ese rey hipócrita, perjuro y bárbaro, — luego que el ejército 
de Luis XVIII restauró el absolutismo en España, para eter- 
na vergüenza de Francia — , fueron de las más crueles e in- 
humanas que se pudiera imaginar, y sin embargo, no susci- 
taron la más mínima advertencia ni protesta por parte del 
pontífice romano. Por el contrario, la reacción se apoyaba 
en el clero, el que excitaba al populacho, para que atacara 
las prisiones y exterminara a los liberales hacinados en las 
cárceles. 

Tanto Fernando VII como el clero español de la metró- 
poli, contaban con el concurso de León XII para recuperar 
las antiguas colonias de España en América, transformadas 
ya en flamantes Repúblicas independientes, y el Pontífice 
puso todo su empeño para que se obtuviera tal resultado. 
En efecto, dirigió una encíclica a los Arzobispos y Obispos 
de América, encareciéndoles que se dedicasen "a esclarecer 
ante su grey las augustas y distinguidas cualidades que carac- 
terizan a nuestro amado hijo Fernando, rey católico de las 
Españas, cuya sublime y sólida virtud le hace anteponer al 
esplendor de su grandeza el lustre déla religión y la felicidad 
de sus subditos" y los exhortaba a que "con el celo debido, 
expusiesen a la consideración de todos, los ilustres e inacce- 
sibles méritos de aquellos españoles residentes en Europa que 
han acreditado su lealtad, siempre constante, con el sacri- 
ficio de sus intereses y de sus vidas, en obsequio y defensa 
de la religión, de la potestad- legítima". 

Esta encíclica no dio el resultado esperado; las nuevas Re- 
públicas hispanoamericanas desoyeron las interesadas instan- 
cias del Pontífice romano, y ninguna quiso renunciar a su 
independencia lograda a costa de tantos sacrificios, para vol- 
ver al yugo del déspota feroz, Fernando VII, el amado hijo 
espiritual de León XII, de quien éste ensalzaba "sus augustas 
y distinguidas cuahdades y su sublime y sólida virtud". Las 
repúblicas que tenían agentes diplomáticos acreditados ante 
el Vaticano, protestaron contra las insinuaciones de aquella 
encíclica, y a esas protestas se adhirió más o menos abierta- 
mente gran parte del clero mejicano, entre otros, el cabildo 



36 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



eclesiástico y gobernador de la mitra de Méjico, el obispo de 
Puebla de los Ángeles, el cabildo eclesiástico de Chiapas y 
otras corporaciones eclesiásticas. 

El doctor Emilio Portes Gil, no ha mucho Procurador 
General de Justicia en Méjico, en su obra "La labor sediciosa 
del clero mexicano", hablando del sentimiento unánime de 
indignación que estalló en Méjico al conocer el contenido 
del mencionado documento pontificio, agrega: "El país que 
acababa de conquistar su independencia después de una 
cruenta lucha de once años, y de pasar por todos los horro- 
res de una guerra sin cuartel; que había visto fusilar, encar- 
celar y deportar a los caudillos insurgentes más notables, todo 
en nombre de Fernnndo VII, no podía leer sin ira aquella 
encíclica papal, que le recomendaba volver a la servidum- 
bre, bajo el gobierno de un rey como Fernando VIL El mi- 
nistro de Justicia y Negocios Eclesiásticos, don Miguel Ramos 
Arizpe, además de ordenar a don Francisco Pablo Vázquez, 
representante de México ante la S?.nta Sede, aue prote<;tara 
contra aquel documento, que parecía increíble se hubiera 
dictado por una corte tan precavida, desconfiada y suspicaz 
como la de Roma, hizo circular h encíclica entre todas las 
autoridades civiles y eclesiást'cas del país, y todas unánime- 
mente protestaron contra ella" (págs. 81 a 86). 

La administración papal en los Estados Pontificios. 

— En realidad era lógica la conjunción de ideales del déspota 
teocrático romano con el monarca absolutista español, en 
cuyos respectivos Estados existía la misma falta de libertades 
y se ejercían las represiones por delitos políticos con rigor 
draconiano. ¿Qué, pues, podía pedirse de León XII, en ma- 
teria de política exterior, cuando era desastrosa la adminis- 
tración en sus propios Estados pontificios? Oieamos lo que 
al respecto nos dice el circunspecto historiador Alberto 
Pingaud. Después de de'^cribir la situación de la Italia cen- 
tral y mostrar que Francisco IV de Módena, a pesar de su 
absolutismo, por lo menos tomaba en serio sus deberes de 
soberano, y se preocupaba de la prosneridad material de su 
Estado, asegurando la tranquilidad pública y disminuyendo 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



37 



los impuestos, se expresa así aquel historiador: "En las Ro- 
mañas, por el contrario, las poblaciones sufrían sin compen- 
sación la pérdida de sus libertades: el gobierno papal se 
mostraba en ellas tan incapaz como inflexible, y los ponti- 
ficados de León XII (1823-1829) y de Pío VIII (1829- 
1830) no se habían señalado sino por nuevas severidades 
contra los carbonarios y por nuevos desórdenes administra- 
tivos; sin interrupción se proseguían los procesos contra los 
miembros verdaderos o supuestos de las sociedades secretas; 
en el solo año de 1825 se pronunciaron 508 condenas; en un 
solo día (mayo 23 de 1828) fueron ahorcados siete liberales 
en Ravena, y sus cadáveres permanecieron expuestos en el 
cadal-'o durante 24 horas. En cambio, había aumentado el 
bandolerismo hasta el punto que se vió obligado el Gobierna 
a tratar con los jefes de los bandidos; había llegado a ser tan 
general la miseria, que en Roma se contaba un mendigo por 
cada diez habitantes; y eran tan abrumadores los impuestos, 
que los propietarios apenas percibían el uno por ciento de 
sus rentas. Chateaubriand, entonces embajador en Roma» 
exponía, en carta a Portalís, los serios peligros de aquella 
situación, en estos términos: "Si viniese del exterior cual- 
quier impulso, o si cualquier príncipe de este lado de los 
Alpes otorgara a sus súbditos una constitución, pronto esta- 
llaría aquí una revolución para lo cual todo está maduro". 
Por eso el citado historiador católico Hayward termina su 
estudio sobre León XII con estas palabras: "Este papa, tan 
"Antiguo Régimen" por tantos concentos, puede ser com- 
parado con el rey Carlos X. Como el último de Io<; Borbones 
de la rama principal aue haya reinado, contribuyó por su 
intr:'nsio^encia a la caída del ooder político que mantenía". 
León XII falleció el 10 de febrero de 1829. 



CAPÍTULO CUARTO 



GREGORIO XVI 

Lo mentalidad del papa Gregorio XVI y su encícli- 
ca Mirar i vos. — A León XII le sucedió el cardenal Fran- 
cisco Javier Castiglioni, con el nombre de Pió VIII, cuyo 
pontificado sólo duró veinte meses, y del cual nada impor- 
tante hay que mencionar O . Fué reemplazado por el car- 
denal Mauro Cappellari, cuyo verdadero nombre era Alber- 
to Barthelemy, religioso de la orden de los Camaldulos, orden 
fundada en Camaldoli, Toscana, en el siglo xi, por San Ro- 
mualdo. El cónclave que eligió a Cappellari, se prolongó 
durante 50 días, siendo descartado o excluido el cardenal 
Giustiniani, (que era el que contaba con mayores probabi- 
lidades de éxito) , debido a que se opuso a su candidatura el 
gobierno de España. Cappellari, del partido más retrógrado 
de los Zelanti, fué electo el 2 de febrero de 1831 y tomó el 
nombre de Gregorio XVI. 

Este papa, que le tocó actuar en la agitada época del rena- 
cimiento del liberalismo, en la que todos los pueblos se levan- 
taban contra sus opresores, fue otro espíritu tan reacciona- 
rio como sus antecesores. En efecto, en su encíclica Mirari 
vos, del 15 de agosto de 1832, sostenía que "perecerán eter- 



(1) Véase, sin embargo, la mención que de la obra reaccionaria 
de Pío VIII, hacemos en nuestro libro Lo libertad o través de la 
}ústoria, pág. 332. 



39 



40 



CELEDONIO NIN Y SDLVA 



naviente, sin duda alguna, los que no guarden la fe católica 
y no la conserven entera y sin alteración" ; combatía el di- 
vorcio, la libertad de conciencia ''error de los más contagio- 
sos", la libertad sin freno de las opiniones, y sobre todo la 
libertad de prensa, "libertad la más funesta y execrable para 
la cual nunca se tendrá bastante horror"; atacaba a los 
católicos liberales que pedían la separación de la Iglesia y del 
Estado; y defendía el Index, la extinción por el fuego de los 
libros que la Santa Sede considera sospechosos o peligrosos» 
y por último la censura, reclamando para la Iglesia el dere- 
cho de decretarla y ejercerla. Y después de atacar "a los 
valdenses, wiclefistas y otros semejantes hijos de Belial, ver- 
güenza y oprobio del género humano", y a los sectarios que 
proclaman toda clase de libertad, lo micmo que "a los que se 
apoyan imprudentemente en las solas fuerzas de su razón" 
y "al hombre insensato que trata de pesar en balanzas huma- 
nas los misterios de la fe", concluye, como solían entonces 
terminar casi todas las encíclicas, solicitando el concurso de 
los príncipes católicos para hacer triunfar tales ideas, pues 
"deben pensar que les ha sido concedido el poder no sólo 
para gobernar el mundo, sino principalmente para apoyar y 
defender a la Iglesia". 

Estas ideas de su citada encíclica servirán para hacernos 
comprender la mentalidad de aquel pontífice; pero por si 
esto no fuera bastante, recordemos para completar el cono- 
cimiento de su persona, estos dos hechos: V que siempre se 
opuso tenazmente a consentir que en los Estados de la Iglesia 
se hiciera ninguna línea férrea, siendo aquella la época en 
que todos los países civilizados se dedicaban con entusiasma 
a construir ferrocarriles; y 2' que habiendo estallado en 
Roma, durante el año 1837 una epidemia de cólera, no se le 
ocurrió otro medio para combatir aquella calamidad, — como 
si el mundo no hubiera adelantado desde la Edad Media — , 
que organizar procesiones, que él mismo encabezaba. 

Gregorio XVI y la libertad italiana. — Conocidos es- 
tos antecedentes, fácil es suponer cuál fue la política seguida 
por Gregorio XVI, en los quince años de su pontificado. 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



41 



Apenas elegido, estalló un movimiento insurreccional en los 
pequeños Estados de la Italia central, incluso los pontificios, 
formándose las Provincias Unidas italianas. El Papa solicitó 
de inmediato la ayuda de Austria, cuyo principal ministro, 
Metternich "la encarnación del absolutirmo", se apresuró a 
mandar un ejército, que al cabo de un mes restableció por 
doquiera el antiguo régimen despótico. El gobierno provi- 
sorio de las Provincias Unid.is se había refugiado en la ciudad 
de Ancona, la que fue obligada a capitular, acordándose a 
sus defensores el derecho de retirarse al extranjero sin rer 
molestados. Pero ¡voe victis!, la deslealtad y la venganza 
acompañaron aquí, como en todas partes, la restauración del 
absolutismo. El Papa no quiso reconocer aquella capitula- 
ción, la que luego fué violada por Austria, y centenares de 
liberales vinieron a pagar en las prisiones, su credulidad^ en 
el cumplimiento de la convención pactada. 

A pedido de las potencias, el Papa se vió obligado a pro- 
meter que introduciría reformas en sus Estados, que hicieran 
más aceptable su administración, las que se limitaron a la 
promulgación de un Reglamento procesal y otro sobre ma- 
teria penal, con lo que se suprimían las medidas arbitrarias 
y las penas crueles que en dichos Estados se acostumbraban, 
a la vez que re abolieron los derechos de asilo y de gracia de 
que disfrutaban algunas cofradías, especialmente la de San 
Juan Bautista. No habiéndose cumplido las esperadas refor- 
mas políticas y administrativas, se renovaron las insurrec- 
ciones en la Romaña y demás provincias pontificias. Alar- 
mado Metternich por esa actividad revolucionaria, influyó 
para que Gregorio XVI cambiara de Secretario de Estado, y 
sustituyera al cardenal Bernetti por el cardenal Lambrus- 
chini, más enérgico y más severo que su antecesor. El mismo 
Metternich para impedir allí nuevas sublevaciones, hizo ocu- 
par por segunda vez los Ertados de la Iglesia con ejércitos 
austríacos, y para no ser menos, el gobierno francés de Luís 
Felipe envió un regimiento a Ancona encargado de mantener 
£sa plaza a nombre del Papa. 



42 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



Lo política reoccionorio de Gregorio XVI. — La po- 
lítica de Gregorio XVI, tanto como monarca de un Estado 
temporal, como en el seno de la extendida religión de la que 
era cabeza dirigente, como en sus relaciones internacionales, 
fue completamente reaccionaria. El sacerdote católico Gio- 
berti, autor de una célebre obra titulada Primato, publicada 
en 1843, que para solucionar el problema político de Italia 
preconizaba formar una confederación de todos los Estados 
que la componían, cuyo Presidente fuera el Papa, ese sacer- 
dote, pues, completamente adicto a su Iglesia, se expresaba 
así sobre el gobierno de Gregorio XVI en los Estados ponti- 
ficios: "Ese reinado fue el período más triste que recuerde 
Italia: desorden en las finanzas, venalidad en la administra- 
ción, persecuciones en las ciudades, continuas sublevaciones 
en las Romañas, tal era el espectáculo que presentaban las 
provincias durante el ministerio del Secretario de Estado 
Lambruschini, Era tal el exceso de sus males que muchos 
subditos del Papa formulaban votos por que su país fuera 
unido al Austria". 

En el seno del catolicismo surgieron voces que, principal- 
mente en Francia, sostenían que la Iglesia debería estar 
separada del Estado. Para propagar esas ideas, el abate F. de 
Lamennais, antiguo miembro de La Congregación o partido 
de los jesuítas, con el ex-abogado y luego sacerdote Enrique 
Lacordaire y el conde Carlos de Montalembert, fundaron en 
octubre de 1830, en París, el diario U Avenir, que fue con- 
denado por el Papa en la citada encíclica Mirari vos, lo que 
trajo como consecuencia que Lamennais se separara de la 
Iglesia. El progreso del catolicismo en Francia, durante el 
gobierno de Luis Felipe, fue a expensas de sus antiguas liber- 
tades galicanas, acentuándose cada vez más sus tendencias 
absolutistas ultramontanas 

En noviembre de 1830 estalló en Vársovia la insurrección 
en pro de la libertad de Polonia. A pesar de ser ésta una 
nación católica, víctima de la voracidad de sus vecinos más 



(1) Véase en nuestra obra Lo lihertad a través de la historia, el 
cap. XV, parágrafo sobre La monarquía de Julio, págs. 333-337. 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



43 



fuertes, Rusia, Prusia y Austria, sin embargo no encontró 
aquel movimiento libertador ningún apoyo en Gregorio 
XVI, quien condenó la rebelión. Pero a la inversa de León 
XII, levantó su voz de protesta, cuando el zar Nicolás I, que 
gobernó 30 años (1825-1855), y que, como hemos dicho, 
trataba por la violencia de extirpar de Rusia tanto la iglesia 
griega-unida como la católica, en provecho de la iglesia orto- 
doxa oficial, empleó procedimientos bárbaros, hoy diríamos 
hitlerianos, para operar conversiones, siguiendo el célebre 
ejemplo del católico Luis XIV para convertir protestantes. 
Lo que un papa encontró bueno y ensalzó en el rey francés, 
este otro papa encontró malo y censuró en el zar ruso, 
porque tal proceder perjudicaba al catolicismo. Siempre la 
eterna dualidad de criterio papal, según que los actos guber- 
nativos — iguales en uno o en otro caso — favorecieran o 
perjudicaran a los secuaces de su religión. Gregorio XVI con- 
siguió entrevistarse en Roma con Nicolás I, en diciembre 
de 1845, e inducirlo a celebrar un concordato con la Santa 
Sede, el que fue firmado bajo Pío IX en 1847; pero ese con- 
cordato nunca se cumplió, quedando letra muerta. 

Durante el pontificado de Gregorio XVI, el clero se unió 
a los partidos más reaccionarios españoles y portugueses, es 
decir, con los carlistas en España y con los miguelistas en 
Portugal; pero como ambos fueron vencidos, la Iglesia tuvo 
que sufrir las consecuencias desfavorables de sus desaciertos. 
En Alemania, creyentes sinceramente inspirados en el pro- 
greso del cristianismo, como Jorge Hermés, profesor de la 
Universidad de Bonn, trataban de hacer de la filosofía la 
base de la religión. Parece que tales tentativas debieran de 
haber sido alentadas o a lo menos miradas con simpatía por 
el Pontífice romano; pero éste, enemigo de las novedades, 
condenó esos propósitos, en setiembre de 1835. En mayo del 
mismo año, el Papa había igualmente condenado la prag- 
mática suiza de Badén, de 1834, por la que se arreglaban las 
relaciones entre la Iglesia y el Estado. En resumen, como 
dice Emilio Chenón, profesor católico de la universidad de 
París: "Puede afirmarse sin exageración, que durante sus 
quince años de reinado, nunca vió Gregorio XVI a la Iglesia 



44 



CELEDONIO NIN Y SELVA 



en paz, en sus relaciones exteriores con los príncipes. Sola- 
mente Inglaterra, donde la causa de la emancipación de los 
católicos hacía diariamente progresos, y los Estados Unidos 
de América, donde la libertad sinceramente practicada fa- 
vorecía el desarrollo de la Iglesia, pudieron proporcionarle 
algún consuelo". Gregorio XVI murió repentinamente el 
1' de junio de 1846. 



CAPÍTULO QUINTO 



PÍO IX 

Primer período del pontificado de Pío IX. — Quince 

días después de fallecido Gregorio XVI, era elegido nuevo 
papa, Juan Mastni Ferretti, obispo de Imola, quien tomó el 
nombre de Pío IX. Obtuvo el triunfo en el cónclave gracias 
al apoyo que le prestó el conde Pelegrino Rossi, embajador 
de Francia en Roma. El apresuramiento con que fe efectuó 
esta elección, se explica por el afán de descartar al influyente 
cardenal Lambruschini, muy amigo de los austríacos, y por 
las grandes esperanzas que había hecho abrigar el triunfador, 
considerado como prehdo liberal. "¡Qué ironía de la histo- 
ria! — escribe al respecto Gustavo Anrich — . Partidario Pío 
IX del liberalismo político y del movimiento que trabajaba 
por apresurar el renacimiento de Italia, fue elegido bajo la 
presión de la opinión nacional exasperada por las ideas reac- 
cionarias de su predecesor. ¡Y sin embargo, fue él quien más 
tarde dictó el Syllabus y proclamó el dogma de la infalibi- 
lidad!" 

El pontificado de Mastai Ferretti, — el más largo 
que se conozca en la historia de la Iglesia, pues alcanzó a 
durar 32 años (1846-1878) — , puede dividirre en dos pe- 
ríodos de muy desigual duración: el primero, de apenas dos 
años, que fue de gran popularidad; y el segundo, en el que 
se enajenó las simpatías conquistadas, a causa de su falta de 



45 



4tf 



CELEDONIO NIN Y SDLVA 



patriotismo italiano y de su espíritu ultra retrógrado, que 
venia a ser como la culminación de todas las manifestaciones 
reaccionarias de sus antecesores. 

La política de Pío IX, en su brevísimo primer período, 
tendía a satisfacer las tendencias liberales de sus subditos, y 
asi tenemos que luego de electo, licenció los impopulares 
guardias suizos traídos por Gregorio XVI, decretó una am- 
nistía general en favor de los condenados políticos, y designó 
Secretario de Estado al cardenal Gizzi, que no levantaba re- 
sistencias. Estas sencillas medidas, según el historiador Pin- 
gaud, presentaban tal contraste con la política seguida hasta 
entonces por los papas, que produjeron en Roma, en Italia 
y en Europa profunda impresión, haciendo esperar a todos 
el comienzo de una nueva era en la historia pontifical y en 
la italiana. Alentado por la halagadora popularidad tan fá- 
cilmente conquistada, Pío IX fue paulatinamente accediendo 
a los pedidos, que constantemente se le formulaban, de otor- 
gamientos de nuevas concesiones democráticas, y así acor- 
dó relativa libertad de prensa, disminuyendo la severidad de 
la censura, por lo que hicieron su aparición en Roma los 
primeros diarios que allí vieron la luz; creó igualmente una 
especie de sistema representativo, llamado Consulta, cámara 
compuesta de laicos nombrados por el Gobierno, encargada 
de formar las leyes; organizó un Ministerio a imitación de 
las monarquías constitucionales; confió la administración de 
Roma a un cuerpo colegiado, el Senado, con autonomía co- 
munal; y autorizó la formación de una guardia cívica para 
la defensa de las nuevas instituciones. 

"Con Pío IX, dice Anrich, pareció que el papado iba a 
adherirse al ideal político del momento. En una época en la 
que rehusaban los gobiernos conceder a los oueblos las liber- 
tades que éstos reclamaban, apareció el Papa como el más 
Hber;?l de los soberanos. Roma estaba gozosa; los católicos 
liberales se ilusionaban con la esperanza de que el Papa ins- 
piraría y dirigiría la evolución política de Europa; y hasta 
los liberales aclamaban en él al campeón de la buena causa". 
Poco después de estas reformas, renunció el cardenal Gizzi, 
siendo reemplazado como Secretario de Estado, por el car- 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



47 



denal Gabriel Ferretti, sobrino del Papa. Fue también du- 
rante ese primer período de su pontificado que Pío IX auto- 
rizó la construcción de una línea férrea en sus Estados, lo 
que no se había podido obtener del obtuso cerebro de monje 
de Gregorio XVI. 

Pero poco duraron las esperanzas que se habían cifrado 
en el pretendido liberahsmo del nuevo Papa. Los jesuítas 
y demás absolutistas se oponían a las referidas reformas, y 
en cambio el pueblo, alentado por lo que había conseguido, 
sohcitaba más amplias libertades y medidas más radicales. 
Pío IX, carente de resolución para ir más lejos, exclamaba: 
"S^ pretende hacer de mí un Napoleón, y sólo soy un pobre 
cura de campaña". Esta última afirmación no estaba des- 
provista de verdad: la mentalidad de Juan Mastai Ferretti 
no excedía a la de un simple cura de campaña, que aunque 
atiborrado de derecho canónico, carecía de las dotes de esta- 
dista e ignoraba los progresos que la ciencia había efectuado 
en la primera mitad del siglo xix. Por eso, según veremos 
más adelante, no pudo continuar haciendo de papa liberal, 
y se mostró tal cual era, es decir, como verdadero autócrata 
y jefe despótico, que llevó sus tendencias reaccionarias a los 
más extremos límites, no teniendo escrúpulo más tarde en 
proclamar que 'V/ Pontífice romano no puede ni debe 
reconciliarse, ni transigir con el progreso, el liberalismo y la 
civilización moderna". 

El movimiento reformista iniciado en los Estados ponti- 
ficios, pronto se extendió a Toscana y al Piamonte; pero 
los pueblos italianos aspiraban a algo más, a saber: a supri- 
mir el absolutismo de los reyes por el otorgamiento de cons- 
tituciones, y a la total independencia nacional, o sea, a la 
expulsión de los austríacos del Norte de Italia donde ocupa- 
ban Venecia y la Lombardía. Ese doble movimiento de 
emancipación política y nacional, que agitaba al pueblo 
italiano desde 1846, culminó en 1848 cuando se obtuvo que 
acordaran constituciones el reino de Nápoles, Toscana, Pia- 
monte, y a regañadientes Pío IX en sus Estados. Esta última 
constitución, llamada ''Estatuto fundamental para el go- 
bierno temporal de los Estados de la Santa Sede", fue ela- 



48 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



horada por una comisión de eclesiásticos y publicada el 14 de 
marzo de 1848. Instituía dos Cámaras, una vitalicia y la 
otra electiva, para votar las leyes, un Consejo de Estado para 
prepararlas, y un Ministerio para responder de su ejecución. 
Las decisiones de las Cámaras estaban sometidas al veto del 
Sacro Colegio. Pocos días después de publicado ese Estatuto, 
Venecia y Lombardía se sublevaron contra sus opresores, 
y arrastrado por los sucesos, Carlos Alberto, rey del Pia- 
monte, se ponía al frente de los sublevados y declaraba la 
guerra al Austria. 

Pío IX, cediendo a tumultuosas demostraciones popula- 
res, se vio obligado a enviar a la frontera Norte un contin- 
gente de 17.000 hombres para apoyar esa guerra nacional; 
pero ante las amenazas del embajador de Austria, hizo reti- 
rar aquellas fuerzas, declarando el 29 de abril siguiente que 
sólo había confiado a sus soldados la misión de defender la 
integridad de los Estados de la Iglesia, y que nunca había 
pensado en decLirar la guerra al Austria. Con esta antipa- 
triótica declaración terminó para siempre la popularidad 
de aquel Pontífice. La defección de Pío IX, unida a otros 
factores, como la revolución de Nápoles y la irresolución de 
Carlos Alberto, que contrastaba con la rapidez y pericia 
con que procedían los jefes austríacos, hicieron que aquel 
levantamiento nacional tan bien iniciado, terminara pocos 
meses después en un completo desastre (batallas de Custozza 
y de Somma-Campagna, 24 y 25 de julio de 1848) , quedan- 
do restablecido el antiguo régimen en la región lombardo- 
véneta. 

Política absoluf ista de Pío IX. — El partido republi- 
cano encabezado por Mazzini, intervino entonces procla- 
mando que antes de intentar nuevamente atacar al opresor 
extranjero, había que comenzar por formar una reoública 
unitaria con todos los Estados italianos existentes. El Papa, 
que por ningún motivo quería romper con la poderosa y 
católica Austria, limitóse a protestar contra la violación del 
territorio pontificio cuando tropas austríacas al mando del 
general Welden cruzaron sus fronteras y atacaron a Bolonia 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



49 



poco después de la derrota de Custozza. Para reconquistar 
su perdido prestigio, viendo que aumentaba su impopula- 
ridad con tan desacertada política, llamó al ministerio a su 
amigo el conde Pelegrino Rossi, hábil administrador, de ten- 
dencias liberales, quien en los dos meses que ejerció el cargo, 
reformó los principales abusos administrativos, restauró las 
finanzas obteniendo del clero un préstamo de cuatro millo- 
nes de escudos, y negoció en Turín, Florencia y Nápoles la 
formación de una confederación de Estados italianos. Pero 
asesinado Rossi el 15 de noviembre de 1848, se levanta el 
pueblo romano y exige de Pío IX un ministerio democráti- 
co, la convocación de una Constituyente italiana y la decla- 
ración de guerra al Austria. No accediendo el Papa a ningu- 
na de esas exigencias, el pueblo ataca a la guardia pontifical, 
compuesta nuevamente de suizos, que no hacía mucho ha- 
bían sido hcenciados, y que ahora, como en pasadas épocas, 
vivían de la profesión militar, poniendo su espada al servi- 
cio de los gobiernos absolutos, que eran los que mejor paga- 
ban. Tras sangriento combate. Pío IX se vio obligado a lla- 
mar al poder a dos de los jefes revolucionarios; pero una 
semana después, disfrazado de simple sacerdote, huyó de 
noche del Quirinal, y en un coche del Ministro de Baviera 
se trasladó a la ciudad de Gaeta, poniéndose asi bajo la pro- 
tección del rey de Nápoles. 

Luego que se supo la huida del Papa, la Cámara romana 
de Diputados nombró una Junta de Estado encargada pro- 
visoriamente del Poder Ejecutivo, la que fué excomulgada 
por aquél. Pero como las excomuniones papales ya no asus- 
taban a nadie, los republicanos reclamaron la convocación 
de una Asamblea Constituyente por sufragio universal, a lo 
que accedió el Parlamento, efectuándose esas elecciones el 
21 de enero de 1849. Esa Asamblea declaró, el 8 de febrero, 
caducado el poder temporal del Papa, a quien se le garan- 
tizó su independencia espiritual, y al día siguiente, proclamó 
la República romana. El 18 del mismo mes, en Florencia, 
Mazzini logró hacer proclamar también la República 
toscana. 

Pío IX, desposeído del gobierno de sus Estados, se apre- 



50 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



suró a solicitar la ayuda de las potencias católicas: Francia, 
Austria, España y el reino de Nápoles, países todos que 
enviaron cuerpos de ejército, a los cuales no pudo vencer en 
definitiva la nueva República romana, cuyas fuerzas tuvie- 
ron que capitular, menos las de Garibaldi, quien con 5.000 
voluntarios continuó la lucha en los Apeninos, hasta que 
las tropas austríacas lo obligaron a buscar refugio en Ge- 
nova. Tocóle a la Francia de Luis Napoleón Bonaparte, 
representada por el general Oudinot, y tan luego en el glo- 
rioso aniversario del 14 de julio, el triste papel de proclamar 
la restauración de la soberanía temporal del Papa. En nom- 
bre de éste se encargó del poder en Roma una comisión pre- 
sidida por tres cardenales, 'V/ triunvirato rojo", que se 
distinguió por las medidas ultra-reaccionarias que tomó. 

Después de nueve meses de destierro voluntario en Gaeta 
y de permanecer unos cuatro meres más en Pórtici, Pío IX 
regresó a Roma, el 12 de abril de 1850, dispuesto a seguir, 
dentro y fuera de su territorio, una política totalmente abso- 
lutista. Refiriéndose a ese regreso de Pío IX a Roma, se 
expresa así el ya citado escritor alemán Gustavo Anrich: 
"Protegido por los ejércitos extranjeros que le habían recon- 
quistado los Estados de la Iglesia, volvió a Roma, después 
de casi año y medio de destierro, animado de nuevos senti- 
mientos. El antiguo defensor de la libertad se había trans- 
formado en enemigo jurado tanto de los principios libera- 
les a los que había debido su elección, como de las ideas y 
del mundo modernos, en general. El principio de autoridad 
y de absolutismo, que ahora había adoptado, concordaba 
mucho mejor con su manera de comprender la Iglesia y la 
religión, concepción que nunca había tenido nada de mo- 
derna. Le faltaba una seria cultura teológica, y su piedad 
era toda de entusiasmo y de fantasía. Extraordinariamente 
ingenuo y crédulo, por doquiera veía milagros y adverten- 
cias. Interpretaba como oráculos divinos las palabras de 
profetisas visionarias; se creía elegido por Dios para una 
misión muy especial, y particularmente inspirado por su 
Espíritu. Sus sentimientos concernientes a la autoridad papal 
eran completamente los de un papa de la Edad Media. Pío IX 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



51 



estaba realmente convencido que personificaba la tradición 
de la Iglesia, y que era, entre los hombres, el portavoz de 
Dios. Y este papa que tanto creía en su propia infalibilidad 
y que menospreciaba el mundo moderno, en adelante se 
echó en brazos de los jesuítas, que mantuvieron y alentaron 
sistemáticamente esos sentimientos, y gracias a su apoyo, 
supieron hacerse los dueños de la Iglesia". 

Con el propósito de llevar a cabo su nueva política abso- 
lutista, nombró Pío IX Secretario de Estado al cardenal 
Antonelli, hechura suya, célebre por sus iniquidades y el 
terror que hizo reinar en Roma, y combatió por todos los 
medios las ideas liberales de la Revolución Francesa. Desde 
1850 a 1855, se pronunciaron en Roma por motivos polí- 
ticos, más de 90 sentencias de muerte; y en Bolonia, des- 
de 1849 a 1856, hubo 276 ejecuciones. En 1858, ocurrió el 
resonante "asunto Mortara", que desencadenó una violenta 
campaña de prensa en toda Europa, contra la tiranía papal. 
Ese asunto consistía en que Pío IX, demostrando la más 
completa carencia de sentimientos humanitarios, arrebató 
del seno de su famiha, a un niño judío, de Bolonia, apelli- 
dado Mortara, y lo encerró en un convento, so pretexto de 
que había sido hecho bautizar por una sirvienta. De nada 
valieron las conmovedoras protestas de los desconsolados 
padres que reclamaban a su hijo, ni las reclamaciones diplo- 
máticas de Napoleón III, ni las de Inglaterra, pues Pío IX, 
como jefe despótico del Estado pontificio, se negó a dejar 
sin efecto aquella atentatoria medida, obligando más tarde 
al secuestrado a entrar en una congregación, donde con los 
años llegó a ser un predicador de cierta notoriedad. 

En los nueve años (1850-1859) en que Pío IX gozó de 
tranquilidad política, no cesó de atacar la república, el 
socialismo (para él, sinónimo de comunismo) , la libertad 
de prensa, y, en general, todas las ideas nuevas, fundamento 
de nuestra actual civilización, tratando de que la sociedad 
volviera a la feliz época de la Edad Media, en la que la 
Iglesia era dueña y señora de las conciencias, e imponía sus 
decisiones a los Estados. En realidad, lo que hizo Pío IX 
después de su restauración en 1850, fue quitarse la careta 



52 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



de papa patriota y liberal con que en un principio se había 
cubierto el rostro, engañando a mucha gente ingenua. En 
efecto, ya en su encíclica Qui plúrihus, del 9 de noviembre 
de 1846, expresaba que seguiría las tradiciones de sus ante- 
cesores, condenando en ella las sociedades secretas, las socie- 
dades bíblicas, los filósofos, "la execrable doctrina llamada 
comunismo", la publicación de libros sin censura, y la divul- 
gación de las nuevas ideas que denominaba "licencia desen- 
frenada en los pensamientos, en los discursos y en los escri- 
tos". Y, como los anteriores Pontífices, consideraba que la 
mejor manera de combatir todos esos "males", era apelar al 
concurso de los príncipes católicos a quienes "se les había 
dado el poder no sólo para el gobierno del mundo, sino prin- 
cipalmente para la defensa de la Iglesia". 

En su encíclica Nostis et Nohiscum, del 8 de diciembre 
de 1849, condena Pío IX la perversidad de los revoluciona- 
rios que dominaron en Roma y habían proclamado que la 
religión católica es un obstáculo a la grandeza y a la prospe- 
ridad de Italia; y sostiene que fue el catolicismo, a la caída 
del imperio romano, el que apartó el alm^ de los italianos de 
la sed de gloria que había arrastrado a sus antecesores a hacer 
perpetuamente la guerra y a oprimir pueblos extranjeros. 
Destacamos esta afirmación desmentida hoy por la Italia ca- 
tólica fascista de Mussolini, que ha llevado la guerra a pue- 
blos indefensos o que ningún mal le había causado, sojuz- 
gándolos por la fuerza brutal de las armas, como de ello 
pueden dar testimonio Abisinia, Albania y Grecia. 

En la misma encíclica, combatiendo "los criminales sis- 
temas del nuevo socialismo" pide a los pobres "que recuer- 
den, según la enseñanza de Jesucristo, que no deben entris- 
tecerse por su condición, porque la misma pobreza les ha 
" preparado un camino más fácil para la salvación, con tal 
que soporten pacientemente su indigencia, y que además 
de pobres en realidad, lo sean también en espíritu". Esta 
fácil manera de resolver el problema social del pauperismo, 
la califica gráficamente Loisy, diciendo que era como dar 
a los pobres cheques al portador contra el paraíso. 

En su alocución consistorial, Acerbissimum, de setiem- 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



53 



bre 27 de 1852, protesta Pío IX contra el Gobierno sud- 
americano de Nueva Granada, hoy República de Colombia, 
porque oprimía a la Iglesia católica. ¿Sabe el lector en qué 
consistía esa opresión, que ya desde 1847 llevaba a aquel 
Pontífice "a deplorar la situación miserable a que estaba 
reducida la Iglesia?" Pues si no lo sabe, se lo explicará el 
mismo Papa en su citada alocución. Oigámoslo: "Caluro- 
samente reclamábamos contra dos nuevos proyectos de ley, 
de los cuales el primero abolía los diezmos sin que la Santa 
Sede hubiese sido consultada; y el segundo garantía a todos 
los hombres que emigren a Nueva Granada, el ejercicio pú- 
blico de su culto, cualquiera que él fuese. Al reprobar esos 
proyectos, pedíamos con la mayor fuerza que nunca fueran 
llevados a la práctica, y que la Iglesia pudiese usar todos sus 
derechos y gozar de su entera libertad . . . No sólo han sido 
mantenidas tales leyes, sino que además las dos Asambleas 
legislativas de ese Gobierno han hecho otras que violan mani- 
fiestamente, atacan y pisotean los más sagrados derechos de 
la Iglesia y de esta Sede apostólica". Esas leyes de que se 
quejaba Pío IX, se referían a las órdenes monásticas, a la 
expulsión de los jesuítas, abolición del fuero eclesiástico, etc., 
agregando: "No debiendo tampoco silenciarse que la nueva 
Constitución de esa República reconoce entre otros derechos 
el de libre institución (canónica) y a todos concede plena 
y entera libertad de publicar sus pensamientos y hasta las 
opiniones más monstruosas, a la vez que la libertad de pro- 
fesar, en público o privadamente, el culto que se quiere^*. 
Ya se ve la clase de libertad que pretendía Pío IX para su 
Iglesia, a saber, la de cercenar las libertades de los no ca- 
tólicos. 

En España, vencidos los carlistas que contaban con el 
tpoyo del clero, en la guerra de siete años (1833-1840), se 
interrumpieron las relaciones con la Santa Sede, hasta que 
fueron restablecidas al final de 1848, logrando en marzo 
de 1851, celebrarse un concordato con el Gobierno de 
Isabel II. Con tal motivo, en su alocución consistorial de 
julio 26 de 1855, Pío IX exclamaba: "Sabéis cómo en esa 
convención de 1851, entre todas las decisiones relativas a 



54 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



los intereses de la religión católica, hemos establecido sobre 
todo que esta santa religión continuara siendo la única reli- 
gión de la nación española, con exclusión de todo otro culto, 
y que, como antes, conservaría en todo el reino, los derechos 
y prerrogativas de que ella debe gozar, según la ley de Dios 
y las reglas canónicas; además que en las escuelas, tanto 
públicas como particulares, la enseñanza sea enteramente 
conforme a la doctrina católica; sobre todo que los Obispos, 
en el cumplimiento de sus funciones episcopales, así como 
en todo lo relativo al derecho y ejercicio de la autoridad 
eclesiástica y de sus santas obligaciones, gozaran de la plena 
libertad que los Santos Cánones les atribuyen; y que final- 
mente podría la Iglesia usar siempre de su derecho primitivo 
de adquirir nuevos bienes, a cualquier título que fuere, y 
que ese derecho de propiedad de la Iglesia sería inviolable, 
tanto para lo que ella poseía entonces, como para lo que 
adquiriera en lo futuro". 

Por esta transcripción se ve cómo entiende la Iglesia cató- 
lica la libertad, es decir, como una especie de ley del embudo: 
lo ancho para ella, lo estrecho para los demás. Por eso Pío IX 
en la citada alocución manifestaba su dolor, por haber que- 
dado fin efecto dicho concordato y protestaba contra todo 
lo hecho por el poder laico en España. Ese dolor no le duró 
mucho al Papa, porque en 1859 logró celebrar un nuevo 
concordato con el Gobierno de Isabel II, el que fue promul- 
gado como ley del Estado en 1861, hasta que la revolución 
de setiembre de 1868, por su ministerio revolucionario, de- 
cretó la libertad de cultos, de prensa y de enseñanza. En la 
Constitución que se formó el año siguiente, se incluyeron 
esas libertades, a despecho de la encarnizada batalla que en 
contra promovió el clero, que seguía la política absolutista 
del Pontífice. El clero no se contentó con protestas pacífi- 
cas, sino que, plegándose a la causa de don Carlos, hijo de 
don Juan de Borbón, predicó abiertamente la guerra civil, 
que estalló algún tiempo después, en abril de 1872, en el 
gobierno de Amadeo de Sabova, v duró hasta marzo de 1876 
en el reinado de Alfonso XII. De paso conviene recordar 
que siete meses antes de estallar la revolución de setiembre 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



$5 



de 1868, que derrocó a Isabel II, le envió Pío IX a esta 
Mesalina, la rosa de oro con que él acostumbraba a atesti- 
guar su estima a la más piadosa de las reinas católicas, razón 
por la cual entre éstas era muy solicitada esa prueba del 
afecto papal. 

Napoleón III y Pío IX. — ^En Francia, la segunda Re- 
pública salida del movimiento insurreccional de febrero 
de 1848, había elevado a la Presidencia, por sufragio uni- 
versal, a Luis Napoleón, sobrino del célebre emperador 
muerto en Santa Elena. Luis Napoleón, por el golpe de 
Estado del 2 de diciembre de 1851, disolvió la Asamblea 
Legislativa; luego formó una Constitución a su antojo, y 
un año después, por un plebiscito, era proclamado Empera- 
dor de los franceses "por la gracia de Dios y de la voluntad 
nacional", tomando el nombre de Napoleón III. Este ambi- 
cioso astuto, de alma versátil, que al escalar la Presidencia 
había jurado públicamente permanecer fiel a la República 
democrática y defender la Constitución de 1848, y que a 
ese juramento había agregado estas palabras: "Consideraré 
como enemigos de la patria a todos aquellos que, por vías 
ilegales, tentaren cambiar la forma de gobierno", ese perjuro 
sin escrúpulos, que había sido carbonario en 1830, que había 
escrito algunas obras socialistas, y que él mismo más tarde 
se calificaba de un simple "parvenú", ese gobernante, deci- 
mos, que tanto mal hizo a su país, cofttó con el apoyo de 
Pío IX, del clero y del partido católico francés, gracias a 
cuyos votos consiguió primero su triunfo sobre el general 
Cavaignac para ser Presidente, y luego, la aprobación ple- 
biscitaria que sancionara sus referidas medidas dictatoriales. 
Ya, como Presidente constitucional, había enviado una ex- 
pedición militar contra la República romana, coadyuvando 
así al restablecimiento del poder temporal del Papa, de modo 
que no es de extrañar el entusiasmo del clero, cuando se pro- 
clamó emperador, entusiasmo que ya anteriormente se lo 
había demostrado la Iglesia, celebrando con un Te Deum 
el crimen del golpe de Estado de diciembre 2 de 1851. El 
episcopado francés lo caUficaba de otro Constantino; y \ás 



56 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



pocas voces aisladas de protesta que hacían oír algunos del 
grupito de los católicos llamados liberales, como Montalem- 
bert y Dupanloup, eran ahogadas por la reprobación de la 
Santa Sede: los amigos del Papa tenían que ser amigos del 
nuevo Emperador. Por eso Luis Veuillot, el más violento e 
intransigente de los periodistas ultramontanos, fue al prin- 
cipio un servidor incondicional del nuevo régimen; y cuando 
Napoleón III tuvo un hijo de su esposa Eugenia de Mon- 
tijo. Pío IX consideró un honor el salir de padrino del vas- 
tago imperial. 

Pío IX sacaba gran provecho de su amistad con Napo- 
león III, pues no sólo tenía en éste un defensor de los Esta- 
dos pontificios, sino que además el Emperador favorecía el 
desarrollo de las congregaciones y permitía que la Iglesia 
dirigiera a la juventud. Los católicos recordaban con com- 
placencia que, bajo la presidencia de Luis Napoleón, había 
sido votada la ley del monárquico clerical Falloux, ley del 
16 de marzo de 1850, por la cual los maestros quedaron 
subordinados a los curas y estaban obligados a enseñar el 
catecismo; se reabrieron las escuelas secundarias a los jesuí- 
tas; las municipalidades pudieron elegir miembros de las 
congregaciones para dirigir las escuelas, y las cofradías de 
mujeres gozaron del privilegio de reemplazar el examen de 
maestra — título que se requería para abrir escuela — , por 
una carta de obediencia proveniente de un obispo. 

Pero esas relaciones entre los dos autócratas no se conser- 
varon mucho tiempo cordiales. Napoleón III quería que 
Pío IX viniera a París, a consagrarlo, como había hecho 
Pío VII con su tío Napoleón I, a lo que el Papa se oponía 
mientras no fueran abolidos los artículos orgánicos del culto 
y la ley que prohibía la celebración del matrimonio reUgioso 
intes del matrimonio civil. Tales relaciones se volvieron más 
tirantes cuando durante la guerra franco-anglo-rusa, lla- 
mada guerra de Crimea (marzo 27 de 1854 a marzo 30 
de 1856), Víctor Manuel, rey de Cerdeña y del Piamonte, 
celebró una alianza con Francia el 26 de enero de 185 5, que 
Ic permitió a aquel Estado tomar parte en el Congreso de 
la paz celebrado en París, en febrero y marzo de 1856, 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



57 



alianza de la cual, con razón se ha dicho, debía salir la 
emancipación de Italia. Y cosa digna de mencionar. Napo- 
león III entró en esa guerra — de la cual Francia no obtuvó 
ningún provecho material — , sólo por razones de política 
interna, a saber, para contentar al clero, mostrándose defen- 
sor de los intereses católicos en los Santos Lugares de Jerusa- 
lem y de Bethleem, de cuya custodia, hacía cincuenta años, 
se habían apoderado los griegos sostenidos por los rusos 
ortodoxos. Además, Pío IX contaba con un importantísimo 
auxiliar para inclinar a su favor la inconstante voluntad del 
emperador francés, y ese auxiliar era nada menos que la 
propia emperatriz Eugenia de Montijo, fanática ultramon- 
tana, española de faniilia noble, con quien se había casado 
Napoleón III el 30 de enero de 1853, y cuya intervención 
en pro del clericalismo, según veremos en seguida, fue de 
funestos resultados para su esposo y para la causa de la 
libertad. 

En virtud de esa tirantez de relaciones, y encontrando 
oposición tanto en el partido clerical, como entre los con- 
servadores proteccionistas, que censuraban la política libre- 
cambista de Napoleón III, éste en uno de sus tantos cam- 
bios de frente, se inclinó de 185 J al 1860 cada vez más 
hacia los demócratas, o sea, evolucionó del principio de auto- 
ridad al de libertad. Así aconsejó a Pío IX que acordara re- 
formas a sus súbditos, y sobre todo después del atentado de 
Orsini (enero 14 de 1858), cuyas bombas mataron o hirie- 
ron a 156 personas sin alcanzar a Napoleón, y de la carta 
que desde su prisión le dirigió ese patriota italiano, conju- 
rándolo a que reparara los agravios que había hecho a Italia 
al impedir su unión, de modo que en vez de odiarlo y de 
deJearle la muerte, bendijeran eternamente su nombre y su 
memoria, después de estos sucesos, repetimos, el versátil em- 
perador, que ya había alentado a Víctor Manuel a proseguir 
su obra emancipadora, celebró con éste el convenio secreto 
de Plombiéres, en julio 21 de 1858, en el que se estipuló que 
Francia ayudaría al Píamente a expulsar a los austríacos del 
Norte de Italia, y en recompensa de su concurso, obtendría 
la anexión de la Saboya y del condado de Niza, viniendo 



58 



CELEDONIO NIN Y SELVA 



Italia a formar una confederación bajo la presidencia hono' 
raria del Papa, esto último como lo había proyectado Gio- 
berti, casi tres lustros antes. Estallada la guerra con Austria, 
en 1859, y obtenida la victoria de Magenta el 4 de junio. 
Napoleón III y Víctor Manuel entraron en Milán, y aquél 
lanzó una proclama en la que decía a todos los habitantes 
de la Península: "Unios con una sola finalidad, la libera- 
ción de vuestro país. Organizáos militarmente, volad bajo 
las banderas del rey Víctor Manuel ... y animados con el 
fuego sagrado de la patria, no seáis hoy más que soldados; 
mañana seréis ciudadanos libres de un gran país". 

La Italia central se sublevó respondiendo a aquel llamada 
patriótico, que iba más allá de las intenciones de Napo- 
león III, quien confiaba en que el Papa continuaría mante- 
niendo el poder temporal sobre sus Estados. Pero las Lega- 
ciones pontificias, luego que se retiraron los austríacos, sa- 
cudieron el yugo de la dominación papal, no extendiéndose 
a Roma la insurrección, porque allí había una guarnición 
francesa, encargada de la defensa del Pontífice. Pero éste 
fácilmente comprendía lo precario de aquella ayuda si eran 
expulsados los austríacos de la Península, por lo que influyó 
para que la Emperatriz se dirigiera a su esposo, junto con el 
Ministro católico Walewski, exponiéndole el descontento 
del pueblo francés por la prosecución de aquella guerra tan 
contraria a los intereses de la Santa Sede. Casi en seguida de 
esta intervención, fué obtenida la gran victoria de Solferino 
(junio 24 de 1859) que permitía concluir rápidamente con 
el opresor austríaco; pero en vez de esto. Napoleón cedien- 
do a las clericales sugestiones de su esposa, abandonó la 
lucha y se apresuró, quince días después, a firmar con el 
emperador Francisco José la paz de Villafranca, por la cual 
la Lombardía pasaba a ser de la Cerdeña; Austria continua- 
ba poseyendo Venecia; y se formaba la confederación ita- 
liana bajo la presidencia honoraria del Papa, siendo éste invi- 
tado a introducir en sus Estados reformas indispensables. 
Napoleón III traicionaba así la causa de la independencia 
italiana, debido a la influencia de su mujer, que era un 
simple dócil instrumento en manos del clero. Éste es uno de 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



59 



los tantísimos ejemplos de cómo influye el clero en la polí- 
tica de un país, en pro de sus menguados intereres, utilizan- 
do al efecto el ascendiente femenil sobre los gobernantes (^) , 
de lo que tenemos claro ejemplo en la historia de la última 
década en nuestra propia patria. 

A despecho de la paz de Villafranca, la revolución italiana 
siguió su curso, y los distintos pequeños Estados de la Italia 
central, incluso los que se habían separado del dominio pon- 
tificio, provocaron plebiscitos que comprobaron su deter- 
minación de unirse al reino de Cerdeña. Napoleón III, en la 
posición falsa en que se encontraba, no se atrevía a aprobar 
eros movimientos revolucionarios que él mismo había con- 
tribuido a fomentar, ni tampoco quería romper con el 
Papa, por lo que le suplicaba que entrara en la proyectada 
confederación, hiciera reformas y concediera la autonomía 
a las Legaciones o Estados de la Iglesia. Pero Pío IX se 
rehusó tenazmente a toda reforma mientras no se le some- 
tieran sus subditos sublevados. Napoleón III, entonces, hizo 
cícribir un opúsculo, que se imprimió en forma anónima, ti- 
tulado Papa y el Congreso", en el que invitaba al Pontífi- 
ce que renunciara a la mayor parte de su dominio temporal; 
y no conforme con esto, él mismo le escribió después acon- 
sejándole que renunciara por lo menos a la Romaña. Furioso 
Pío IX, le respondió con una violenta e injuriosa encíclica, 
de fecha enero 19 de 1860, en que declaraba que eran dignos 
de los mismos anatemas tanto los adversarios de su poder 
temporal como los de su autoridad espiritual. 

Napoleón III, interesado en la cesión de Niza y Saboya a 
Francia y desoyendo las protestas papales, proseguía sus 



(1) Actualmente en Chile (noviembre de 1941), la esposa del 
primer mandatario de ese país ha dirigido un llamado a la juventud 
chilena, para que coopere al mayor éxito del Congreso Eucarístico 
que se celebrará dentro de breves días en Santiago, según informa- 
ciones por radio que hemos escuchado. Si no estamos equivocados, 
el Presidente de Chile, Dr. Pedro Aguirre Cerda, es liberal o a lo 
menos pasa por serlo. 

Tres semanas después de escritas las anteriores líneas, el 25 de 
noviembre de 1941, falleció el nombrado Presidente de Chile. Junto 
a su lecho mortuorio se encontraba el Arzobispo de Santiago. 



60 



CELEDONIO NFN Y SELVA 



acuerdos con Víctor Manuel, y con tal motivo éste invitó a 
las poblaciones de Toscana, Emilia y de las Legaciones a que 
se pronunciaran sobre su futura dependencia política, y to- 
das, casi unánimemente, votaron por su anexión a Cerdeña. 
Pocos días después de esos plebiscitos, celebraban Napoleón III 
y Víctor Manuel el tratado de Turín (24 de marzo de 1860) 
por el cual eran reconocidas dichas anexiones: las de Niza 
y Saboya a Francia, y las otras al reino de Cerdeña y del 
Piamonte; y no sólo esto, sino que con el consentimiento 
del Emperador, el ejército sardo-piamontés se apoderó del 
reino de Ñapóles y de casi todos los Estados de la Iglesia, 
cuyas tropas habían sido derrotadas en Castelfidardo (se- 
tiembre 18 de 1860), no ocupando en adelante el Papa más 
que Roma y el pequeño territorio conocido con el nombre 
de "El patrimonio de San Pedro". 

Ante estos hechos consumados, el despecho y la ira de 
Pío IX no conocieron límites, por lo cual excomulgó a 
Víctor Manuel y a los que lo habían secundado en ru polí- 
tica de unificación italiana, y concitó contra Napoleón III 
a todo el episcopado francés, el que emprendió una especie 
de cruzada contra este soberano, a la que se unieron tanto 
los llamados católicos liberales como los ultramontanos. En 
su fanatismo político-religioso, dichos obirpos proclamaban 
que los soldados del ejército del Pontífice, muertos en el 
combate de Castelfidardo, habían sido mártires o santos, y 
en sus pastorales, trataban a Napoleón III de traidor y lo 
comparaban con Poncio Pilato. El Emperador se vió obli- 
gado a tomar medidas represivas contra las congregaciones 
religiosas, algunas de las cuales constituían verdaderos ejér- 
citos de la Iglesia. Así, el Ministro del Interior, Persigny, en 
«ñero de 1862, decretó la disolución de la aparentemente 
inofensiva Sociedad de San Vicente de Paul, la cual, como 
dice el historiador Debidour, obedeciendo ciegamente a 
Roma, disponiendo de grandes recursos pecuniarios, con- 
tando con más de 1.500 conferencias o agrupaciones en 
Francia y estando sabiamente jerarquizada y dirigida por su 
Consejo General de París, que era un verdadero comité de 
dirección política, comenzaba a recordar por sus maneras 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



61 



provocativas, a la Santa Liga del siglo xvi. Pío IX en su alo- 
cución Jamdudum cerminus pronunciada en el consistorio 
secreto del 18 de marzo de 1861, protestó contra "la crimi- 
nal y sacrilega expoliación de los Estados de la Santa Sede", 
declarando rotundamente que no sólo rehusaba reconciliarse 
con Italia, sino que también le era imposible a la Santa Sede 
y al Pontífice romano marchar de acuerdo con la civilización 
moderna, que favorece todos los cultos no católicos y pone 
trabas al desarrollo de la Iglesia católica — entiéndase, a sus 
<íesmedidas y antidemocráticas pretensiones de imponer sus 
ideas a los demás. 

No seguiremos en sus movidos detalles la historia de los 
sucesos ocurridos en Italia y Francia, durante la década 
1860-1870, que vinieron a culminar en el desastre del im- 
perio francés, la caída de Napoleón III, el advenimiento de 
la tercer República francesa, y la conclusión del poder tem- 
poral de los papas con la entrada de las tropas italianas en 
Roma, el 20 de setiembre de 1870. Nos limitaremos a recor- 
dar que cada vez que Napoleón III, en su lucha con Pío IX, 
mostraba veleidades de favorecer la causa italiana y de per- 
mitir que las tropas de Víctor Manuel o de Garibaldi con- 
quistaran a Roma, se encontraba con la oposición del partido 
ultramontano en su país, que sabía utilizar por medio del 
clero, la influencia que la emperatriz Eugenia ejercía sobre 
su voluble e inconstante marido. 

El citado escritor católico Emilio Chenón, ex-profesor de 
la Facultad de Derecho en la Universidad de París, confiesa 
que gracias a la influencia de la Emperatriz, nunca se rom- 
pieron las relaciones de Napoleón III con Pío IX, las que 
quedaron muy tirantes después de la campaña de Italia, y 
que lo fueron aún más con la cuestión del Syllabus en 1864. 
Y como prueba de la activa intervención del partido cleri- 
cal francés en pro del Papa, recuérdese que después del 
combate contra las fuerzas pontificias en Mentana (no- 
viembre 3 de 1867), en que Garibaldi casi victorioso fue 
completamente derrotado por la intervención de las tropas 
de Napoleón III, éste, al mes siguiente, por boca de su mi- 
nistro Rouher, hizo desde la tribuna del Cuerpo legislativo, 



62 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



esta inolvidable declaración: "En nombre del Gobierno 
francés manifestamos que Italia no se apoderará de Roma, 
Nunca, nunca permitirá Francia esa violencia hecha a su 
honor y a la catolicidad". Y doscientas voces de diputados 
clericales, coreando, repitieron al unisono: "No, nunca 
nunca". Como consecuencia, pues, de la oculta y funesta 
influencia de la Emperatriz, y de la descarada y no menos 
perniciosa del partido clerical, que ciegamente seguia la inte- 
resada y retrógrada politica de Pió IX, tenemos que Italia, 
que tanto debia a Francia por la decisiva ayuda que le pres- 
tó en su lucha contra el opresor austríaco, no ha perdonado 
nunca a este último pais la insensata oposición de Napo- 
león III a que recuperara Roma, su legítima e histórica 
capital, y de ahi el rencor siempre latente entre esos dos 
pueblos, que hizo crisis en 1940, cuando el ambicioso dicta- 
dor Mussolini consiguió arrastrar Italia a que declarara la 
guerra a la República francesa. 

Influencia de Pío IX en la implantación del impe- 
rio de Maximiliano en Méjico. — íntimamente unida 
con la política que siguió Pío IX con el imperio fran- 
cés de Napoleón III, se encuentra la que mantuvo con la 
República de Méjico. Historiemos brevemente los sucesos, 
relacionados con nuestro tema, ocurridos en esta nación, 
de 1853 a 1867. El general Santa Ana, jefe del partido cen- 
tralista clerical, gobernó en Méjico como dictador de 1855 
a 185 5. Derrotado por la revolución liberal del general 
don Juan Álvarez, éste es declarado Presidente de la Repú- 
blica y nombra Ministro de Justicia y Negocios Eclesiásti- 
cos al doctor Benito Juárez, liberal consecuente y político 
que puede parangonarse sin desmedro con los más destaca- 
dos demócratas que haya producido toda la América en el 
curso del siglo xix. El 23 de noviembre de 185 5, Álvarez 
promulgó la famosa ley, conocida con el nombre de ley 
Juárez, pues era obra de su citado Ministro, por la que se 
suprimían los tribunales y fueros privilegiados del clero y 
del ejército; y convocó a un Congreso extraordinario, que 
fuese a la vez Asamblea legislativa y constituyente. Esc 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



65 



Congreso sancionó la ley de Desamortización llamada ley 
Lerdo, por haber sido formulada por el Ministro de Hacien- 
da, Miguel Lerdo de Tejada, la que establecia que todas las 
fincas urbanas o rústicas que tenian o administraban como 
propietarios las corporaciones civiles o eclesiásticas o cual- 
quier establecimiento o fundación que tuviera el carácter de 
duración perpetua o indefinida en la República, se adjudi- 
carían en propiedad a los que las tenian arrendadas, por el 
valor correspondiente a la renta que entonces redituaban, 
calculada como 6 % anual; haciéndose las mismas adjudica- 
ciones a los que tenían esas propiedades a censo enfitéutico, 
cuyo valor se determinaría capitalizando al 6 % el canon 
que pagaban. 

Dicho Congreso terminó la nueva Constitución en febre- 
ro de 18J7, la que fue promulgada el 17 de marzo siguiente, 
carta magna adelantadísima que, entre otras, contiene las 
disposiciones siguientes: El pueblo mejicano reconoce que los 
derechos del hombre son la base y el objeto de las institu- 
ciones sociales. Los esclavos (y entonces los había en los 
Estados Unidos) que pisen el territorio nacional, recobrarán 
su Ubertad y tendrán derecho a la protección de las leyes. La 
enseñanza es libre. El Estado no puede permitir que se lleve 
a efecto ningún contrato que tenga por objeto el menoscabo 
o pérdida de la libertad del hombre, ya sea por causa de 
trabajo, educación o voto religioso. En consecuencia, la ley 
no reconoce órdenes monásticas, ni puede permitir su esta- 
blecimiento cualquiera que sea la denominación u objeto 
con que pretendan erigirse. Se consagra la libertad de emisión 
del pensamiento, y por lo tanto, la de imprenta, lo mismo 
que las de asociación y reunión con objeto lícito. Ninguna 
persona ni corporación puede tener fueros, ni gozar emo- 
lumentos que no sean compensación de un servicio público 
y estén fijados en la ley. Subsiste el fuero de guerra para 
los dehtos y faltas que tengan exacta conexión con la disci- 
plina militar. La justicia será gratuita, quedando por lo mis- 
mo abolidas las costas judiciales. Ninguna corporación civil 
o eclesiástica tendrá capacidad legal para adquirir en pro- 
piedad o administrar para sí bienes raíces, con la única 



64 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



excepción de los edificios destinados al servicio u objeto de 
la institución. Entre las condiciones requeridas para ser Pre- 
sidente de la República se cuenta la de no pertenecer el can- 
didato al estado eclesiástico C) - 

Por este breve resumen se ve lo adelantado de la aludida 
Constitución, y bien que en ella, para tranzar con el par- 
tido moderado de Comonfort, nada se mencionaba sobre 
libertad religiosa, fue sin embargo objeto de la oposición 

(1) Siendo Méjico, un país expuesto a constantes revoluciones, 
como las demás repúblicas hispanoamericanas, los que formaron la 
Constitución mejicana de 1857, tuvieron el acierto de agregarle al 
final la siguiente disposición, que desearíamos se incluyera en la 
próxima que tendremos nosotros: "Esta Constitución no perderá su 
fuerza y vigor aun cuando por alguna rebelión se interrumpa su 
observancia. En caso de que por trastorno público se establezca un 
Gobierno contrario a los principios que ella sanciona, tan luego como 
el pueblo recobre su libertad, se restablecerá su observancia, y con 
arreglo a ella y a las leyes que en su virtud se hubiesen expedido, 
serán juzgados así los que hubiesen figurado en el Gobierno ema- 
nado de la rebelión, como los que hubiesen cooperado a ella". 

La Constitución de 1857 ha sufrido varias ampliaciones en estos 
84 años transcurridos desde entonces (escribimos esto en 1941); pero 
es la que aun rige en Méjico, a pesar de todo el empeño puesto 
por el partido clerical para anularla y sustituirla por otra reaccio- 
naria. Hoy se la denomina Covstifución de 1917, porque en dicho 
año, se le agregaron nuevas disposiciones liberales, siendo de desta- 
car los artículos 3, 5, 27 y 130 que tienden a la consolidación del 
poder civil sobre el religioso, por lo que han sido furiosamente 
atacados por el clero católico. En el art. 3 se establece que la ense- 
ñanza es libre; pero que debe ser laica, no permitiéndose establecer 
o dirigir escuelas de instrucción primaria a corporaciones religiosas, 
ni a ministros de ningún culto. El art. 5 prohibe el establecimiento 
de órdenes monásticas. El 24 proclama la libertad de cultos; por el 
'27 no se les permite a las iglesias adquirir bienes materiales de clase 
alguna; y por el 130 no se concede personería jurídica a las iglesias, 
considerándose a sus ministros como personas que ejercen xma pro- 
fesión. 

A pesar de la disposición constitucional que prohibe el estableci- 
miento de órdenes monásticas en Méjico, el fanatismo religioso ha 
bailado medios de eludir tal prohibición. Así, por ejemplo, en mayo 
de 1934 se descubrió en la ciudad de Puebla un gran monasterio 
subterráneo, cuya entrada clandestina existía en una casita modesta 
sita en una calle solitaria. Se trataba del convento de religiosas de 
Santa Mónica, en el que apenas entraba escasa luz solar, habitado 
por muchísimas monjas profesas, la mayoría de las cuales, ingresa- 
das al claustro muy jóvenes, nunca habían podido salir de él. Según 
el escritor Francisco Frola, "muchas de ellas habían ya alcanzado 
la vejez, encerradas en aquel tenebroso recinto, donde ni siquiera 
los parientes más próximos podían visitarlas. A su muerte eran co- 
locadas en nichos abiertos en las paredes del convento. Sus huesos 
fueron encontrados en enormes montones. Hoy ese convento ha sido 
transformado en Museo de Arte Religioso Mexicano". 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



65 



pontificia, comprobada por el hecho de que luego de pro- 
mulgada, los obispos mejicanos fulminaron excomuniones 
contra todos aquellos que la jurasen. El clero y "el antiguo 
y degenerado ejército", según la expresión del historiador 
Nicolás León, la combatieron, por lo que no causará extra- 
ñeza el saber que el partido conservador clerical se insurrec- 
cionara poco después para anularla. Ya Pió IX, algunos me- 
ses antes, en su alocución Nunquam fore, del 15 de diciem- 
bre de 1856, había protestado contra los decretos que esta- 
blecían la libertad de cultos y de opiniones en Méjico, di- 
ciendo: *'Para corromper más fácilmente las costumbres y 
los espíritus de los pueblos, para propagar la abominable y 
desastrosa peste del indiferentismo, y acabar de destruir nues- 
tra santa religión, se admite el libre ejercicio de todos los 
cultos y se concede a cada uno la plena y entera facultad 
de manifestar abierta y públicamente toda clase de opinio- 
nes y pensamientos . . . condenamos, reprobamos y declara- 
mos nulos todos los decretos arriba mencionados, y todos 
los actos que el poder civil de Méjico ha hecho con tal me- 
nosprecio de la autoridad eclesiástica" . 

En virtud de la sublevación del general reaccionario 
Zuloaga, se vio obligado a expatriarse el general Comonfort, 
que desempeñaba la Presidencia por renuncia del general 
Álvarez, y entonces Juárez, en su carácter de Presidente de 
la Suprema Corte de Justicia, ocupó constitucionalmente 
la Vicepresidencia de la República, estableciendo su gobier- 
no en Guadalajara, mientras el usurpador Zuloaga, secun- 
dado luego por el general Miramón, ocupaba la Capital . 



(1) Para que se vea cómo ciega la pasión política a ciertos escri- 
tores, transcribimos a continuación el comienzo de la biografía de 
Dn. Benito Juárez que se encuentra en un "Diccionario Enciclopé- 
dico Abreviado", en varios tomos, muy difundido entre nosotros, y 
de tendencias netamente falangistas o clericales, comienzo que dice 
así: "Estadista mejicano (1806-1872). Jefe del partido liberal, negó- 
se a reconocer al presidente Zuloaga, y dió comienzo a la guerra 
civil, que terminó con su triunfo en 1861". Quien, ignorante de la 
historia de Méjico, lea lo que acabamos de transcribir, supondrá que 
Zuloaga era el Presidente constitucional, contra el cual se sublevó 
Juárez. Pues bien, los hechos aludidos ocurrieron al revés de lo que 
pretende hacernos creer el escritor de ese Diccionario, como se ve 
en segmda: Promulgada la Constitución de 1857, se convoca a elec- 



66 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



Después de una serie de derrotas, seguida por otra de triun- 
fos decisivos, en una campaña que duró tres años, la reac- 
ción clerical del general Miramón (el que habia prescindido 
de Zuloaga a quien habia apresado) fué vencida, volviendo 
el Gobierno de Juárez a ocupar la Capital, el 25 de diciem- 
bre de 1860. Mientras se proseguia esa implacable guerra 
civil, Juárez, impertérrito, continuaba su obra reformista 
manifestando: "El Gobierno está dispuesto a mantener la 
Constitución a todo trance . . . Es preciso para poner fin a 
la guerra fratricida fomentada por el clero, quitarle a éste 
toda clase de elementos de resistencia, desarmarlo Por com- 
pleto, y para conseguir este resultado, es una verdadera nece- 
sidad el consumar la reforma, separando la Iglesia del Estado, 
suprimiendo los conventos, extinguiendo toda clase de Con- 
gregaciones religiosas, cerrando los noviciados, nacionali- 
zando los bienes del clero, dejando en libertad a los fieles 
para contribuir al culto y estableciendo la libertad de con- 
ciencia'*. 

En julio 12 de 1859 había promulgado Juárez la célebre 
ley de nacionalización de bienes eclesiásticos, en la que se es- 

ciones, resultando electos: el general Comonfort, Presidente de la 
República y don Benito Juárez, Presidente de la Suprema Corte de 
Justicia, y como tal. Vicepresidente de la República, tomando am- 
bos posesión de sus cargos el Y> de diciembre de 1857. 

El 17 del mismo mes y año, el general conservador Félix Zuloa- 
ga se pronuncia en Tacubaya contra la Constitución, pidiendo se 
reuniese un nuevo Congreso Constituyente, aunque conservando el 
general Comonfort el mando como dictador. Éste se adhiere a ese 
pronunciamiento, por lo aue el Congreso es disuelto y aprisionan 
a Juárez. 25 días más tarde Zuloaga desconoce a Comonfort, y en- 
tonces éste liberta a Juárez, y después de defender la Capital por 
algunos días, se marcha a Estados Unidos. Juárez, el 11 de enero 
de 1858, asume el mando presidencial de acuerdo con la Constitu- 
ción, y establece su Gobierno en Guadalajara. El general insurrecto 
Zuloaga declara abolida la Constitución recién promulgada y ordena 
al general OsoUo que persiga a los constitucionales. Poco después 
ocurre la muerte de Osollo y lo reemplaza en el mando de las tro- 
pas clericales, el general Miguel Miramón. Éste al principio marcha 
de acuerdo con el dictador Zuloaea, y luego rompe con él y lo apre- 
sa, en mayo de 1860, gobernando sólo el mismo Miramón, quien 
desDués de la batalla de Calpulalpán (diciembre 22 de 1860) se ve 
obligado a expatriarse, estableciendo Juárez nuevamente su Go- 
bierno en la Capital. Efectuadas elecciones, el setrundo Congreso 
Constitucional abre sus sesiones el 9 de mayo de 1861. eligiendo más 
tarde Presidente a Juárez por el período cuadrienal, noviembre 30 
de 1861 a noviembre 30 de 1865. 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



67 



tablecía: "Entran al dominio de la Nación todos los bienes 
que el clero secular y regular ha estado administrando con 
diversos títulos, sea cual fuere la clase de predios, derechos y 
acciones en que consistan, el nombre y aplicación que hayan 
tenido". En sus considerandos se exponía con absoluta cla- 
ridad cuáles eran las causas de los males de la República, 
señalando como principal de ellas, la intervención delic- 
tuosa del clero, manifestando textualmente: "En 1833, 
en 1836, en 1842, en 1847, el clero, siempre el clero, apa- 
rece insurreccionando al país, atentando de diversas mane- 
ras contra la autoridad, oprimiendo al pueblo y derramando 
su sangre en combates fratricidas". De esta documentada 
exposición resultaba claramente que el clero había sido una 
constante remora para el progreso del país, y un perenne 
factor de subversión institucional (^). 

Según el jurisconsulto mejicano doctor Jacinto Pallares, 
*'la nacionalización de los bienes eclesiásticos fue obra a la 
vez económica y política: económica, porque hacía entrar 
en la circulación y en las corrientes fecundas de la propie- 
dad individual doscientos millones de pesos de inmuebles 
y capitales hipotecarios, cuyos productos se dedicaban a 
gastos superfluos de procesiones, solemnidades, sostenimien- 
to de conventos inútiles, etc.; y política, porque desarmaba 
al clero, cuyas tendencias opuestas por naturaleza propia a 
las tendencias progresistas de todo gobierno civil, habíanle 
impulsado a invertir los fondos que administraba, en intri- 
gas políticas y en revoluciones continuas, desde la de Esca- 
lada, en 1833, a favor de los fueros, hasta la de Puebla, en 
1856, en contra del programa de Ayutla". El mismo escri- 
tor nota que el clero mejicano tenía en aquel entonces un 



(1) El clero mejicano ha continuado su nefanda obra subversiva 
hasta la época actual, como de ello da fe el siguiente telegrama de 
la agencia Havas publicado en diarios de Montevideo, el 4 de octu- 
bre de 1936: "Méjico, 3. El Tribunal Supremo ha confirmado la 
sentencia recaída sobre el Padre Aurelio Giménez Palacios y Manuel 
Trejo, condenados a 20 y 14 años de prisión respectivamente, por 
haber actuado como instigadores en el asesinato del Presidente Obre- 
gón, ocurrido en el mes de julio de 1928. El Padre Aurelio está 
acusado además de haber bendecido la pistola con la que José Toral, 
com.etió el asesinato". 



68 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



capital que ascendía a ocho millones de pesos anuales, con 
dignatarios que disfrutaban de sueldos de más de cien mil 
pesos al año, como los de los obispos de Méjico, de Puebla 
y de Michoacán, y que con una organización privilegiada y 
con fueros que lo substraían a la soberanía nacional, no era 
posible que el Gobierno mejicano se hiciera obedecer de esa 
clase poderosa, cuando éste apenas tenía un presupuesto 
anual (federal) de 24 millones de pesos, y sus Presidentes 
nunca habían ganado más de treinta y seis mil pesos. Merece 
recordarse el hecho de que calificada de impía por el clero 
la ley de Desamortización, ocurría sin embargo, según refie- 
re el historiador francés Lefévre, que el Arzobispo de Méjico 
a la vez que excomulgaba a los adjudicatarios de bienes 
rematados de la Iglesia, no. dejaba de aconsejar privadamente 
a sus buenos amigos que se apresurasen a adquirirlos. 

A la citada ley de nacionalización de bienes eclesiásticos, 
siguieron la que establecía el matrimonio civil, la que hacía 
obhgatorio el Registro de Estado Civil, la de secularización 
de los cementerios, la de reducción de los días festivos, — que 
ya se habían considerado excesivos hasta por el mismo Papa — 
la que imponía al clero la obligación de costear los gastos 
del ejército liberal ya que costeaba los de la insurrección, y 
la que suprimía la legación mejicana en Roma, en vista de 
que el Ministro mandado allí por el Gobierno de Comonfort, 
no había sido recibido por Pío IX. 

Durante esa l."'rga guerra civil (1857 a 1860) , el Gobierno 
usurpador de Miramón había contraído créditos en el ex- 
tranjero, que ocultaban sucios negocios, por lo cual decidió 
el Congreso, el 17 de julio de 1861, suspender el pago de los 
mismos, para examinar su validez. Entre esos créditos, se 
encontraba el de un banquero suizo, nacionalizado francés, 
apellidado Jecker, quien en confabulación con el duque de 
Morny, Ministro de Napoleón III, reclamaba quince millo- 
nes de pesos, deuda reconocida por el gobierno de Miramón, 
suma de la cual parece ser aue éste sólo había recibido 
$ 618.917 en efectivo y $ 300.000 en vestuarios. En ese 
escandaloso negociado, Morny debía percibir de coima el 
30 % de lo que se obtuviese. Junto con esa reclamación 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



69 



francesa, había dos más de potencias europeas: una de Es- 
paña, por españoles muertos con motivo de la guerra; y otra 
de Inghterra, por haber los clericales asaltado y saqueado 
la Legación británica. 

Francia, Inglaterra y España, por la convención de Lon- 
dres del 31 de octubre de 1861, decidieron emplear la violen- 
cia en apoyo de sus reclamaciones, y al efecto enviaron sus 
escuadras con fuerzas de desembarco, que ocuparon Vera- 
cruz, aprovechando la situación de que Estados Unidos de 
América no podía intervenir en defensa de Méjico, a causa 
de la guerra de secesión que la asolaba. Juárez negoció con 
España e Inglaterra, potencias éstas que no queriendo apo- 
yar las pretensiones de Napoleón III, retiraron sus fuerzas, 
y las hicieron regresar a Europa. Napoleón III, en aquella 
aventura, obraba impulsado por dos ocultas influencias, que 
sólo mucho más tarde se ha logrado poner en evidencia, 
a saber: 1' la del expresado duque Carlos Morny, su ex- 
Ministro del Interior, Presidente del Cuerpo Legislativo y 
uno de sus consejeros más íntimos, el que, en virtud de sus 
menguados intereses pecuniarios, instaba para que Francia 
compehera a Méjico al pago de la reclamación Jecker; y 
1" la de Pío IX, quien secundando la antipatriótica resolu- 
ción del derrotado partido clerical mejicano, buscaba con 
la implantación de un Imperio católico, absolutista, estilo 
"antiguo régimen", recuperar los bienes eclesiásticos des- 
amortizados, anular las leyes liberales dictadas y ejercer nue- 
vamente la perdida influencia en la cosa pública. 

Sábese hoy, que el partido clerical por inspiración del arzo- 
bispo de Méjico, Labastida, y en connivencia con Dubois 
de Saligny, Ministro de Francia en esa República, envió a 
Europa una comisión encabezada por el general Juan N. 
Almonte, ex-embajador de Miramón en París, para lograr 
la intervención extranjera en Méjico, pues a aquel partido, 
después de derrotado completamente en la batalla de Calpu- 
lalpán, el 22 de diciembre de 1860 — por lo que Miramón 
tuvo que huir a Europa — , ya no le quedó otro recurso que 
provocar dicha intervención. El Papa apoyó esa gestión, y 
probablemente por medio de la emperatriz Eugenia, logró 



70 



CELEDONIO NIN Y SELVA 



que Napoleón II prestara complacido oídos a aquella delega- 
ción de reaccionarios; lo mismo que es de suponer que fuera 
Pío IX, quien les sugiriera la candidatura del príncipe Ma- 
ximiliano de Hapsburgo, nieto del emperador de Austria 
Francisco I, yerno del rey de Bélgica, y que había sido go- 
bernador del reino Lombardo- Véneto hasta 1859, dado el 
apoyo que acordaban los austríacos al Pontífice, y la ani- 
madversión de éste contra Víctor Manuel, que había ane- 
xionado la mayor parte de ese reino y de los Estados ponti- 
ficios al suyo de Cerdeña y del Piamonte. 

Aquella descabellada aventura de Francia en Méjico, para 
cobrar un crédito más que sospechoso, y que en todo caso 
se podía haber arreglado sin derramamiento de sangre, como 
habían hecho Inglaterra y España con sus reclamaciones; 
aquella insensata expedición para entronizar en América 
un príncipe austríaco, y que por lo mismo en nada bene- 
ficiaba a Francia, sólo se explica por el deseo de Napo- 
león III de recuperar su perdido prestigio con el clero, favo- 
reciendo la causa de éste, aunque fuera a costa del sacrificio 
de la propia patria. El historiador Alberto Milhaud, al refe- 
rirse a la agresión francesa contra la independencia meji- 
cana escribe: "España e Inglaterra no quisieron apoyar las, 
pretensiones de Francia, que juzgaron exageradas. Se ocu- 
paron algunas ciudades, y de nuevo fue izado el pabellón 
mejicano en Veracruz. En ese mismo momento, rompía 
Napoleón III su acuerdo con las otras dos potencias aliadas 
por su política personal favorable a los enemigos de Juárez, 
y que se ha creído inspirada por el Papa, deseoso de vengar 
al clero mejicano". 

Que esa intervención fue realmente inspirada por Pío IX, 
en un todo de acuerdo con el partido clerical mejicano, re- 
sulta corroborada por estos hechos: 

1' Cuando Forey, al frente de las tropas francesas de las 
que era general en jefe, llegó a la ciudad de Méjico con el 
general Juan N. Almonte, el Cabildo metropolitano recibió 
al ejército invasor con un solemne Te Deum en la Catedral, 
aparatosa solemnidad que se repitió un año más tarde a la 
llegada de Maximiliano. 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



71 



2' El Gobierno provisional nombrado el 21 de junio de 
1863, — que 19 días más tarde tomó el nombre de Regen- 
cia — , y que se instaló en espera de la llegada del flamante 
Emperador, se componía de tres personas: el general Juan 
N. Almonte, don Mariano Salas y el arzobispo Labastida, 
quien encontrándose en Europa donde había ido a conferen- 
ciar con el Papa, fue reemplazado durante su ausencia (que 
sólo duró hasta el 18 de setiembre siguiente) por el obispo 
de Tulancingo, Juan B. Ormachea. Ese Gobierno lo primero 
que hizo, fue publicar que no serían considerados como pro- 
pietarios, los tenedores de bienes nacionalizados o desamor- 
tizados. Emilio Olivier, que acompañó al ejército francés y 
que después fue Ministro de Napoleón III, escribe al res- 
pecto: "los arrendatarios fueron advertidos que no pagaran 
sus rentas, porque se expondrían a pagar dos veces. Los últi- 
mos sacramentos y la sepultura cristiana fueron negados a 
aquellos que se rehusaron a hacer la restitución. Una dispo- 
sición gubernativa prohibió que se trabajara en domingo. 
Otra prescribió que todos se arrodillaran cuando pasara el 
santísimo Sacramento y permanecieran así hasta que lo hu- 
biesen perdido de vista. Las actas del Registro Civil fueron 
devueltas al clero y restablecidos los títulos de nobleza, así 
como la antigua orden de Guadalupe; como buitres que per- 
siguen el olor de un cadáver, acudieron los jefes del partido 
retrógrado: el hijo de Santa Ana desembarcó en Veracruz 
para preparar el terreno a su padre, y Miramón llegó a Mé- 
jico". 

3' Agriado Napoleón III por la oposición que le hacia 
Pío IX a causa de su política ítaHana, retiró de Méjico a su 
Ministro Dubois de Saligny, — que había sido uno de los que 
más influyeron en el triunfo y en la consolidación del par- 
tido clerical, así como fue el factótum en la votación del 
prebiscito a favor de Maximiliano — , y dió al general Bazai- 
ne, sucesor de Forey, nuevas instrucciones menos favorables 
a los intereses del clero, en virtud de las cuales anuló dicho 
general el decreto de los secuestros y todas las medidas reac- 
cionarias dictadas por la Regencia. El arzobispo de Méjico, 
Labastida, que, como hemos dicho, había ido personalmente 



72 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



a Europa, a entenderse con Pío IX y con Napoleón III, le 
manifestó a Bazaine que había regresado con el objeto de 
reconstruir el dominio arrebatado al clero. Como las instruc- 
ciones recibidas por Bazaine no concordaban con lo que pre- 
tendía Labastida, quien sostenía las ideas del Papa, hubo 
entre ellos violentas discusiones, uniéndose al arzobispo siete 
obispos más para prote:tar contra lo que consideraban expo- 
liación de la Iglesia. Maximiliano en cuanto llegó, dándose 
exacta cuenta de lo insegura de su posición, y de que se le 
había buscado sólo como instrumento para favorecer los 
intereses del clero, estuvo en esa cuestión de acuerdo con 
Bazaine, por lo que ratificó las leyes de nacionalización de 
los bienes de la Iglesia, manifestando que deseaba seguir una 
política conciliatoria. El arzobispo y los siete obispos que lo 
ayudaban en esa campaña reaccionaria, amenazaron con ex- 
comunión mayor a los que cooperaran en la aludida "expo- 
liación", diciendo sin ambages que la Iglesia, a la que debía 
su corona el Emperador, había sufrido una gran decepción, 
pues si se reconocía la validez de la enagenación de los bienes 
de la Iglesia, de nada serviría la intervención del Emperador , 
quien había sido llamado por ellos para derogar las leyes de 
Juárez, no para ratificarlas y ejecutarlas (Portes Gil, Ib. 
p. 110-114; Sender, El problema religioso en Méjico, 
p. 176). 

4' Maximiliano primeramente visitó en Roma a Pío IX y 
luego se embarcó para América, llegando a Veracruz el 29 
de mayo de 1864, y a la ciudad de Méjico el 12 de junio 
siguiente. Poco después, el Papa le envió al nuncio Meglia, 
quien arribó a Méjico el 7 de diciembre de dicho año. En 
carta del 27 del mismo mes, la emperatriz Carlota, esposa 
de Maximiliano, escribiéndole a la emperatriz Eugenia, 
esposa de Napoleón III, le expresaba: "Acabó por decirme 
el Nuncio que era el clero el que había hecho el imperio". 

5' Maximihano propuso al Nuncio un esbozo de concor- 
dato en el que se contemplaba la tolerancia para los cultos 
cristianos no católicos, el derecho de patronato para sí y 
sus sucesores, que la Iglesia cediera al Gobierno mejicano los 
derechos con que se consideraba asistida respecto de los bie- 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



73 



nes eclesiásticos que se declararon nacionales durante la Re- 
pública, etc.; pero el Nuncio, después de conferenciar con 
el alto clero, le contestó que no podía ocuparse "de los pun- 
tos propuestos por carecer de instrucciones, pues las que te- 
nía se reducían a aceptar la derogación en principio de todas 
las leyes de reforma, la nulidad de las enagenaciones de bienes 
eclesiásticos, devolución de éstos a la Iglesia e indemniza- 
ciones por lo perdido". Comentando esta respuesta, dice el 
escritor Ramón J. Sender: ""£/ imperio había sido creado por 
la Iglesia; pero al observar que constituía un poder incom- 
patible con los planes del alto clero, lo desautoriza y acaba 
por destruirlo, jugando con la independencia mejicana sin 
escrúpulos" (Ib. p. 130). 

De los hechos expuestos, resulta con luz meridiana, que 
la implantación de un Imperio en Méjico, así como la inter- 
vención del extranjero usurpador en los destinos de ese país, 
que obligó al pueblo mejicano a seguir una cruenta guerra 
de cinco años, o sea, una segunda guerra de independencia, 
— que terminó con el fusilamiento de Maximiliano y de los 
generales Miramón y Mejía el 19 de junio de 1867-t— , fueron 
sucesos inspirados directamente por Pío IX, o, a lo menos, 
realizados con su consentimiento y con su plena aprobación. 
Pero esto no debe sorprendernos, porque la Iglesia católica, 
que es una institución antidemocrática, siempre ha estado de 
parte de las monarquías absolutas y de los poderes despóti- 
cos, pues siendo una entidad internacional, ha encontrado su 
principal sostén en tales regímenes de fuerza. Si el clero ca- 
tólico apoya actualmente en América las repúblicas demo- 
cráticas, es porque los tiempos han cambiado, y hov encuen- 
tra ventajas en esta nueva orientación de su política; pero 
recuérdese que los pueblos hispanoamericanos para conquis- 
tar su independencia, contaron con la más enconada oposi- 
ción del clero romano. Cierto es que algunos miembros del 
bajo clero regular y secular acompañaron o contribuyeron 
a promover el movimiento de insurrección contra el opresor 
gobierno colonial: pero en cambio, la ca'"i totalidad de él, 
y sobre todo el alto clero americano, estuvieron, lo mismo 
que el francés antes de 1789, del lado del despotismo. 



74 



CELEDONIO NIN Y SELVA 



Si Méjico contó con patriotas como el cura de Carácuaro, 
José María Morelos, quien convocó el Congreso del Anahuac 
que proclamó la independencia de su patria, y fue fusilado 
en 1815, o como su antecesor el cura de Dolores, Miguel Hi- 
dalgo (1753-1811), que dió en 1 8 1 0 el grito de rebelión con- 
tra España, no es menos cierto que esa obra emancipadora 
fue condenada incesantemente por la iglesia católica, y asi 
"el Santo Oficio publicó un edicto excomulgando a Hidalgo 
por sedición, cisma y herejia; obispos e inquisidores lanzaban 
a diestra y siniestra las excomuniones, y desde los púlpitos y 
en las intrigas religiosas se apoyaba al partido realista". El 
obispo de Michoacán, Manuel Abad y Queipo, en edicto que 
publicó en setiembre 24 de 1810 contra el citado cura Hi- 
dalgo y contra los capitanes del regimiento de la Reina, Ig- 
nacio Allende, Juan de Aldama y José María Abasólo, jefes 
todos del movimiento libertador, decía: "Usando de la auto- 
ridad que ejerzo como obispo electo y gobernador de esta 
Mitra, declaro que el referido don Miguel Hidalgo, cura de 
Dolores, y sus secuaces, los tres citados capitanes, sacrilegos, 
perjuros y que han incurrido en excomunión mayor del ca- 
non: siquis suadente diábolo, por haber atentado contra la 
persona y libertad del sacristán de Dolores, del cura de Cha- 
macuero y de varios religiosos del convento del Carmen de 
Celaya, aprisionándolos y manteniéndolos arrestados. Los 
declaro excomulgados vitandos, prohibiendo como prohibo 
el que ninguno les dé socorro, auxilio y favor, bajo pena de 
excomunión mayor ipso fado incurrenda, sirviendo de mo- 
nición este edicto, en que desde ahora para entonces declaro 
incursos a los contraventores. Asimismo exhorto y requiero 
a la porción del pueblo que trae seducida, con títulos de 
soldados y compañeros de armas, que se restituyan a sus ho- 
gares y lo desamparen dentro del tercer día inmediato al que 
tuvieren noticias de este edicto, bajo la misma pena de exco- 
munión mayor, en que desde ahora para entonces los declaro 
incursos, y a todos que voluntariamente se alistaren en sus 
banderas o que de cualquier modo le dieren favor y auxi- 
lio". El arzobispo de Méjico, Dr. Francisco Javier de Lizama 
y Beaumont, 17 días después, dictaba otro edicto semejante 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



75 



declarando válida y legítima la citada excomunión decreta- 
da por el obispo de Michoacán; los frailes del Colegio Apos- 
tólico de Pacuaca dictaron un oficio en que propusieron al 
Virrey enviar religiosos de su comunidad a persuadir a los 
pueblos de que no debían abrazar la causa de la indepen- 
dencia; el 27 de octubre de 1810, en la ciudad de Puebla, 
el clero manifestaba su adhesión a la causa del Rey en acta 
memorable, y por último, el 28 de marzo de 1811, el Cabil- 
do Metropolitano de Méjico exhortaba al clero de su diócesis 
para que continuara adicto a la causa del Rey" (Portes 
Gil, Ib. págs. 75-78). 

Estos ataques a los patriotas que se insurreccionaron con- 
tra el gobierno español en Méjico, se produjeron más o me- 
nos en la misma forma en casi todas las capitales de las actua- 
les Repúblicas hispanoamericanas, de modo que cuando ve- 
mos hoy a los individuos del clero católico prodigarse en 
cuanta función patria se presenta, o apresurarse a formar 
parte de cuanta asociación patriótica se funda, tenemos que 
inducir lógicamente que proceden así o bien por móviles 
proselitistas para pescar incautos que desconocen la historia 
de su país, o bien que obran arrepentidos, tratando de sub- 
sanar con su actual fervor patriótico los crímenes de lesa- 
patria cometidos por los clérigos, sus antecesores, en la época 
de la independencia nacional. 

El Syllabus y su influencia política. — £1 mismo año 
en que Maximiliano, designado emperador de Méjico, arribó 
a ese país, Pío IX lanzó su célebre desafío a la moderna 
civilización, publicando su encíclica Quanta cura, comple- 
tada por el Syllabus o "resumen de los principales errores de 
nuestro tiempo" (8 de diciembre de 1864), que a la vez 
de profesión de fe de una arcaica institución medioeval, era 
un disimulado ataque contra Napoleón III, quien habién- 
dose enagenado las simpatías de todas las grandes potencias 
por su política desacertada, había buscado congraciarse con 
el rey de Italia, Víctor Manuel, con el que celebró la con- 
vención del 15 de setiembre de 1864. Por dicha convención 
se comprometía Napoleón III a retirar sus fuerzas de Roma 



76 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



en un plazo de dos años, y por su parte Víctor Manuel con- 
traía el compromiso de no atacar los territorios que le queda- 
ban al Papa. Pero éste que se daba cuenta que sin el apoyo 
de las tropas fr:!ncesas, quedaba a merced del rey de Italia, 
que no cesaba de reclamar su capital, Roma, se irritó sobre- 
manera al conocer la aludida convención, y entonces para 
aumentar las dificultades que se le presentaban a Napo- 
león III, — que pretendía mantener las ideas de la Revolu- 
ción de 1789 con la cual c^taba relacionada la fortuna del 
primer Bonaparte — , publicó la encíclica de la referencia en 
que se anatematizan todas las libertades proclamadas en aquel 
magno movimiento revolucionario. 

La encíclica Quanta cura está redactada en un lenguaje 
violento, como se ve por las siguientes frases de ella: "No 
tienen vergüenza de profesar abierta y públicamente los 
axiomas y principios de los herejes . . . No podemos silenciar 
la audacia de los que no tolerando la sana doctrina ... En 
medio de esta perversidad de opiniones depravadas . . . hemos 
creído deber elevar nuevamente nuestra voz. En consecuen- 
cia, reprobamos por nuestra autoridad apostólica, proscri- 
bimos, condenamos, queremos y ordenamos que todos los 
hijos de la Iglesia católica tengan por reprobadas, proscritas 
y condenadas todas y cada una de las malas opiniones y doc- 
trinas señaladas detalladamente en las presentes Cartas. Ade- 
más de esto, sabéis muy bien, venerables hermanos, que los 
adversarios de toda verdad y de toda justicia, que los ene- 
migos encarnizados de nuestra santa religión, por medio de 
libros envenenados, de folletos y de diarios difundidos en 
los cuatro rincones del mundo, engañan hoy a los pueblos, 
mienten a sabiendas y diseminan toda clase de doctrinas im- 
pías". Por esta transcrioción se dará cuenta el lector del 
virulento estilo de Pío IX, a quien el más suave calificativo 
que por tales desbordamientos se le podría aplicar, sería el 
de deslenguado. 

El Syllabus contiene ochenta oroposiciones, divididas en 
diez parágrafo", que, según P'o IX. exnres?n errores conde- 
nados ya anteriormente por él en distintos documentos pon- 
tificios que había publicado. No pudiendo transcribir todas 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



77 



estas proposiciones, exponemos a continuación el siguiente 
fiel resumen de ellas, que formula el historiador Dibour: 
"Por ese manifiesto condena el Papa no sólo los derechos de 
la conciencia, de la filosofía y de la ciencia, sino también los 
principios más elementales del derecho público que procla- 
mó la Francia de 1789 y que la mayor parte de Europa ha 
concluido por adoptar, a ejemplo suyo. Declara que la Igle- 
sia es una sociedad perfecta, independiente en derecho, por 
todos conceptos, de la autoridad temporal, siendo superior al 
Estado y perteneciéndole exclusivamente el derecho de diri- 
gir la educación; reprueba la doctrina de la soberanía na- 
cional y del sufragio universal; no admite la libertad de los 
cultos no católicos, ni la de prensa, ni la de palabra; rei- 
vindica para la Iglesia el poder coercitivo; reclama para la 
autoridad eclesiástica, en caso de conflicto con la autoridad 
civil, los derechos que los gobiernos modernos sólo recono- 
cen a ésta última; quiere que aquélla tenga el derecho de 
inmiscuirse en la legislación civil, por ejemplo, para quitar 
de ésta todo lo que pueda ser favorable a los protestantes y 
a los judíos; condena el matrimonio civil; y concluye repro- 
bando esta última proposición: el pontífice romano puede 
y debe reconciliarse y transigir con el progreso, el libera- 
lismo y la civilización moderna". "Explosión final y dramá- 
tica del furor sacerdotal reducido a la impotencia, según 
expresa el ex- senador francés A. Delpech; suprema y sor- 
prendente manifestación de ese imperio cuyo fin poco glo- 
rioso marca el comienzo de una era nueva". 

Basándose en la doctrina expuesta en la citada encícKca 
Quanta cura y en el Syllabus, documentos en los que se 
sostiene que el poder civil debe ser subordinado a la auto- 
ridad de la Iglesia y se censura la libertad de conciencia, 
calificándola de delirio o afirmación temeraria de acuerdo 
con lo manifestado por Gregorio XVI en su encíclica Mira- 
ri vos, un profesor de cierta universidad católica de Bélgica 
se atrevió a atacar públicamente la libertad de conciencia y 
la de prensa, designándolas con la expresión de libertad del 
error, y por ese atrevimiento fue fehcitado por Pío IX, 
quien le dirigió una carta en la que le decía: "Vluguiese a 



78 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



Dios que esas verdades fueran comprendidas por aquellos 
que se jactan de ser católicos y sin embargo obstinadamente 
son partidarios de la libertad de prensa y de otras libertades 
de la misma índole, decretadas al final del siglo último por 
los revolucionarios, y constantemente reprobadas por la 
Iglesia". 

Los preceptos retrógrados del Syllabiis influyeron desas- 
trosamente sobre el clero, que, en general, se volvió más 
agresivo que antes contra el poder civil y más intolerante 
contra las personas que no participaban de sus ideas, por lo 
que no es extraño que Víctor Manuel y Napoleón III prohi- 
bieran la publicación de tan anacrónico documento en sus 
respectivos países. En Bélgica, los obi«:Dos. siguiendo la noU- 
tica pontificia, combatieron en las elecciones a todo candi- 
dato liberal, así como arreciaron sus ataques contra la es- 
cuela laica, contra el matrimonio civil y contra la secula- 
rización de los cementerios, de los que pretendían continuar 
siendo dueños. Obispo hubo, como el de Namur, que prohi- 
bía la administración de los sacramentos a los que fueran 
miembros de alguna sociedad liberal. En general, el clero 
recomendaba a sus fieles la lectura de los diarios ultramonta- 
nos que fustigaban al Gobierno, porque éste "abandonaba 
los intereses de la fe". Esa política clerical influyó para que 
los liberales se agruparan en ima Pederanón de a^r>^i^^ir>^t>s 
liberales para combatir el clericalismo, el que empleaba los 
más repudiables medios a fin de obtener el triunío. La in- 
vestigación realizada con motivo de las elecciones de 1876, 
según expresa el historiador A. Metín, "reveló los hechos de 
presión ejercida por los sacerdotes, la inscripción de falsos 
electores en las listas con la complicidad del clero, por lo 
que aquella Federación reclamó la reforma para garantir la 
sinceridad del escrutinio". 

La publicación del S'^iUht'^. nsí como seis años más tsr^e 
la proclamación de la infalibilidad papal, tuvieron notables 
repercusiones no sólo en Bélgica, según hemos visto, sino 
también en otros países, como Alemania, Austria y Suiza. 
Era repercusión tuvo un doble carácter: religioso y político; 
en su faz religiosa, originó el movimiento cismático del 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



79 



Viejo Catolicismo, o adversarios del nuevo dogma de la infa- 
libilidad, movimiento que ha perdido gran parte de su im- 
portancia, pues antes de la guerra mundial de 1914 contaba 
en Alemania sólo con unos 30.000 adherentes y 63 sacerdo- 
tes, distribuidos en un centenar de parroquias; y en su faz 
política provocó la reacción del poder civil contra los des- 
plantes de una institución secular como la iglesia católica, 
que parece nada hubiera aprendido de las enseñanzas de la 
historia. 

Dicha reacción adquirió forma violenta en Alemania, 
donde tomó el nombre de Kulturkampf , o sea, lucha por 
la cultura o combate por la civilización. En una circular del 
14 de mayo de 1872, decía Bismarck: "Las resoluciones del 
concilio del Vaticano han hecho de los obispos los instrumen- 
tos del Papa, los órganos irresponsables de un soberano, que 
en virtud de la infalibilidad, dispone de un poder más com- 
pletamente absoluto que ningún monarca del mundo". Pío 
IX vino a acelerar el conflicto con el Gobierno alemán, por su 
carácter rencoroso, que lo llevó a tomar represalias contra los 
prelados que en el concilio del Vaticano se habían mostrado 
adversarios de la infalibilidad pontificia. En efecto, Bismarck 
a pesar de su espíritu avasallador, trató de negociar con la 
Iglesia, y con tal objeto envió a Roma al cardenal de Hohen- 
lohe, uno de los opositores a aquel dogma; pero Pío IX se 
negó a recibirlo. Entonces Bismarck pronunció su célebre 
frase: "No iremos a Canosa", y con la cooperación de su 
Ministro de Cultos, Falk, dictó varios decretos entre los cua- 
les se contaban: el que prohibía a los miembros de las con- 
gregaciones religiosas el ejercicio del magisterio; el que orde- 
naba expulsar del territorio alemán a los jesuítas y a otras 
congregaciones afines, como las de los redentoristas, lazaris- 
tas, etc.; y el que suprimía la embajada ante el Vaticano. 

En mayo de 1873 hizo votar algunas leyes tendientes a su- 
bordinar la Iglesia al Estado, como la que restringía el poder 
disciplinario de los obispos, prohibiendo al mismo tiempo 
que desempeñaran funciones eclesiásticas los jóvenes que no 
hubieran obtenido el título de bachiller y estudiado por lo 
menos tres años en alguna universidad alemana, y ordenan- 



CELEDONIO NIÑ Y SILVA 

80 

do fueran cerradas las escuelas secundarias eclesiásticas y co- 
locados los seminarios bajo la vigilancia de la autoridad, de- 
clarándose a la vez que serian confiscadas las rentas de los 
que no acataran tales disposiciones. Éstas levantaron gran 
resistencia y provocaron la más encarnizada oposición de los 
obispos, a quienes les dirigió Pió IX un breve exhortándolos 
a persistir en su campaña opositora, declarando nulas dichas 
leyes, y excomulgando a todos los que aceptaran funciones 
eclesiásticas de la autoridad civil. El Gobierno alemán decre- 
tó entonces el matrimonio civil obligatorio y el Registro de 
Estado Civil a cargo de funcionarios públicos, y exigió a 
los obispos que prestaran un nuevo juramento de fidelidad, 
y como muchos no lo prestaron y arreciara la oposición 
clerical, fueron destituidos o desterrados gran número de 
prelados y sacerdotes, así como fueron expulsadas las con- 
gregaciones que no se ocupaban en la asistencia de los en- 
fermos, eliminándose del presupuesto nacional las subven- 
ciones a los eclesiásticos. Esas medidas coercitivas, que el 
clericalismo denominó "persecución diocleciana", estaban 
muy lejos de adquirir los rigores de los actuales campos de 
concentración de Hitler, que, sin embargo, no han susci- 
tado airadas protestas del pontífice Pío XII. De resultas de 
dicha lucha, cuando murió Pío IX, la mayor parte de las 
diócesis de Alemania carecían de obispos, y seiscientas parro- 
quias no tenían curas. 

El catolicismo en Suiza durante el siglo XIX hasta 
el fin del pontificado de Pío IX. — Después del congreso 
de Viena, de 1815, que consagró el triunfo del absolutismo, 
las instituciones de Suiza se desenvolvieron en un sentido re- 
trógrado hasta 1830, como en todos los países europeos. Fué 
ese el periódo en que domina la aristocracia, periodo feliz 
para la iglesia católica, que se encontraba así en su elemento 
reaccionario, y pudo crear allí gran número de conventos, 
y hasta en algunos cantones católicos, a pesar de las prohi- 
biciones legales, logró que hicieran su aparición los jesuítas, 
manzana de discordia en todos los puntos donde conseguían 
establecerse. De 1830 a 1840 predomina la burguesía, cuyo 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



81 



espíritu liberal había ido afirmándose, desde su despertar en 
1820, constituyendo un partido que reclamaba reformas 
democráticas y, entre otras, la modificación del pacto fede- 
ral del 7 de agosto de 1815, según el cual Suiza no era un 
verdadero Estado, sino una unión de países soberanos, enca- 
bezada por una Dieta federal que se reunía durante un mes 
al año, y cuyos miembros tenían más el carácter de emba- 
jadores de sus respectivos cantones que de diputados de éstos. 

La iglesia católica, antidemocrática como siempre, mani- 
festó su hostilidad a todas las reformas políticas proyecta- 
das, y cuando a partir de 1841, triunfó en la nación el libe- 
ralismo radical, que, en el cantón de Argovia suprimió los 
conventos y nacionalizó sus bienes, los siete cantones cató- 
licos existentes formaron una liga subversiva, llamada Soti- 
derbund, con el fin de repeler por la fuerza tales innova- 
ciones. Sus dirigentes, como guante de desafío al partido li- 
beral democrático, llamaron a Lucerna a los jesuítas, que ya 
se habían instalado en Valais, Friburgo y Schwytz, lo que 
produjo una serie de incidentes sangrientos en aquel cantón, 
hasta que en 1 847, la Dieta federal ordenó la disolución del 
Sonderbund, la expulsión de los jesuítas y declaró resuelta la 
cuestión de los conventos de Argovia. El Sonderbund, apo- 
yado por Metternich, que le envió municiones y dinero, de- 
claró entonces la guerra a la Suiza liberal; pero el ejército 
federal al mando del general Dufour, antiguo capitán de 
Napoleón, en 45 días terminó aquella lucha, quedando so- 
metidos los cantones católicos y disuelta su aludida malhada- 
da alianza. Al año siguiente se promulgó la nueva Constitu- 
ción que le ha dado a Suiza el carácter de verdadero Estado 
federal. Por esa Constitución de 1848 se suprimieron las 
antiguas garantías concedidas a los conventos, se expulsó la 
orden de los jesuítas, y se prohibieron las capitulaciones mi- 
litares con el extranjero, es decir, el derecho que tenían otros 
países de levantar cuerpos de ejército en Suiza. Poco después 
y a pesar de la oposición de los obispos católicos, la Asamblea 
federal aprobó la ley que acuerda validez a los matrimonios 
mixtos. 

Habiendo sido vencido el Sonderbund, que contaba con 



CELEDONIO NIN Y SILVA 

todas las simpatías de Pío IX, éste hizo todo lo posible por 
obtener la reapertura de conventos y nuevamente la entrada 
de los jesuítas en Suiza; pero sus esfuerzos resultaron esté- 
riles. Cuando el concilio del Vaticano decretó en 1870 la 
infalibilidad papal, volvieron a manifestarse en Suiza las an- 
tiguas pretensiones de predominio de la iglesia católica a ex- 
pensas del poder civil, lo que originó un movimiento de 
Kultiirkampfy análogo al de Alemania, del que ya hemos 
hablado. Se entabló una viva lucha con el clero ultramon- 
tano, que trajo como consecuencia en 1873, la deposición 
del obispo Lachat de Basilea, el destierro del obispo Mermi- 
llod de Ginebra, y la promulgación de nuevas leyes eclesiás- 
ticas que disponían que los curas fueran nombrados por las 
parroquias, a la vez que favorecían a los "viejos católicos" 
en detrimento de los católicos romanos. 

Pío IX publicó una encíclica condenando todas esas dis- 
posiciones, y entonces el Consejo federal, a principios de 
1874, entregó sus pasaportes al nuncio Agnozzi, quedando 
así rotas las relaciones de Suiza con la Santa Sede. A raíz de 
estos sucesos, se modificó la Constitución de 1848 en el sen- 
tido de administración más centralizada, democracia más 
directa, socialismo de Estado bastante aéentuado y tenden- 
cia mayor al laicismo. Así, según la nueva Constitución de 
1874, se confirió el Registro del Estado Civil a la autoridad 
pública; se secularizaron los cementerios; se estableció que 
la instrucción primaria en las escuelas públicas fuera obliga- 
toria, gratuita y laica; y se dispuso: por el art. 50 que "no 
puede erigirse obispado en territorio suizo sin venia de la 
Confederación" ; por el art. 5 1 , que "la orden de los jesuítas 
y las sociedades a ella afiliadas no pueden ser admitidas en 
ninguna parte de Suiza, siendo prohibida a sus miembros 
toda acción en la iglesia y en la escuela, interdicción que 
también puede extenderse, por simple decreto federal, a 
otras órdenes religiosas cuya acción sea peligrosa para el Es- 
tado o perturbe la paz entre las distintas iglesias"; y por el 
art. 52, "se prohibe fundar nuevos conventos u órdenes 
religiosas y restablecer los que han sido suprimidos". 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



83 



Política de Pío IX después del concilio del Voti- 
cono. — En la católica Austria, la proclamación del dogma 
de la infalibilidad papal motivó la anulación del concordato 
de 1855, medida que tomó el Gobierno, según sus manifesta- 
ciones, por la razón de que un jefe de Estado declarado in- 
falible ya no puede ser obligado por las estipulaciones de 
un contrato. 

En Italia, después del 20 de setiembre de 1870, la poli- 
tica de Pío IX fue de intransigente oposición contra el Go- 
bierno de Víctor Manuel, a perar de que el 2 de octubre 
siguiente, un plebiscito sancionaba la efectuada anexión de 
Roma y de las provincias romanas. El Gobierno italiano se 
mostró tolerante, tratando de evitar una lucha religiosa, para 
lo cual hizo votar la ley de garantías (mayo 13 de 1871) 
que daba al Papa las seguridades máximas para que pudiera 
ejercer libremente su poder espiritual. Por dicha ley se acor- 
daba a su perrona la misma inviolabilidad que al Rey; se le 
concedía el goce del Vaticano, de Latrán y demás palacios 
pontificios; se garantía la libertad de los cónclaves y de los 
concilios; se le otorgaba libre comunicación postal y tele- 
gráfica con todos los católicos, y el derecho de recibir re- 
presentantes de los demás Estados, investidos de todas las 
inmunidades diplomáticas; renunciaba el Estado al derecho 
de patronato, y fijaba a favor de la Corte pontificial una 
asignación de 3.225.000 francos por año. Los buenos propó- 
sitos gubernamentales quedaron desvirtuados por la tazudez 
de Pío IX, quien calificó la obra parlamentaria de "impía, 
absurda y de delirio", y protestó en su encíclica del 1 5 de 
mayo siguiente contra todos esos favores que se le acorda- 
ban. En consecuencia, se declaró prisionero en el Vaticano 
— declaración que influyó para que los Cándidos católicos de 
todo el mundo hicieran afluir sus ofrendas a Roma en soco- 
rro de aquel desvalido aprisionado — , rehusó entrar en rela- 
ciones con las autoridades civiles, y prohibió a los católicos 
italianos intervenir en las elecciones que se efectuaran en 
su país. Esto indujo a las Cámaras italianas para que, com- 
plementando la ya decretada separación de la lelesia y el 
Estado, votaran posteriormente la supresión de las Facultades 



84 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



de Teología y extendieran a las provincias romanas la supre- 
sión de las congregaciones religiosas y la desamortización de 
sus bienes. Tal fue la política suicida que con este reino siguió 
Pío IX, posponiendo a sus deberes espirituales, su interés de 
provocar un movimiento de opinión para recuperar sus per- 
didos Estados pontificios: fiel reproducción del caso de 
Pío VI, quien, como sabemos, se mostró intransigente con 
Francia y agitó cielo y tierra, para que se le devolviera el 
condado de Aviñón. 

En Francia, después de la caída de Napoleón III, Pío IX 
fomentó el movimiento monárquico, en contra de los demó- 
cratas que lograron hacer aprobar las leyes constitucionales 
de 1875 y establecer así la Tercer RepúbKca. Fueron los 
clericales los que provocaron la caída de Thiers y elevaron 
a la presidencia al mariscal Mac-Mahón, como paso previo 
para la restauración monárquica. Casi todos los miembros 
del primer ministerio del duque de Broglie, según ellos mis- 
mos manifestaban, eran esencialmente católicos, que busca- 
ban el triunfo de la Iglesia a la par que la implantación 
de la monarquía. Uno de los primeros actos de la Asamblea, 
luego de elegido Mac-Mahón, fue votar una ley que auto- 
rizaba las expropiaciones necesarias para construir en Mont- 
martre (París) la Iglesia del Sagrado Corazón, cuya ejecu- 
ción, según decían, se hacía en cumplimiento de un voto 
de Ignacio de Loyola, fundador de la orden de los jesuítas. 
En las frecuentes peregrinaciones que se efectuaban, y a las 
que no faltaban los diputados de la Derecha, se cantaba: 
'^Salvad a Roma y a Francia, en nombre del Sagrado Cora- 
zón". Salvar a Francia era devolverle el sistema realista; 
salvar a Roma, restaurar el poder temporal del papado. Era 
tal la preeminencia clerical de la época, que el prefecto del 
Ródano había ordenado que los entierros civiles se realizaran 
en las primeras horas del día, debiendo seguir por las calles 
menos frecuentadas. El 23 de noviembre de 1876, el piquete 
de honor que asistía a las honras fúnebres del músico Feli- 
ciano David, se retiró, porque esas exequias eran civiles, lo 
que motivó pocos días después, que la Cámara solicitara del 
Gobierno el respeto de la libertad de conciencia y de culto. 



Pío vil 




í 

L 



Pío IX 




León XIII 




El General Venancio Flores asesinado, según cuadro^dei pimor Juan M. Biaoea 



HISTORIA POLITICA DE LOS PAPAS 



85 



Los monárquicos, legitimistas y orleanistas, habían elegido 
al conde Chambord, nieto de Carlos X, como futuro rey 
de Francia, y si no llegó a serlo, fue por su tenaz oposición 
a aceptar la bandera tricolor de la Revolución Francesa, 
pues quería reponer la bandera blanca de la antigua monar- 
quía. El obispo de Poitiers decía: "La bandera tricolor es 
irremediablemente revolucionaria, significa la soberanía po- 
pular o carece de significado". El conde de Chambord con- 
sultó a Pío IX sobre su decisión de no transigir con la 
bandera tricolor, y el Papa lo felicitó por no querer sacri- 
ficar en nada su honor. Votadas las leyes constitucionales 
de 1875, y efectuadas las nuevas elecciones, el sufragio 
universal dió a los republicanos una aplastadora mayoría. 
A pesar de que el Gobierno, por boca de su primer Minis- 
tro, Julio Simón, había declarado que no admitiría la inge- 
rencia del clero en los asuntos públicos, los ultramontanos 
no cesaron de obstaculizarlo, entre otros medios, con insis- 
tentes pedidos para que se le devolviera al Papa el poder 
temporal. Al discutirse en la Cámara esos pedidos, denunció 
Gambetta que "bajo la transparente máscara de cuestiones 
religiosas, existía la acción de un partido político que tra- 
taba de asaltar el poder". Fue en esa discusión que pronunció 
íu célebre frase, que es hoy tan verdadera como entonces: 
"Le clericalisme, voilá Vennem?*. 

Repercusión de lo política retrógrado de Pío IX en 
Ecuodor y el Uruguoy. — La política retrógrada de Pío 
EX también tuvo su lógica repercusión en los países cató- 
licos de América. Ya hemos hablado de su obra en Méjico; 
digamos, para concluir, algo de su influencia en el Ecuador 
Y en el Uruguay. En la república del Ecuador gobernó, 
de 1858 a 1875, Gabriel García Moreno, con los brevísimos 
paréntesis de los gobiernos de Jerónimo Carrión y Javier 
Espinosa, hechuras de él y a quienes elevó y derrocó a su 
antojo. Este gobernante, jefe del partido conservador, que 
desarrolló una política violenta e intolerante, calificado de 
"sanguinario" por la oposición, porque, según un historiador 
ecuatoriano, "su energía no se detuvo ante las influencias, 



86 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



el prestigio o el poder de las víctimas", era un místico, que 
leía diariamente la Imitación de Cristo, y que declaraba: 
"Soy católico y estoy orgulloso de serlo". Este fanático, que 
había escrito en 1851 un libro titulado "Defensa de los 
Jesuítas", y que cuando fue Presidente obligaba a todos los 
funcionarios públicos a asistir a misa y abolió toda libertad 
de conciencia, era por lo mismo para Pío IX el ideal de los 
gobernantes, y como tal lo propuso como modelo a los. de- 
más jefes de Estado (^). 

A su respecto escriben los historiadores Malet e Isaac: 
"Firmó el Concordato de 1861: el catolicismo, religión obli- 
gatoria del Estado; proscrita la libertad de cultos; la ins- 
trucción pública entregada a las Congregaciones, y todas las 
causas relativas a la fe, al culto y al matrimonio juzgadas 
por los tribunales eclesiásticos, tal fue el ideal ultramontano 
que realizó plenamente. El Ecuador es el único país donde 
se puede decir que el Syllabus haya tenido fuerza de ley . . . 
Durante su dictadura consagró su país al Sagrado Corazón 
de Jesús, y protestó contra la supresión del poder temporal 
del Papa, después de la entrada de los italianos en Roma, 
en 1870". Según el historiador francés A. Milhaud, García 
Moreno después de 1869, continuando su política clerical, 
protegió las misiones católicas y donó a Pío IX un millón 
(no sabemos si de francos o de sucres) tomado del erario 
público. A pesar de todo esto, su patrono, el Sagrado Cora- 
zón, no impidió que, siendo Presidente, los puñales de tres 
asesinos lo ultimaran el 6 de agosto de 1875, en su palacio de 
Quito, cuando tenía 54 años de edad. 

Pasemos al Uruguay. El Gobierno de Gabriel Antonio 
Pereyra se había visto obligado a decretar en 1859 la expul- 
sión de los jesuítas del territorio nacional (véanse las razones 
y demás detalles de esa medida en los Anales Históricos del 



(1) El caudillo falangista, general Franco, que domina actual- 
mente en España, acaba de ordenar (noviembre de 1941) que se 
cambie el nombre de una plaza española (creemos que en Madrid), 
por el de García Moreno, en honor del antiguo déspota clerical 
ecuatoriano. Nada comprueba mejor que este hécho. la similitud de 
ideas de los dictadores absolutistas de viejo cuño, con las que rei- 
nan en los gobiernos totalitarios, como el falangismo. 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



87 



Uruguay, por el Dr. Eduardo Acevedo, tomo II, págs. 762, 
763 ) . Poco después se produjo un incidente entre el Gobier- 
no y el nuncio o delegado apostólico en el Río de la Plata, 
Marini, con sede en Buenos Aires, por el ejercicio consti- 
tucional del patronato, con motivo de la provisión de Vica- 
rio, a causa del fallecimiento del anterior, José Benito Lamas. 
El Gobierno propuso para llenar esa vacante al Cura de la 
Matriz, Santiago Estrázulas Lamas, y Marini, en cambio, 
confirió el vicariato a Jacinto Vera, cura de Canelones. El 
Gobierno cedió, incluyendo a Vera en una terna que pre- 
sentó a Marini, quien eligió a su nombrado candidato, como 
él lo deseaba. 

Bajo la siguiente Presidencia de Bernardo P. Berro se pro- 
movieron nuevas incidencias con sacerdotes sostenidos por 
el Vicario Vera, pues tanto éste como aquéllos, de acuerdo 
con las ideas de Pío IX, querían hacer prevalecer la Iglesia 
sobre el Estado. Así, p. ej., el cura Madruga, de San José, 
se negó a permitir que en abril de 1861 se sepultara en el 
cementerio de la localidad, el cadáver del Dr. Enrique Ja- 
cobson, basándose en que éste era protestante y masón. 
Traído el cadáver a Montevideo, fue enterrado en el cemen- 
terio Central, sin consentimiento de la Iglesia; pero con 
permiso de la autoridad civil. El ex cura "mercachifle" de 
la Unión (^) , Victoriano Conde, que derempeñaba momen- 
táneamente el vicariato, presentó una nota al Ministro de 
Gobierno protestando porque "ha sido, decía, escandalosa- 
mente violado el cementerio público y católico, al inhu- 
marse en él, el cuerpo de un individuo que ha muerto fuera 
del gremio de la Iglesia", y pedía se procediera a la exhuma- 
ción del cadáver de Jacobson. El vicario Vera confirmó 
dicha nota, dictando además una resolución en la que se 
declaraba que mientras el cadáver de Jacobson no fuera 
desenterrado, el cementerio de Montevideo quedaría en 

(1) Véase en el suplemento ilustrado del diario "El Día", de 
Montevideo, de agosto 3 de 1941, el artículo titulado "Dos hombres 
y un santo" en el cual el autor, Dr. Luis Bonavita, que se oculta 
bajo el seudónimo de M. Ferdinand Pontac, bien documentado, pone 
de relieve que el cura Victoriano Conde se preocupaba ante todo 
de la faz comercial de su ministerio eclesiástico. 



88 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



entredicho, con prohibición a los curas párrocos de dar licen- 
cias de entierros, bajo las más severas penas eclesiásticas. 
Ante esta actitud, el Gobierno dictó un decreto que impor- 
taba la secularización de los cementerios, aun cuando para 
no romper con la Iglesia, disponía que la Junta Económico- 
Administrativa cuidaría de que hubiese en el cementerio 
un sacerdote, cuvos servicios fijaría un reglamento espe- 
cial 

Algunos meses más tarde, con motivo de haber destituida 
el vicario Vera al cura Brid, de la Matriz, sin previa consulta 
gubernativa, se renovó el conflicto, viéndose obligado el 
Gobierno a casar el exequátur del Vicario, en virtud de su 
desconocimiento del derecho de patronato que a aquél le 
correspondía. Vera desacató este decreto y hasta se atrevió 
a dirigir, con otros sacerdotes, una nota al Presidente de la 
República pidiendo la intervención de la autoridad contra 
la propaganda anticlerical de parte de la prensa. Pío IX, 
que estaba al tanto de la conducta del vicario Vera, de 
franca rebelión contra las obligaciones que le imponía el 
patronato, lo alentó a persistir en su actitud rebelde, pues 
el delegado apostólico Marini le comunicó a éste, a princi- 
pios de 1862, que "según despachos del cardenal Antonelli, 
el Papa aplaudía la firmeza con que había sostenido las 
Prerrogativas de la Iglesia". 

Tal era la política subversiva de Pío IX, aquí como en 
todas partes: pretendía que el Estado quedara subordinada 
a la Iglesia; trataba de hacer retrogradar las naciones cató- 
licas a la época medieval en que predominaba la autoridad 
eclesiástica sobre la civil. Como resultado de esa incitación 



(1) A pesar del aludido decreto sobre secularización de los ce- 
menterios, los curas párrocos de campaña continuaron considerán- 
dolos como campos santos anexos a la iglesia, según lo comprueba 
el siguiente hecho ocurrido durante el Gobierno del Dr. José E. 
EUauri, y que relata el Dr. Eduardo Acevedo, en su citada obra. 
Anales históricos del Urugiuiy: "En 1873, falleció en el Salto un 
masón, y el cura Salazar se negó a expedir la papeleta de entierro, 
alegando que se trataba de un impenitente. Después de tres días de 
infructuosas gestiones para obtener la papeleta, el pueblo se reimió' 
en la plaza y haciéndose justicia por sí mismo, desterró del Depar- 
tamento al promotor del conflicto" (Tomo III, p. 764). 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



89 



papal a persistir en su desacato, Vera continuó desobede- 
ciendo las órdenes gubernativas, hasta que el Gobierno, de 
acuerdo con la opinión de los jurisconsultos más eminentes 
del país consultados al respecto, desterró a Vera y a Conde, 
quienes se marcharon a Buenos Aires. 

Es digno de notarse que el general Venancio Flores, que 
se sublevó contra el Presidente Berro, tomó ese incidente 
religioso como programa de su acción revolucionaria, ha- 
ciendo poner una cruz roja y a veces, además, un corazón 
de tela colorada en fondo blanco (¿la imagen del Sagrado 
Corazón?) en las banderolas de las lanzas que usaba su caba- 
llería, por lo que el movimiento insurreccional tomó el nom- 
bre de ^'Cruzada Libertadora", y sabido es que la palabra 
Cruzada significa una expedición militar contra infieles. 
Corrobora el carácter religioso que pretendió dársele a esa 
revolución, el hecho de que el coronel brasileño Fidelis, que 
al frente de una división vino de su patria a plegarse a la 
causa de Flores, terminaba la proclama que lanzó al trans- 
poner nuestra frontera, con cuatro vivas, uno de los cuales 
era este: "¡Viva la religión católica!" Por supuesto que, a 
pesar de todo esto, no se trataba realmente de una guerra 
religiosa, pues tan católicos eran Berro como Flores, como 
sus respectivos partidarios, no habiendo hecho el primero 
otra cosa que defender los derechos que el patronato acor- 
daba al Estado contra las insostenibles pretensiones de la 
Iglesia católica. 

También merece mencionarse que apenas obtuvo Flores 
el triunfo, en abril de 1865, uno de sus primeros decretos 
fue destinado a autorizar el regreso de los jesuítas a nuestra 
República, y a permitir el libre funcionamiento de todas 
las congregaciones religiosas destinadas a la enseñanza C) . 
Tal adhesión al catolicismo provenía de la religiosidad per- 
sonal del general Flores, no compartida después por su par- 
tido, el que ha demostrado posteriormente sus ideas liberales, 



(1) E. AcEVEDo. Anales Históricos del Uruguay, t. III, págs. 4B, 
245-255. Recuérdese que el general Venancio Flores era de familia 
tan católica, que sus padres querían que hubiera sido sacerdote. 



CELEDONIO NIN Y SELVA 

90 

haciendo votar leyes como las del Registro de Estado Civil, 
de matrimonio civil obligatorio y de divorcio, y logrando 
implantar en la Constitución de 1918 la gran reforma de la 
separación de la Iglesia y el Estado, instituciones todas ardo- 
rosamente combatidas por el Vaticano y sus secuaces. 

Merece destacarse la forma trágica coincidente cómo ter- 
minaron sus vidas los dos citados dictadores sudamericanos, 
paladines del catolicismo, pues el general Venancio Flores 
fué ultimado a puñaladas en Montevideo, el año 1868, a des- 
pecho de la cruz y del corazón rojo de las banderolas de 
sus lanzas, como lo fué siete años después, en Quito, su 
colega García Moreno, según lo hemos expuesto anterior- 
mente. 

Las enconadas pasiones políticas en el Ecuador y en eí 
Uruguay tuvieron más prepotencia que 1? de los santos pa- 
tronos celestiales de los gobernantes de ambos paires. Recuér- 
dese finalmente que el cadáver del general Flores fué sepul- 
tado en la Iglesia Matriz, hoy Metropolitana de Montevideo, 
favor que sólo ha sido acordado a los restos de muy conta- 
dos Presidentes uruguayos. 

Lo autocracia de Pío IX y el fracaso de su política^ 

— Con los ejemplos citados se ve, pues, que a todas las na- 
ciones católicas alcanzó la funesta influencia de la política 
de Pío IX, el papa ultra retrógrado, el verdadero y fiel repre- 
sentante de la Iglesia católica, la que habiendo comenzado 
rigiéndose por principios democráticos en su organización 
y en la designación de sus autoridades dirigentes, concluyó 
quedando a merced del Jefe despótico que le impuso el cón- 
clave de sus más altos jerarcas, autocracia que en la persona 
de Pío IX llegó al máximo del absolutismo, pues éste pro- 
mulgó por su voluntad, sin intervención de concilio alguno, 
un dogma como el de la Inmaculada Concepción (8 de 
diciembre de 1854), haciendo más tarde proclamar su infa- 
libilidad por el concilio del Vaticano, "ridicula satisfacción, 
como dice Delpech, dada a esa moribunda majestad". 

Escribiendo sobre el pontificado de Pío IX, dice el escri- 
tor católico Mauricio Pernot: "Cuando se efectuó la expedí- 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



91 



ción mejicana (de Maximiliano), parecía haberse realizado 
el sueño largo tiempo acariciado de un nuevo imperio cató- 
lico. Doloroso fué el despertar, y la reacción de 1870 dejó 
al Papa debilitado, desamparado, sin recursos; pero no sin 
esperanzas. Pío IX había perdido sus Estados y sus mejores 
aliados; pero, con la ambición de restablecer la fortuna de 
la Santa Sede, conservaba la necesidad de acción extraordi- 
naria, y vivísima inclinación por la política, junto con 
grandes ilusiones. El cardenal Antonelli, a quien no le pre- 
ocupaban las responsabilidades, puso dócilmente en ejecu- 
ción el programa de resistencia a todo trance y de violenta 
reacción que se había forjado su amo y señor, sin cálculo 
alguno y sin ninguna previsión. Ante las revoluciones y 
sus resultados, toma la Santa Sede una actitud de sorda opo- 
sición o de franca negación: acepta o busca la alianza de los 
carlistas en España y de los miguelistas en Portugal ; favorece 
en Francia los inciertos proyectos del Conde de Chambord 
y de sus partidarios. Se malquista con Rusia, por haber alen- 
tado en 1863 la insurrección polaca; se pone en pugna con 
Alemania, al dirigir abiertamente las empresas de los cató- 
licos y de los retrógrados, sin cuidarse de ordenarlas. En 
Francia, Bélgica y Suiza, la Iglesia entra en hostilidad decla- 
rada con el Gobierno. A la muerte de Pío IX el Vaticano 
sólo mantenía cordiales o pacíficas relaciones con la Amé- 
rica del Sur, España y Austria, aunque esta última potencia 
había denunciado el concordato a causa del dogma de la 
infalibilidad. Así que Pío IX había visto fracasar, una tras 
otra, todas sus combinaciones, desvanecerse todas sus espe- 
ranzas. La resistencia pasiva no le había dado más éxito que 
las alianzas secretas con los pretendientes o los conspirado- 
res y las imprudentes agresiones contra los Gobiernos esta- 
blecidos. Por doquiera salía la Iglesia disminuida en este 
período de mezquinas intrigas y de luchas estériles, que 
hubiera debido ser un período de espera y de recogimiento. 
No se había vuelto a encontrar el equilibrio perdido en 
1870" (Le Saint -Sié ge, l'Eglise catholiqtie et la poliiique 
mondiale, p. 9 y 10). 

Pío IX falleció el 7 de febrero de 1878, a la edad de 86 



CELEDONIO NIN Y SILVA 

años. Había dispuesto que se erigiera su sepulcro en la iglesia 
de San Lorenzo, en Roma, y de acuerdo con su voluntad 
fueron transportados allí sus restos en la noche del 12 al 13 
de julio de 1881, siendo atacados por el enconado populacho, 
que estuvo a punto de arrojarlos al Tíber C) • 



(1) Es curiosa la descripción de la entrada de Pío IX al cielo, 
según la refiere, al parecer como testigo ocular, un escritor católico 
en un librito "El Peregrino" publicado en Francia antes de 1881. He 
aquí ese relato, que tomamos de la obra de Paxjl Bert, Le Cléricalis- 
me, p. 86: "Pío IX entró al Paraíso inmediatamente después de su 
muerte, siendo allí recibido con excepcionales honores. La Virgen 
María, que le debe la solemne definición de su concepción inmacu- 
lada, lo obsequió personalmente con una corona, en recompensa de 
la que él le había adjudicado durante su paso por la tierra. Proba- 
blemente Santa Ana le hizo también algún otro precioso regalo, ya 
que ella no le debe menos agradecimiento, puesto que resultó puri- 
ficada del pecado original por el dogma de 1854; pero carecemos de 
informes al respecto. Por el contrario, es positivo que San José salió, 
al encuentro de Pío IX, le estrechó cordialmente la mano y le agra- 
deció que lo hubiera nombrado protector y patrono de la Iglesia. 
Se cantó un himno de bienvenida por los habitantes de la celeste 
morada, dando el tono San Pedro, soplando en su llave". Piénsese 
que todas estas tonterías fueron escritas seriamente y no para 
parvulillos, y se comprenderá cómo los dirigentes católicos, en nom- 
bre de la fe religiosa, están seguros de hacer comulgar a los fieles 
de su credo con ruedas de molino. 



CAPÍTULO SEXTO 



CAUSAS DEL DESARROLLO DEL CATOLICISMO 
EN EUROPA DURANTE EL SIGLO XIX 

El patronoto real y el josef ismo. — Antes de pasar al 
examen de la obra de León XIII, conviene que, dando un 
vistazo de conjunto sobre el camino que hemos recorrido 
en este estudio, es decir, sobre el siglo transcurrido desde 
el pontificado de Pío VI hasta el final del de Pío IX, inda- 
guemos cómo habiendo fracasado la política de este último 
Papa, que acarreó el desprestigio de la institución que repre- 
sentaba, se produjo, sin embargo, el resurgimiento del cato- 
licismo, como potencia moral, con la que los Gobiernos se 
ven en el caso de contar. 

Recordemos, primeramente, antes de abordar ese tema, 
que la iglesia católica al final del siglo xviii estaba minada 
por el racionalismo. De más de cien obispos de Francia, 
apenas una docena eran creyentes, siendo proverbio corrien- 
te que sólo un simple cura tenía el derecho de ser piadoso, 
y aun mismo siempre que no lo fuera demasiado. El catoli- 
cismo alemán se abría a las influencias de la cultura gene- 
ral, y ya no se mostraba intolerante, fanático y escolástico 
como en la época de la contra-reforma. El catolicismo esta- 
ba, pues, en decadencia, porque su base es el acatamiento 
ciego a las doctrinas tradicionales de la Iglesia y a sus prin- 
cipios esenciales: la intolerancia y el absolutismo. 



93 



94 



CELEDONIO NIN Y SELVA 



En materia política, desde el siglo xv, en que comenzó a 
formarse el Estado moderno, el papado fue perdiendo mu- 
chas de sus antiguas pretensiosas prerrogativas de dominio 
absoluto sobre el Poder público y tuvo que reconocer a éste 
determinados derechos llamados de patronato real o regalías 
de la corona. Por este medio, los gobernantes católicos, sin 
pretender apoderarse del gobierno de la Iglesia, buscaban 
impedir que ésta se extralimitara en el ejercicio de sus fun- 
ciones espirituales e invadiera el dominio de la autoridad 
civil, como lo había hecho en la Edad Media. Eros derechos 
fueron acordados en bulas pontificias o establecidos en con- 
cordatos. 

En España, el monarca, en ejercicio del patronato real, 
tenía la facultad de presentar o nombrar arzobispos, obis- 
pos, abades, y la de elegir eclesiásticos, en determinados meses 
del año, para el servicio de las dignidades, prebendas y bene- 
ficios vacantes. Efectuado el descubrimiento de América, 
los Pontífices expidieron bulas de motu propio, estableciendo 
a favor de la corona de Erpaña el patronato real de las Indias, 
ya que eran los monarcas españoles los que, por intermedio 
de sus subordinados, erigían y dotaban las nuevas iglesias y 
monasterios que se fundaban en suelo americano. Por eso, 
sin expresa licencia real, estaba prohibido erigir, instituir, 
fundar ni construir iglesia catedral ni parroquial, monas- 
terio, hospital, iglesia votiva ni otro lugar pío o religioso; 
y podían los reyes de España instituir cuantos obispados 
nuevos se les ocurriera, dividir, restringir, unir o suprimir 
los que creyeran necesarios, sin otra obUgación que la de dar 
cuenta al Papa de lo que quisieren innovar y de las causas 
que tuvieren para ello, debiendo la Santa Sede, sin más exa- 
men, expedir su bula de aprobación. 

El derecho de patronato no suponía, pues, oposición, sino 
más bien colaboración del Gobierno civil con la Iglesia, a 
la que se la consideraba como depositaría de la ley divina. 
Sin embargo, las nuevas ideas filosóficas habían influido 
para que el Estado cambiara su actitud respecto a la Iglesia, 
a la que ya no entendió proteger para que llenara su misión 
religiosa, sino que la juzgó como vm simple mecanismo de 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



95 



la organización gubernamental, como instrumento de cul- 
tura, de educación moral y sobre todo para disciplinar las 
masas populares. Un ejemplo de este nuevo espíritu que 
venía a modificar las tradicionales relaciones del Estado y 
la Iglesia, lo tenemos en la serie de medidas tomadas res- 
pecto a esta institución, en Austria, por el emperador Jo- 
sé II. Como hemos visto, este monarca, basándose en la razón 
de Estado, cambió los límites de las diócesis, suprimió cente- 
nas de conventos cuyos bienes empleó en mejorar la situa- 
ción de los curas, reemplazó los seminarios por facultades 
universitarias cuya enseñanza era más liberal, combatió con 
medidas rigurosas las formas inferiores de la piedad cató- 
lica, y dictó además otras providencias por el estilo, conven- 
cido de que, salvo en materia dogmática, el Estado tiene 
poder absoluto para actuar sobre la Iglesia, como organismo 
que le está subordinado. Esta política eclesiástica tomó de 
aquel emperador, el nombre de josefismo. Los que elabora- 
ron durante la Revolución Francesa la Constitución Civil 
del clero, no hicieron sino aplicar en Francia las ideas del 
josefismo. José II, en realidad, no había hecho otra cosa sino 
llevar a la práctica las ideas de Nicolás de Hontheim, obispo 
de la diócesis de Tréveris (Alemania), quien en 1763, y 
con el seudónimo de Justinus Febronius, había publicado 
una obra titulada Del estatuto de la iglesia y de la legítima 
potestad del pontífice romano, en la que combatía las pre- 
tensiones del papado, incitando a los soberanos a que con- 
cluyeran con las injustificadas usurpaciones de éste. Dicho 
libro tuvo enorme repercusión, fue traducido en casi todos 
los idiomas europeos, y sus doctrinas, a las que se denominó 
febronianismo, ejercieron gran influencia sobre la política 
eclesiástica de los gobiernos. 

Factores del resurgimiento del catolicismo en el 
siglo XIX. — La situación del papado a fines del siglo xviii 
era tan lamentable, que muchos creían que estaba destinado 
prontamente a desaparecer. Sin embargo, como adquirió nue- 
va y vigorosa vitalidad en el siglo xrx, veamos cuáles son 



96 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



algunos de los factores que influyeron en ese cambio tras- 
cendental. 

V La aristocracia y la rica burguesía francesas, en gene- 
ral volterianas alrededor del año 1789, se sintieron profun- 
damente conmovidas por las atrocidades de la época del 
Terror, y buscaron refugio en la Iglesia, institución secular 
conservadora, amiga de la tradición, y que se les presentaba 
como garantía del orden y de la inmutabilidad. 

2" El fracaso de la nueva iglesia constitucional nacida de 
la Revolución, unido a la tentativa revolucionaria de des- 
cristianización, despertaron en la masa popular creyente la 
conciencia de su antiguo catolicismo, vigorizada cuando el 
Papa se les apareció nimbado con la aureola del martirio, al 
ser desposeído del poder temporal y al mantenérsele prisio- 
nero o recluido. 

3- Napoleón, con su concordato de 1801, a la vez que 
ponía de relieve el importante papel que desempeña la reli- 
gión en la vida social, fortificó la autoridad del Pontífice, 
a quien identificó con el catolicismo. Como dice el escritor 
Gustavo Anrich: "Para este César, cuyo principio de go- 
bierno era la centralización absoluta, una Iglesia organizada 
no podía ser otra cosa que una monarquía absoluta gober- 
nada por un César espiritual". Por supuesto que la finalidad 
de Napoleón no era dar al Papa un poder absoluto sobre la 
iglesia francesa, que quería fuera una iglesia nacional bajo 
la dependencia del Gobierno; pero al recurrir a aquel jerarca 
para que sancionara la constitución religiosa que había pro- 
yectado, y al tratar con él de igual a igual, de potencia a 
potencia, venía a devolver al papado su antiguo prestigio y 
preparaba así el camino al ultramontanismo moderno. 

4^ La Revolución operó también un cambio en el reclu- 
tamiento del alto clero francés. Hasta entonces los obispos y 
arzobispos eran miembros de la nobleza, grandes señores liga- 
dos estrechamente a la corte real, vinculados a la política 
patria y animados del espíritu nacional; pero después de la 
nacionalización de los grandes feudos eclesiásticos, y cuando 
se - transformaron en funcionarios públicos salidos por lo 
general de las filas de la burguesía, remunerados mucho más 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



97 



modestamente que antes, estos nuevos dignatarios de la Igle- 
sia se sintieron más apegados a su jefe espiritual y más po- 
seídos de ardor religioso. 

5- El romanticismo, que tan extenso desarrollo tuvo en 
la primera mitad del siglo xix, al crear una Edad Media con- 
vencional, al extasiarse ante la antigua pintura religiosa, 
como ante el arte de las imponentes catedrales, forjó una 
nueva atmósfera espiritual, idealizando la idea de Iglesia, idea 
central del catolicismo, y olvidando o dejando de lado las 
crudas realidades de la historia. 

6'* La caída de Napoleón trajo consigo el período reaccio- 
nario de la Restauración, luego que en el Congreso de Viena 
sellaron la Saitía Alianza los soberanos de Rusia, Prusia y 
Austria, unión política y mística con la finalidad de com- 
batir los principios liberales sustentados por la Revolución, 
restablecer el pasado y restaurar la antigua sociedad. En ese 
afán de impedir el resurgimiento de las libertades proclama- 
das por la Revolución, los Gobiernos se solidarizaron con las 
Iglesias, para que sancionaran el principio de legitimidad 
como de derecho divino, y para que predicaran al pueblo la 
sumisión incondicional a las autoridades. "Legitimidad y 
autoridad" era la divisa de Metternich, que logró imponer 
en toda la Europa continental. Las naciones católicas apo- 
yaron, pues, decididamente al catolicismo animado de ese 
espíritu reaccionario, y cuya habilidad para dirigir y disci- 
plinar las masas les era conocida. Así que no le fue difícil 
al cardenal Consalvi obtener en el Congreso de Viena, que se 
le devolvieran a la Santa Sede los Estados Pontificios, lo mis- 
mo que se explica que fuera un interés político lo que movió 
a los gobiernos de Austria y de Francia a favorecer resuelta- 
mente a la Iglesia católica, preconizando la necesidad de la 
unión inconmovible del trono y del altar. La Iglesia se con- 
virtió, pues, de nuevo en una verdadera potencia de la cual 
era, en adelante, imposible prescindir, ya que al enseñar la 
sumisión a la ley religiosa tradicional, enseñaba la obedien- 
cia ciega a los príncipes, colocados por Dios para gobernar 
el mundo . 

El campeón del ultramontanismo moderno fue José de 



98 



CELEDONIO NIN Y SELVA 



Maistre, quien en su célebre libro "£/ Papa" (1819) consi- 
deraba a la Iglesia como encarnando el principio de auto- 
ridad, siendo la piedra angular de la misma, un pontífice 
infalible, cuya intervención en la política es indispensable 
para salvaguardar la paz europea. Lo más curioso de este 
resurgimiento del casi extinguido poderío de la Iglesia cató- 
lica, es que él se debió a causas políticas ajenas por completo 
a la misma Iglesia, y en el cual ella no tuvo intervención 
alguna, a no ser la indirecta del rertablecimiento de la Com- 
pañía de Jesús por Pío VII, orden que trabajó incansable- 
mente y por todos los medios, en pro del papado y de la 
infalibilidad papal. 

7' En el período siguiente hasta mitad del siglo xix, el 
neocatolicismo francés, o catolicismo liberal, aporta su con- 
curso para reafirmar el nuevo ultramontanismo. Según 
Lamennais, jefe y portavoz de ere partido, la Iglesia católica 
es la fuente de toda verdad, en ella reside la razón total e 
infalible de la humanidad, a la que debe someterse la razón 
falible individual, siendo ella la que debe indicar la vía a 
seguirse tanto en política como en el dominio de la ciencia. 
La Iglesia es incomprensible sin el Papa; negar la soberanía 
absoluta de éste es negar la Iglesia, y sin ésta no hay cristia- 
nismo, no hay religión. El Papa no tiene que dar cuenta a 
nadie de sus actos, ni puede admitir restricción alguna de 
sus derechos eclesiásticos; de ahí que Lamennais combatiera 
encarnizadamente el galicanismo, ha'ta concluir con él. En 
aquella época ansiosa de libertades, Lamennais las reclamó 
todo lo más amplias posibles para la Iglesia, y en consecuen- 
cia, pedía la cesación del Concordato y la separación de la 
Iglesia y del Estado. La divisa de su diario U Avenir era: 
"Dios y libertad". 

Este romántico idealista, que no alcanzó a comprender las 
contradicciones existentes entre los antiguos dogmas y las 
ideas modernas, que no vió cuán inconcebible era la autoridad 
absoluta e intolerante de la Igleria con los principios de liber- 
tad política, de conciencia, de cultos y de emisión del pen- 
samiento, fue víctima de su propio sistema, pues el obtuso 
papa Gregorio XVI, que odiaba todo lo que fuera libertad 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



99 



para los no católicos, y que consideraba la libertad de con- 
ciencia como "locura y error pestilencial", si bien aceptó la 
apología de la Iglesia y de la autoridad abroluta del papado 
que preconizaba Lamennais, rechazó y condenó en su encí- 
clica Mirari vos todas hs demás innovaciones del catolicismo 
liberal. Por curiosa ironía de la suerte, Lamennais, que tanto 
había hecho por endiosar al Papa, cayó fulminado por los 
rayos de éste, lo que le obligó a separarse de aquella Iglesia 
que él tanto había ensalzado como poseedora de la verdad 
absoluta. Concluyó siendo partidario de una especie de socia- 
lismo cristiano. 

8' Llegamos por fin al pontificado de Pío IX, quien en 
estrecha cooperación con los jesuítas, estableció definitiva- 
mente el ultramontanismo moderno, sistema según el cual 
el Papa es el jefe absoluto e infalible de la Iglesia. Fuera de 
la obra proselitista realizada con éxito por las órdenes reli- 
giosas multiplicadas con ese fin por Gregorio XVI, antiguo 
prefecto de la Propaganda, tenemos que diversas circunstan- 
cias políticas contribuyeron a la mayor difusión del catoli- 
cismo en esa época, de las que indicaremos brevemente algu- 
nas. En los países abiertos a las ideas democráticas, en los 
que se establecieron monarquías constitiicionales, las masas 
populares, por lo general muy ignorantes, con su ingenua 
piedad, mezcla de devoción y de superstición, de entusiasmo 
y de fanatismo; masas con las cuales hasta entonces no se 
había contado, tomaron intervención en la vida pública, y 
manejadas por hábiles dirigentes católicos, llevaron a los 
parlamentos a decididos partidarios de la Iglesia, que logra- 
ron que ésta se apoderara de la enseñanza de la juventud. 

En Francia, Luis Napoleón, coqueteando con el clero para 
lograr sus inconfesables planes de predominio político, le dió 
a la reacción católica la célebre ley Falloux, que ponía las 
escuelas bajo la dependencia clerical, y luego el papado obtu- 
vo la protección de las bayonetas francesas para salvaguardar 
su poder temporal. "La Francia católica, escribe Mauricio 
Pernot, en tiempo de Pío IX continuaba poniendo al servicio 
de Roma sus misioneros, su dinero, su diplomacia, y hasta 
a menudo sus buques y sus soldados". 



100 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



En España, el gobierno de Isabel II, casi tan retrógrado 
como el de los carlistas, estableció el catolicismo como única 
religión permitida, siendo ésta obligatoriamente enseñada en 
todas las escuelas. 

En Prusia, el rey Federico Guillermo IV, el "romántico 
coronado" como se le ha llamado, que gobernó de 1840 a 
1861, demostró su gran inclinación por el catolicismo, acce- 
diendo a todos los pedidos formulados por Roma, y así, 
Geissel, uno de los más activos jefes ultramontanos, fue 
nombrado arzobispo de Colonia; el Estado renunció a inter- 
venir en los matrimonios mixtos; los obispos pudieron tener 
relaciones directas con el Papa, publicar todos los documen- 
tos pontificios y ejercer superintendencia sobre las facultades 
de Teología; se dió a la enseñanza una orientación religiosa, 
confiándose a eclesiásticos la inspección escolar, y abando- 
nando la escuela primaria católica al clero; y finalmente se 
creó en el Ministerio de Cultos, un departamento católico, 
que sostenía los intereses del ultramontanismo, donde sólo 
los de esta religión podían discutir las cuestiones que inte- 
resaran a la Iglesia romana. No en balde, pues, los católicos 
de entonces proclamaban que Prusia era el paraíso de la 
libertad. 

En Austria, el joven monarca Francisco José celebró el 
concordato de 1855, según el cual el Estado se sometió a 
todas las pretensiones de la Iglesia, con la finalidad de hacerle 
la competencia a Prusia, buscando que se le adhirieran los 
fieles de habla alemana, de modo de llegar a ser la mayor 
potencia católica europea. Por dicho concordato, el catoli- 
cismo era reconocido como religión del Estado; a la Iglesia 
se le concedía plena libertad de adquirir y poseer; y a los 
obispos se les acordaban especiales privilegios, como el de 
ejercer vigilancia en las escuelas primarias y superiores, de 
modo que la juventud católica recibiera instrucción de pro- 
fesores católicos y conforme a las doctrinas de la Iglesia, lo 
mismo que se les otorgaba el derecho de censura sobre todo 
lo que se publicase^ y el de resolver todas las cuestiones rela- 
tivas al matrimonio. 

9" Otro factor que influyó en el resurgimiento católico 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



101 



en el siglo xix, fue la formación de partidos netamente ultra- 
montanos que trabajaron incansablemente por el triunfo de 
la sumisión a la autoridad despótica del pontífice romano. 
Pero este tema de la formación de un partido católico en 
cada Estado, tiene tanta importancia, que bien merece le 
consagremos una sección o parágrafo aparte. 

Los partidos católicos. — £1 catolicismo europeo se 
encontró, desde la caída de Napoleón I, con que tuvo que 
hacer frente a estos dos problemas: 1'' el de la gran difusión 
que habían alcanzado las ideas de libertad proclamadas por 
la Revolución Francesa; y 2'^ el de que aún en los países 
donde siempre el clero había tenido predomonio exclusivo, 
existían agrupaciones que pugnaban por desarrollar y hacer 
prácticas tales libertades en la vida política nacional. Para 
solucionar esos problemas se recurrió al medio de constituir 
en cada país un partido que fuera en todo y ante todo cle- 
rical, y que con la cooperación de los otros de las mismas 
tendencias, tratara de imponer en el Gobierno las ideas sus- 
tentadas por el papado. Veamos someramente los resultados 
obtenidos con esa finalidad sectaria. 

Francia. — En este país, de 1830 a 1850, además de los 
legitimistas y de los carlistas (partidarios del derrocado Car- 
los X) compuestos por nobles y la mayor parte del clero, 
nos encontramos con que el catolicismo liberal de Lamennais, 
Montalembert y Lacordaire (^) , vino a formar el partido 
católico, propiamente dicho, — pues era su divisa: "ante todo 
católico" — ; que contó con el concurso de importantes per- 
sonalidades de la nueva generación, y ejerció gran influencia 
en el parlamento y en la opinión púbUca. Después de 1850, 
este partido abandona las tendencias liberales de Lamennais 
y se vuelve absolutamente ultramontano, acompañando a 



(1) El abate Lacordaire, que en su convento, se sometía a todos 
los rigores de una disciplina monacal propia de la Edad Media, con- 
siguió que se restableciera en Francia la orden de los Dominicanos, 
con el objeto, según él, de dar a la Iglesia un ejército completa- 
mente independiente del Estado. 



102 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



Luis Napoleón en su golpe de Estado. Su idea era transfor- 
mar el Estado moderno en Estado católico, intolerante, con- 
trario a la libertad de cultos y de opiniones, sometido com- 
pletamente a la autoridad de la Iglesia. Fue jefe de esa 
agrupación, en aquel entonces, el procaz periodista Luis 
Veuillot, de escasa cultura científica y religiosa, quien desde 
las columnas de su diario "L'Univers", desarrollaba el pro- 
grama de los jesuítas y ejercía una verdadera dictadura sobre 
el catolicismo francés. Como muestra de sus ideas y de su 
estilo, transcribim.os a continuación el siguiente párrafo suyo 
publicado en 1860: "Por mandato de Jesucristo, el Papa es 
el dominador absoluto de las conciencias y de los cetros; 
Jesucristo, soberano señor de todas las cosas, reside en el 
Papa, no sólo a título de pontífice, sino además a título de 
rey de los reyes. El Papa es la boca de Jesucristo, que dispone 
tanto de lo espiritual como de lo temporal, y todos los decre- 
tos del Papa, pontífice-rey, son divinos, inmutables, eter- 
nos". Desde 1854. Veuillot bregaba por que se proclamara 
la infalibilidad papal, lo que calificaba Lacordaire, como "la 
mayor insolencia que se haya autorizado con el nombre de 
Jesucristo". 

El nuevo partido ultramontano, que restó prestigios e in- 
fluencia al antiguo partido del catolicismo liberal, consiguió 
llevar al Parlamento a numerosos partidarios suyos, que cons- 
tituyeron un importante grupo de oposición clerical al Go- 
bierno, y lucharon por que la enseñanza continuara en manos 
de la If leria, que se suprimieran los clásicos paganos, que se 
combatiera la ciencia liberal e incrédula, y que Francia no 
permitiese que Italia tomara posesión de los Estados ponti- 
ficios. Ese partido fiel a su consigna de que la Iglesia tuviera 
en sus manos la enseñanza pública, atacó violentamente al 
ministro Víctor Dunxy, que empeñosamente trabajaba por 
democratizar la instrucción y multipHcar las escuelas, a quien 
le reprochaban sobre todo el haber instituido cursos secun- 
darios para señoritas, lo que provocaba particularmente la 
indignación del obispo Dupanloup, quien expresaba que el 
ministro Duruy quería a toda costa hacer pasar a las niñas 
"de las rodillas de la Iglesia a los brazos de la Universidad", 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



103 



— comparación rruy poco episcopal, como lo notaba Pablo 
Bert — , y que calificaba esos curros de "cosa inaudita, pro- 
fundamente grosera, radicalmente imposible ... Si la histo- 
ria lo llega a recordar, indudablemente dirá que tal cosa era 
una indignidad; pero agregará además que era una locura". 

Ante estos hechos, se comprende, pues, que esa intolerante 
agrupación sectaria denunciara en 1867 el proyecto de ley 
de Duruy sobre la enseñanza primaria, como atentatorio 
contra la religión, porque tendía a que se aplicara el derecho 
común a los miembros de las congregaciones dedicadas a la 
enseñanza, quienes entonces gozaban de una situación pri- 
vilegiada. Ese partido movilizó las masas para que dirigieran 
peticiones al Senado a fin de que se eliminaran de las biblio- 
tecas populares la<! obras de Voltaire, Rousseau, Michelet, 
Renán, Jorge Sind y otros autores por el estilo (algo seme- 
jante a lo que en la actualidad ha hecho en España, el falan- 
gismo clerical) . Como Sainte Beuve, en nombre del libre 
pensamiento y de la ciencia, protestara en el Senado contra 
tales peticiones, se le cubrió de ultrajes; y habiéndolo felici- 
tado la Escuela Normal superior a causa de su valentía al 
formular esa protesta, fue cerrada dicha Escuela por orden 
de la Emperatriz, la que, como sabemos, era un títere en 
manos del clero. 

Bélgica. — Cuando por los tratados de Viena de 1815, 
se proclamó la existencia oficial del reino de los Países Bajos, 
que reunía Bélgica a Holanda, ya existía un partido ultra- 
católico belga, muy intolerante, y que por lo mismo se mos- 
tró muy hostil con el soberano protestante Guillermo I. 
Como en las condiciones fundamentales de la unión belga- 
holandesa formuladas por los plenipotenciarios de Austria, 
Rusia, Prusia e Inglaterra, en Londres (junio de 1814), se 
estipulaba la igualdad de todos los cultos ante la ley, esta 
disposición liberal fue acremente atacada por dicho partido 
(que comprendía a todo el clero belga), dirigiendo en 1814 
a las potencias reunidas en Viena, una memoria en la que 
pedía el restablecimiento del diezmo y el "mantenimiento 



104 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



inviolable" de la religión católica con todos los privilegios de 
que ésta gozaba antes de la invasión francesa. 

En 1815, muchos obispos en sus pastorales, protestaron 
contra la libertad de cultos y contra la admisión de personas 
a todos los cargos públicos, sin distinción de creencias reli- 
giosas, porque, según manifestaban, "no querían aprobar ese 
principio funesto, completamente contrario al espíritu de la 
religión católica, de que todas las religiones sean igualmente 
buenas". El fanatismo clerical rechazó por tal motivo la 
Constitución de 1815, que contenía tan adelantada cláusula 
de acuerdo con el citado protocolo de Londres. Sin embargo, 
los partidos liberal y católico se unieron para combatir el 
Gobierno holandés, obteniendo en 1830 la independencia de 
Bélgica. 

En la Constitución de este país, promulgada el 7 de fe- 
brero de 1831, consiguieron los liberales que ella consagrara 
la libertad de cultos, la de enseñanza, de prensa, de asocia- 
ción y el derecho de petición. La unión de ambos partidos 
continuó hasta que en 1842, las Cámaras sancionaron una 
ley que declaraba obligatoria la enseñanza religiosa en las 
escuelas primarias, la que se confiaba a la Iglesia. Esta ley 
alarmó a los liberales, que se reorganizaron, y triunfaron en 
las elecciones de 1847. La oposición del partido católico se 
hizo sentir nueva y vivamente en 1850, cuando el Gobierno 
liberal consiguió hacer aprobar la ley de organización de la 
enseñanza media, y por la cual se aumentaba el número de 
las escuelas del Estado y no se concedían al clero, sobre esas 
escuelas, los derechos que le había conferido la ley de 1842 
sobre las escuelas primarias. Pero lo que no consiguieron por 
la vía legislativa, lo obtuvieron los católicos por la vía admi- 
nistrativa, en el Reglamento de Amberes, aprobado por el 
arzobispo de Malinas, de modo que finalmente en la escuela 
media se implantó la enseñanza católica, el clero tuvo inter- 
vención en la Junta directiva de aquélla, y los profesores 
debieron aceptar sus indicaciones tanto en la elección de 
textos escolares, como en sus palabras y en su conducta. 

De 185 5 a 1857, vueltos los católicos al poder, continua- 
ron su obra sectaria en materia de enseñanza, y así, por ejem- 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



105 



pío, un profesor universitario fue censurado por el Minis- 
terio, a causa de haber negado la divinidad de Jesús; y el 
obispo de Gante prohibió a sus fieles que siguieran los cursos 
del establecimiento del Estado, en esa ciudad. Como conse- 
cuencia de esa persistente campaña clerical, fueron aumen- 
tando los conventos en Bélgica, de modo que en 1846 ya 
existían 779 con 11.968 monjes y monjas, es decir, tantos 
como antes de la época de José II. Ese número continuó 
posteriormente aumentando más y más aún, y así en 1866 
se contaba 1314 conventos, — o sea, casi el doble de los exis- 
tentes veinte años atrás — , con 18.162 religiosos. 

Holanda. — En Holanda, donde desde 1849 existió un 
régimen casi parlamentario, se organizaron cuatro partidos, 
a saber: el liberal, el conservador, el cristiano-histórico o cal- 
vinista y el católico, que cuenta con la tercera parte de la 
población, y cuyos partidarios se encuentran particularmen- 
te en Brabante y Limburgo. El partido católico holandés, 
como el belga, está bajo la dirección del Papa, y en ambos 
países los principales motivos de conflicto con los liberales 
son la reforma electoral y el régimen escolar. 

Desde 1806 estaba en vigencia una ley sobre la enseñanza 
primaria que establecía que las escuelas públicas debían ad- 
mitir niños de todas las religiones. En 1857, después de dos 
años de intensas discusiones, se logró hacer votar la ley que 
obliga a cada comuna a sostener escuelas públicas no confe- 
sionales, "no debiendo los maestros hacer o permitir nada 
contrario al respeto debido al sentimiento religioso de los de 
una u otra fe". Dicha ley declara que la escuela pública tiene 
por objeto "desenvolver las facultades intelectuales de los 
niños y educarlos en todas las virtudes cristianas y sociales". 
Esta organización, semejante a la adoptada en Inglaterra, dió 
por resultado que los consejos comunales interpretaran a su 
manera la obligación de educar a los niños en las virtudes 
cristianas, y así transformaron la escuela pública en escuela 
católica o calvinista, según la religión de los miembros de 
dichos consejos. 



106 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



Alemanío. — La revolución en París, de febrero dé 
1848, repercutió en Alemania. Los liberales trataron de ob- 
tener la unidad alemana terminando con la anarquía guber- 
namental, como condición de su libertad política. Con tal 
fin consiguieron que se reuniera en Francfort una Asamblea 
Constituyente encargada de formar la Constitución federal 
para toda Alemania. En esa Asamblea, que sancionó el prin- 
cipio de la autonomía de las comunidades religiosas, los ra- 
dicales pedían la separación de la Iglesia y del Estado, a lo 
que se opusieron los diputados católicos alegando falsamente 
que el Estado laico era un Estado ateo. Por la oposición del 
rey de Prusia, primero, y del emperador de Austria, después, 
la obra liberal del parlamento de Francfort fracasó por com- 
pleto, triunfando el absolutismo en todas partes, de modo 
que, a fines de 1850, se encontraba Alemania en la misma 
situación que antes del movimiento revolucionario de 1848, 
Consumada así la reacción, los distintos gobiernos alemanes 
se inclinaron del lado de la Iglesia para combatir el espíritu 
nuevo, y firmaron concordatos con Roma en los que aban- 
donaron todos los derechos del Estado. 

La fermentación de las ideas liberales provocada por la 
revolución de 1848, hizo que fueran despertadas las masas 
católicas de su sopor por los jesuítas, quienes ejercieron sobre 
éstas una doble influencia: 1' fomentando la creación de 
numerosas sociedades católicas de tendencias tradicionalis- 
tas, reunidas después en la "Asociación del pueblo católico", 
que encarnó un catolicismo político, pues trataba de influir 
sobre parlamentos y gobiernos, eligiendo a sus diputados con 
mandato imperativo, y llegando hasta censurar a los obispos 
y a los teólogos que no se sometían a sus imposiciones; y 
2% además de constituir este activo partido eclesiástico, el 
elemento jesuítico combatió la nueva teología católica de 
pretensiones científicas, que había sufrido la influencia de 
la teología científica protestante, y se esforzó en llevar a los 
altos cargos de la iglesia en Alemania, a los germanistas, es 
decir, a teólogos imbuidos en la más estrecha doctrina tradi- 
cíonalista, formados en el Colegio Germánico establecido por 
los jesuítas en Roma. Los discípulos de dicho Colegio, nom- 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



107 



brados más tarde obispos, arzobispos (como Ketteler, arzo- 
bispo de Maguncia) , o profesores en las facultades y semi- 
narios católicos alemanes, no sólo introdujeron alli las ideas 
jesuíticas de ciego acatamiento a las órdenes del Papa, con- 
siderado como jefe infalible de la Iglesia, sino que además 
transportaron su método teológico neo-escolástico, según el 
cual la salvación de la ciencia católica estaba en la teología 
de Santo Tomás de Aquino. 

Se atacaron las antiguas iglesias católicas territoriales, en 
nombre de la libertad de la misma iglesia; pero si a aquéllas 
se las desvinculó de los Estados católicos alemanes, fue para 
ponerlas más completamente bajo la dependencia de la auto- 
ridad del Jerarca de Roma. La divisa del seminario jesuítico 
de Maguncia era: "la libertad de la Iglesia por la alianza con 
Roma". Y como dice un escritor alemán: "lo que entonces 
se celebraba como el despertar religioso del pueblo católico, 
era, en parte, el resultado de las misiones sistemáticas orga- 
nizadas por los jesuítas y otras órdenes que hábilmente ha- 
bían sabido dirigir el entusiasmo religioso del pueblo hacia 
sus nuevos fines". 

Esas tentativas de implantación del ultramontanismo en 
Alemania, iban contra los defensores católicos del espíritu 
nacional, que encabezados por el célebre teólogo Doellinger, 
querían una teología inspirada en los procedimientos y mé- 
todos de la ciencia contemporánea, que fuera enseñada en 
las Universidades, mientras que los jesuítas implantaron su 
neo-escolasticismo, de método medioeval, separado de la 
ciencia profana, y ení^eñado en seminarios cerrados en abso- 
luto a la peligrosa influencia universitaria. Esas dos agrupa- 
ciones católicas tenían distintas concepciones de la Iglesia: 
ésta para Doellinger y sus partidarios era una realidad espi- 
ritual, una potestad religiosa, cuyo jefe no era infalible, 
según lo demostraba la historia y toda la tradición eclesiás- 
tica; en cambio, los ultramontanos tenían una noción realis- 
ta de la Iglesia, la que no concebían sin poder temporal del 
Papa, jefe absoluto e infalible de la misma. Esta última ten- 
dencia retrógrada fue la que triunfó, y Doellinger, que en 
1869 publicó bajo el seudónimo de Janus, y en defensa de 



108 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



SUS ideas, su célebre libro Papa y el Concilio", fue en 
1871 excomulgado por Pío IX, ya que se rehusó siempre a 
aceptar el absurdo dogma de la infalibilidad papal, viniendo 
así a ser lo mismo que Lamennais, víctima del movimiento 
religioso que había contribuido a suscitar. 

El ultramontanismo alemán, constituido en partido po- 
lítico, tomó más tarde el nombre de "Centro" en la Cámara 
prusiana, donde figuró desde 1852, y tuvo una activa par- 
ticipación en los sucesos hisóricos de su patria, combatiendo 
la antigua tradición del libre pensamiento protestante y 
reavivando los no bien extinguidos odios religiosos secula- 
res. Bajo su impulso, la iglesia católica aumentó considera- 
blemente su influencia en Alemania; se acrecentaron extra- 
ordinariamente sus riquezas; se multiplicaron las órdenes 
monásticas; y todo el país se llenó de círculos católicos de 
San Vicente, de San Bonifacio, etc., organizaciones todas 
que en manos de los jesuítas, fueron instrumentos para dis- 
ciplinar y fanatizar las masas. Ese partido en 1871, contaba 
con 63 bancas en el Reichstag; tenía como jefe al notable 
orador y activo político Windthorst; siendo su órgano pe- 
riodístico "La Germania*'. Contra esa importante agrupa- 
ción política fue que Bismarck entabló su célebre I^uliur- 
kampf, de que ya hemos anteriormente hablado, siendo ella, 
como se ha dicho, entre las otras agrupaciones que se dispu- 
taban el predominio en el Reichstag, la carta decisiva con la 
cual se ganaban las partidas. 

Resumen. — Después de haber analizado las causas que 
han influido para que en pleno siglo xrx, la iglesia católica 
haya recuperado su perdido prestigio de antes y se haya 
convertido en formidable potencia eclesiástica y política, 
podemos concluir con Anrich diciendo: "Todo le ha apro- 
vechado: la política y el romanticismo, el espíritu de la 
Restauración y el liberalismo, tanto la lucha emprendida 
por los gobiernos reaccionarios contra el instinto de libertad 
de los pueblos, como la sostenida contra el Estado-gendarme 
por los pueblos ávidos de derechos constitucionales y de 
libertad". Pero recuérdese que ese desarrollo del poder ele- 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



109 



rical se ha efectuado concomitantemente con su espíritu de 
predominio y de intolerancia, de modo que con ello no sólo 
nada ha ganado el Estado moderno, sino que por el contrario 
éste debe mantenerse con ojo avizor ante los avances de esa 
institución antidemocrática, pronta siempre a invadir los lí- 
mites de la autoridad civil. 



CAPÍTULO SÉPTIMO 



LEÓN XIII 

División del pontificado de León XIII. — £1 sucesor 
de Pío IX fue el cardenal Joaquín Pecci, camarlengo de la 
Iglesia C) > ele 68 años de edad, que tomó el nombre de 
León XIII. Esta fue la primera elección de Papa realizada 
después que Roma era capital del reino de Italia, y ocurrió 
sin el menor incidente, el 20 de febrero de 1878, a los dos 
días de reunido el cónclave. León XIII es incuestionable- 
mente el Papa más notable que ha tenido la iglesia católica 
en estos últimos HO años, y su pontificado, que duró un 
cuarto de siglo, puede dividirse en dos partes casi iguales: 
1' hasta la publicación de su encíclica Rerum Novarum, el 
H de mayo de 1891; y 2' desde esta fecha hasta su muerte, 
acaecida el 20 de julio de 1903. En su primer período se le 
calificó de Papa liberal; en el segundo, se le consideró ade- 
más como Papa obrerista. Vamos, pues, primeramente a exa- 
minar las enseñanzas que formuló en sus principales encícli- 
cas, para juzgar de la verdad que puedan encerrar tales 
calificativos, a la vez que ese estudio nos ayudará a com- 
prender la naturaleza y el alcance de su política. 

Recordemos previamente que Pecci, durante el ponti- 



(1) Se da el título de Camarlengo al cardenal que preside la 
Cámara Apostólica y que gobierna la Iglesia en el interregno entre 
la muerte de un papa y la elección de su sucesor. 



111 



112 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



f icado de Gregorio XVI, había sido nuncio en Bélgica, donde 
reveló grandes cualidades de diplomático. A su regreso a 
Italia, fue nombrado arzobispo de Perusa, permaneciendo 
allí 32 años; recibió el capelo cardenalicio en 1853; y cuando 
murió su enemigo el cardenal Antonelli, en 1876, regresó a 
Roma donde fué nombrado Camarlengo. En el concilio del 
Vaticano había sido uno de los tantos cardenales que votó 
el nuevo dogma de la infalibilidad papal. 

Examen de las principales encíclicas de León Xlii 
hasta 1891. La Quod Ápostólici. — Veamos ahora qué 
nos dice, en sus encíclicas, León XIII sobre la soberanía po- 
pular y sobre las libertades y los principios que constituyen 
el honor de las modernas democracias. 

En Quod Apostólici, encíclica sobre "los errores moder- 
nos", y una de las primeras que publicó, pues es del 28 de 
diciembre de 1878, denuncia la "peste mortal" del socialis- 
mo (^), cuyos adeptos se esfuerzan en trastornar los fun- 
damentos de la sociedad civil, y sostienen entre otras "opi- 
niones monstruosas", la "perfecta igualdad de todos los 
hombres en lo tocante a sus derechos y a sus deberes". La 
respetable majestad y el poder de los reyes han llegado a ser 
objeto de gran hostilidad por parte del pueblo rebelado; y 
esa audacia de hombres pérfidos, que amenaza arruinar la 
sociedad civil, proviene de las envenenadas doctrinas de los 
innovadores que desde el siglo xvi han declarado guerra cruel 
a la fe catóUca, pretendiendo destruir la fe en la revelación 
y en el orden sobrenatural, a fin de dar acceso "a los delirios 
de la sola razón". "Por una impiedad nueva, que ni los 
mismos paganos conocieron, se ha visto constituirse gobier- 
nos que no han tenido en cuenta a Dios ni el orden por Él 
establecido; se ha proclamado que el principio, la majestad 
y la fuerza de mando de la autoridad púbUca no procedían 



(1) Para León XIII, socialistas, comunistas y nihilistas eran la 
misma cosa. Así, casi al comienzo de Quod Apostólici, dice: "Sin 
esfuerzo comprenderéis, venerables hermanos, que hablamos de la 
secta de esos hombres que se denominan de diversas maneras y con 
nombres casi bárbaros, socialistas, comunistas y nihilistas". 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



113 



de Dios, sino de la muchedumbre del pueblo, la que creyén- 
dose libre de toda sanción divina, no ha admitido estar some- 
tida a otras leyes que las que ella misma se hubiera dado, 
conforme a su capricho". 

Expresa luego León XIII que sus antecesores Clemente 
XII, Benedicto XIV y Pío IX ya habían puesto en guardia a 
los fieles contra el carácter detestable y la falsedad de las doc- 
trinas de los filósofos del siglo xviii, quienes atribuían al 
hombre una desenfrenada libertad, base del derecho nuevo, 
contrario a la ley natural y divina, derecho que conduciría 
al pueblo a su ruina. Combate esas doctrinas manifestando 
que los príncipes y sus subditos están mutuamente Hgados 
por deberes y derechos; pero que si aquéllos se exceden 
temerariamente en el ejercicio de su poder, la doctrina cató- 
lica no les permite a los subditos insurreccionarse, sino que 
deben buscar el remedio en insistentes plegarias ante Dios. 
Si las leyes o los decretos de los príncipes mandan algo con- 
trario a la ley divina o natural, entonces el pueblo no debe 
acatar tales órdenes, pues hay que obedecer a Dios antes 
que a los hombres. Contribuye la sabiduría católica a la 
tranquilidad pública y doméstica, por sus ideas sobre la 
indisolubihdad del matrimonio y sobre el derecho de pro- 
piedad y la partición de bienes, derecho que ella ordena sea 
mantenido intacto e inviolable en manos del que lo posee. 

En cuanto a los pobres, la Iglesia, como buena madre, no 
los olvida, pues recomienda a los ricos que tienen el deber 
de darles lo que les sea superfluo, atemorizándolos además 
con el pensamiento del juicio divino que los condenará a 
suplicios eternos si no subvienen a las necesidades de los indi- 
gentes. Por lo tanto, deben los obispos pedir insistentemente 
a los Estados que tomen a la Iglesia como educadora, dán- 
dole toda la libertad que necesita para ejercer su saludable 
influencia, ya que ella posee, para apartar del flagelo del 
socialismo, una virtud que no se encuentra ni en las leyes 
humanas, ni en las represiones de los magistrados, ni en las 
armas de los soldados. 

Luego de la publicación de la Quod Apostólici, seguida 
poco después por la caída en Francia del Gobierno reaccio- 



114 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



nario y católico del mariscal Mac Mahón (enero 30 de 
1879), el partido republicano francés dándose cuenta que, 
según lo proclamó Gambetta, el gran enemigo de la demo- 
cracia era el clero, emprendió una valiente campaña laicista, 
tendiente principalmente a la implantación de la escuela 
primaria obligatoria, gratuita y neutral, es decir, sin ense- 
ñanza religiosa, la que se dejó al cuidado de las familias, y 
tendiente además a la disolución de la orden de los jesuítas 
y a regularizar la situación legal de las demás congregacio- 
nes, entre las cuales, a las no autorizadas, se trató de prohi- 
birles completamente que ejercieran el magisterio. Éstas y 
otras medidas de defensa de la República contra el avance 
ultramontano de los últimos años, tales como la ley que 
prohibía a los sacerdotes la entrada a las escuelas (julio 25 
de 1881), la que decretaba la libertad de prensa (29 de 
julio de 1881) y los proyectos de lev sobre el divorcio y 
sobre separación de las Iglesias y del Estado, etc., movieron 
a León XIII a escribir varias encíclicas, de las que citare- 
mos: Diiiiurnum, sobre el origen del poder civil, publicada 
en junio 29 de 1881; Nobilhsima Gallorum gens, sobre la 
cuestión religiosa en Francia (febrero 8 de 1884) y Huma- 
num genus, contra la Masonería (abril 20 de 1884). 

La encíclica Diuturnum. — En la encíclica Diutur- 
num habla León XIII de las enardecidas pasiones populares 
que rechazan toda autoridad, y de los desalmados que no 
temen intimidar y amenazar a los soberanos de Europa. 
Para conjurar esos grandes peligros públicos, dice, está la 
religión cristiana, entre cuyos más grandes beneficios se 
cuenta esa sabia armonía de derechos y deberes que ella ha 
sabido determinar entre los soberanos y los pueblos, pues 
los preceptos y los ejemplos del Cristo tienen una maravi- 
llosa eficacia para contener en el deber tanto a los que obe- 
decen como a los que mandan. Desde el siglo xvi se ha visto 
a la multitud no sólo reivindicar una parte excesiva de liber- 
tad, sino además proponerse dar a la sociedad humana una 
base y una constitución arbitrarias. Hoy re va aun más 
lejos, pues muchos de nuestros contemporáneos pretenden 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



115 



que todo poder viene del pueblo, y que, por lo tanto, la 
autoridad de que disponen los gobernantes no la tienen por 
d^erecho propio, sino en concepto de mandatarios del pueblo, 
el que siempre puede retirarles la potestad que les ha dele- 
gado. Los católicos no pueden admitir esta teoría, porque 
ellos buscan en Dios el derecho de mandar, y de Él lo hacen 
derivar como de su fuente natural y de su principio nece- 
sario. "Sin embargo, agrega León XIII, importa notar aquí 
que si se trata de designar a los que deben gobernar la cosa 
piíblica, esta designación podrá en ciertos casos dejarse a la 
elección y a las preferencias del gran número, sin que a ello 
se oponga la doctrina católica. En efecto, esta elección deter- 
mina la persona del soberano; pero no confiere los derechos 
de la soberanía, no es la autoridad lo que se constituye, sino 
que se decide por quien ella deberá ser ejercida. 

Tampoco es cuestión de diferentes regímenes políticos: 
nada impide que la Iglesia apruebe el gobierno de uno solo 
o el de muchos, con tal que ese gobierno sea justo y aplicado 
al bien común. Así, salvo la reserva de los derechos adquiri- 
dos, no les está prohibido a los pueblos el darse la forma 
política que se adapte mejor a su genio propio o a sus tradi- 
ciones y a sus costumbres" . Y después de citar, en apoyo de 
su tesis, textos bíblicos y de los Padres de la Iglesia, añade: 
"Doquiera se encuentre un mandato, una autoridad cual- 
quiera, debe buscarse su principio en la misma fuente, en 
Dios, único artesano y único señor del mundo . . . Siendo 
la autoridad de los que gobiernan, una derivación del poder 
de Dios ... los subditos deberán obedecer a los príncipes 
como a Dios mismo . . . persuadidos que resistir al poder del 
Estado es oponerse a la voluntad divina, y rehusarse honrar a 
los soberanos es rehusarse honrar a Dios". En conclusión, 
los soberanos tienen en la Iglesia su más firme sostén, y por 
lo tanto deben protegerla y dejarla en plena libertad de ac- 
ción, ya que fortifica y secunda la autoridad de ellos y que 
siempre ha detestado la tiranía (sic) . 

Las encíclicos Nobilíssima Gallorum gens y Huma- 
num genus. — En su encíclica Nobilíssima Gallorum gens. 



116 CELEDONIO NIN Y SILVA 

después de reconocer los servicios que el catolicismo ha reci- 
bido de Francia, insiste otra vez en que el espíritu humano, 
envenenado por las opiniones nuevas y embriagado de una 
libertad desenfrenada, va rechazando paulatinamente la au- 
toridad de la Iglesia. Como siempre, culpa de esto a los filó- 
sofos del siglo XVIII. Expresa luego que es imposible que reine 
la prosperidad en un país en el cual carezca de influencia 
la religión, a lo cual sería fácil contestarle que ésta no influye 
sobre aquélla, con el ejemplo de España en los siglos xvi 
y xvii. "Toda sociedad, agrega, que pretende excluir a Dios 
de su constitución y de su gobierno, rehusa, en cuanto está 
en ella, el socorro de los beneficios divinos y se vuelve abso- 
lutamente indigna de la protección del cielo". Como conse- 
cuencia de esto se requiere que la instrucción de la juventud 
sea religiosa, pues de lo contrario, querer que la infancia 
permanezca neutral, constituye un sistema engañador, de- 
sastroso, dado que abre en las almas la puerta al ateísmo y la 
cierra a la religión; por eso siempre ha condenado la Iglesia 
las escuelas neutrales. Los obispos deben, pues, velar porque 
en todas partes haya escuelas en la que reciban los niños 
instrucción religiosa. El Papa manifiesta temor, porque las 
iglesias sean separadas del Estado, protesta contra el decreto 
de supresión de comunidades religiosas y concluye recomen- 
dando a los escritores que se sometan a la autoridad de los 
obispos. 

A esa encíclica siguió dos meses y medio más tarde, la 
Humanum gemís, que es una diatriba contra la Masonería, 
El género humano, dice León XIII, está dividido en dos cam- 
pos enemigos que no cesan de combatirse: el reino de Dios 
y el de Satán. Los masones o francmasones C) pertenecen 
a este último reino, y coaligados con los demás fautores del 
mal, pretenden arruinar a la Iglesia. La Masonería, que ha 
hecho increíbles progresos en siglo y medio, está en abierta 

(1) La Academia de la Lengua Española quiere que se diga: 
francmasón y francmasonería, aunque, con notoria inconsecuencia, a 
veces emplea ella misma el vocablo masón en vez de francmasón, 
como puede verse, p. ej., al definir la palabra mandil. Nosotros 
siguiendo el uso habitual en los países del Río de la Plata, preferi- 
mos las voces masón y masonería. 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



117 



oposición con la justicia y la moral natural, es contraria a 
la honestidad y trata de destruir toda la disciplina religiosa 
y social proveniente de las instituciones cristianas. Su primer 
principio consiste en que todo debe estar subordinado a la 
razón humana; niega que Dios sea autor de ninguna revela- 
ción, y que el padre del género humano haya pecado; busca 
separar la Iglesia del Estado; y engaña a los simples e inge- 
nuos. Es partidaria del divorcio y de la instrucción laica, y 
en materia de ciencia política sostiene que todos los hombres 
tienen los mismos derechos y de ellos emana la autoridad. El 
poder, según ella, reside en el pueblo libre, y los gobernantes 
no detentan el mando, sino por concesión del pueblo, de modo 
que si cambia la voluntad popular, deben despojarse de su 
autoridad los jefes del Estado. Como éste no debe tener 
preferencia por ninguna de las diversas formas religiosas, 
sino que todas deben coexistir en el mismo pie de igualdad, 
resulta que el Estado debe ser ateo. Los principales dogmas 
de los masones están en tan completo y manifiesto desacuer- 
do con la razón, que no se puede imaginar nada de más per- 
verso. Por lo tanto hay que arrancar su careta a la Masonería; 
nadie debe afiliarse a ella; hay que exponer los principios 
sagrados que constituyen la ciencia cristiana, mantener el 
clero en la disciplina eclesiástica, enseñar la religión a las 
masas, recomendar la orden Tercera de San Francisco, las 
asociaciones obreras cristianas, las sociedades de patrones, la 
Sociedad de San Vicente de Paul y esforzarse en dar exce- 
lente educación católica a la juventud. 

Lo encíclica Immortale Dei. — Al año siguiente, y 
con motivo de disputas entre católicos liberales y católicos 
autoritarios, publicó León XIII su encíclica Immortale Dei 
(noviembre 1' de 1885) sobre la constitución cristiana de 
los Estados, en la que insiste en las mismas ideas de las ante- 
riores, a saber: todo poder viene de Dios; las sociedades polí- 
ticas necesitan contar con el concurso de la religión verda- 
dera, que es la católica, y los jefes de los Estados deben 
favorecerla; el gobierno del género humano lo ha dividido 
Dios en dos potencias: la eclesiástica y la civil, que deben 



/18 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



marchar acordes, por lo que conviene se celebren tratados 
entre ellas; el pernicioso y deplorable gusto de las novedades, 
que arranca del siglo xvi, ha traido estos principios moder- 
nos de libertad desenfrenada, asi como los del derecho nuevo, 
en más de un punto en desacuerdo con el derecho cristiano 
y con el natural. Del primero de esos principios, el de la 
igualdad de los seres humanos, se deducen la libertad absoluta 
de pensamiento y de acción y que la autoridad pública no es 
sino la voluntad del pueblo, olvidando la soberanía de Dios. 
Los diferentes caracteres del Estado laico: igualdad de cultos, 
libertad de conciencia, libertad de prensa, instrucción laica, 
matrimonio civil, nacionalización de los bienes de la Iglesia, 
separación de las iglesias y del Estado, etc., toda esta manera 
de entender el gobierno civil está alejada de la verdad, 
como lo demuestra la simple razón natural, cuyo testimo- 
nio basta para establecer que toda autoridad entre los hom- 
bres procede de Dios, como de su augusta y suprema fuente. 
La soberanía del pueblo, que no tiene en cuenta a Dios 
para nada, no reposa sobre ningún fundamento sólido y no 
tiene suficiente fuerza para garantir la seguridad pública y 
el mantenimiento pacífico del orden. 

La libertad de pensar y de publicar sus pensamientos, sus- 
traída a toda regla, no es por sí misma un bien del que tenga 
que felicitarse la sociedad, sino que más bien es el origen de 
muchos males, y no debe colocarse entre los derechos de los 
ciudadanos, ni entre las cosas dignas de favor y protección. 
La libertad, este elemento de perfección para el hombre, debe 
aplicarse a lo verdadero y a lo bueno. Por lo tanto no es 
permitido publicar y exponer a la vista de los hombres lo 
que es contrario a la virtud y a la verdad, y mucho menos 
colocar esta licencia bajo la tutela y protección de las leyes. 
Sólo hay un camino para llegar al cielo, por lo cual no es 
permitido a los individuos ni a las rociedades tratar del mismo 
modo a las diferentes relidones. Excluir a la Iglesia de la 
vida pública, de las leyes, de la educación de la juventud, de 
la sociedad doméstica, es un erande v pernicioso error. La 
iglesia de Cristo es la verdadera arbitra de la virtud y la 
guardiana de las costumbres. Pretender subordinar la iglesia 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



119 



al poder civil en el ejercicio de su ministerio, es a la vez una 
gran injusticia y una gran temeridad. Estas doctrinas con- 
trarias a la Iglesia han sido condenadas por Gregorio XVI 
y Pío IX; el Syllahus da una dirección segura en medio de 
los errores contemporáneos. Los expuestos principios no ex- 
cluyen ninguna forma de gobierno, ni que en éste tenga el 
pueblo su parte más o menos grande, lo que en ciertos tiem- 
pos y bajo ciertas leyes, puede llegar a ser una ventaja y hasta 
un deber para los ciudadanos. 

La Iglesia, si bien rechaza una libertad ilimitada, acepta, 
sin embargo, con el mayor gusto los progresos que ésta dia- 
riamente produce si contribuyen a la prosperidad de esta 
vida, lo mismo que la Iglesia acogerá siempre con gozo todo 
lo que contribuya a ensanchar la esfera de las ciencias, pues 
todo lo que es verdad no puede proceder sino de Dios. Es 
necesario atenerse con inquebrantable adhesión a todo lo que 
los Pontífices romanos han enseñado o enseñen y hacer pú- 
blica confesión de ello, siempre que las circunstancias lo 
exijan. Particularmente en lo tocante a las libertades moder- 
nas, cada uno debe atenerse al juicio de la Sede apostólica y 
conformarse a stcs decisiones. "Conviene a la salud pública 
que los católicos presten su concurso a la administración 
municipal esforzándose principalmente por que la autoridad 
pública provea a la educación religiosa y moral de la juven- 
tud; pero no debe limitarse a esto su acción, sino que además 
es útil que aborden los grandes cargos del Estado ... Si los 
católicos se abstienen, indiscutiblemente que pasarán las 
riendas del gobierno a manos de aquellos cuyas opiniones 
no ofrecen gran esperanza de salvación para el Estado. Esto 
sería pernicioso a los intereses cristianos, porque los ene- 
migos de la Iglesia tendrían todo el poder, y sus defensores, 
ninguno. Es evidente, pues, míe los católicos tienen justos 
motivos de abordar la vida política, porque lo hacen y deben 
hacerlo no para aprobar lo que pueda haber de censurable 
actualmente en las instituciones políticas, sino para sacar 
de e«;tas mismas instituciones, en todo lo posible, el bien 
público sincero v verdadero, proponiéndose infundir en to- 
das las venas del Estado, la iñrtud y la influencia de la reli- 



120 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



gión católica, como una savia y una sangre reparadora". 
Los católicos deben ser los hijos abnegados de la Iglesia, ser- 
virse de las instituciones públicas en provecho de la verdad 
y de la justicia, y perseguir todos el fin común de salvar los 
grandes intereses de la religión y de la sociedad. 

La encíclica Libertas praesfantíssimum. — £1 20 de 

junio de 1888 publicó León XIII otra encícUca, Libertas 
prcestantíssimum, sobre la libertad humana, en la cual vuel- 
ve a combatir la soberanía popular y todas las libertades de 
la moderna civiUzación. Comienza atacando el liberalismo 
y el racionalismo. "Hay gran número de individuos, dice, 
que entienden por libertad, lo que no es sino pura y absurda 
licencia. Tales son los que pertenecen a esa escuela tan exten- 
dida y poderosa, que tomando su nombre de la palabra 
libertad, quieren ser llamados liberales. En efecto, lo que son 
en filosofía los partidarios del naturalismo y del racionalis- 
mo, lo son en el orden moral y civil, los fautores del libe- 
ralismo, porque introducen en las costumbres y en la prác- 
tica de la vida los principios sentados por los partidarios del 
naturalismo. Ahora bien, el principio de todo racionalismo 
es la dominación soberana de la razón humana, que rehu- 
sando la obediencia debida a la razón divina y eterna y pre- 
tendiendo no depender sino de sí misma, se considera como 
principio supremo, fuente y juez de la verdad ... C) • De 
aquí procede esa moral llamada independiente, que, bajo la 
apariencia de libertad, apartando la voluntad de la observa- 
ción de los divinos preceptos, conduce al hombre a una 
ilimitada licencia". 

Y después de algunas consideraciones sobre las mayorías 
como creadoras del derecho y sobre los lazos que ligan el 
hombre o la sociedad civil a Dios, el supremo legislador, pasa 
León XIII a examinar sucesivamente las diversas clases de 
libertades, conquistas de nuestra época. ''La libertad de 
cultos, que descansa en el principio de que es lícito a cual- 



(1) Véase sobre La razón y la je, lo que exponemos en el tomo 
I de nuestra Historia de la Religión de Israel, págs, 22-29. 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



121 



quiera profesar la religión que le agrade o no profesar nin- 
guna, es darle al hombre el poder de desnaturalizar impu- 
nemente el más santo de los deberes, abandonando el bien 
inmutable para volverse hacia el mal, lo que ya no es liber- 
tad, sino depravación de la libertad, servidumbre del alma 
en la abyección del pecado. La sociedad civil debe recono- 
cer necesariamente a Dios como su autor, y por lo tanto, 
rendir el homenaje de su culto a su poder y a su autoridad. 
El Estado no puede ser ateo ni por la justicia, ni por la razón; 
y equivale a volver al ateísmo el estar animado de las mismas 
disposiciones con respecto a todas las religiones y acordarles 
a éstas indistintamente los mismos derechos. Puesío que es 
necesario profesar una religión en la sociedad, debe profe- 
sarse aquella que es la única verdadera. La libertad de cultos 
es la que causa más perjuicios a la verdadera libertad". 

Si la libertad de expresar por la palabra o por la prensa 
todo lo que se quiere, no es justamente moderada, si se ex- 
cede de sus límites, tal libertad no es un derecho, porque éste 
es una facultad moral, y sería absurdo creer que pertenece 
naturalmente y sin distinción ni discernimiento a la verdad 
y a la mentira, al bien y al mal. Se tiene el derecho de propa- 
gar en el Estado lo verdadero y el bien, con prudente liber- 
tad, para el provecho del mayor número; pero es justo que 
la autoridad pública emplee su solicitud en reprimir las 
doctrinas falaces, la peste más fatal de todas para el espí- 
ritu, así como los vicios que corrompen el corazón y las 
costumbres, a fin de impedir al mal que se extienda para 
ruina de la sociedad ... Si acordáis a cualquiera la libertad 
ilimitada de hablar y de escribir, nada permanecerá sagra- 
do ni inviolable, nada será respetado, ni aun esas verdades 
primeras, esos grandes principios naturales que deben ser 
considerados como un noble patrimonio común a toda la 
humanidad". 

"En cuanto a lo que se llama libertad de enseñanza, no 
hay que juzgarla de distinta manera. Sólo la verdad debe 
entrar en las almas, y por lo tanto, la enseñanza no debe 
tener por objeto sino cosas verdaderas ... Es evidente, pues, 
que esta libertad, al arrogarse el derecho de enseñarlo todo 



122 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



a SU manera, está en flagrante contradicción con la razón, 
y que ha nacido para producir un vuelco completo en los 
espíritus; el poder público no puede conceder semejante 
licencia en la sociedad, sino en menosprecio de su deber . . . 
El mejor y más seguro maestro para el hombre, es Dios, 
principio de toda verdad, que ha concedido a la Iglesia el 
privilegio de no conocer el error. Por esto es ella la grande 
y segura maestra de los hombres, y lleva en si un inviolable 
derecho a la libertad de enseñar ... La Iglesia se esfuerza así 
en favorecer el amor y el progreso de las ciencias". 

Para refutar la libertad de conciencia, continúa León XIII, 
bastan los anteriores argumentos. Los males presentes deri- 
van €n gran parte de esas libertades tan alabadas, que han 
producido frutos amargos y envenenados. La Iglesia no se 
opone a cierta tolerancia tocante a determinadas cosas con- 
trarias a la verdad y a la justicia; pero rigurosamente cir- 
cunscritas. Consiente, pues, en ciertas libertades modernas, 
porque considera útil permitirlas, siempre que una justa 
moderación les impida degenerar en licencia; pero se opone, 
sin embargo, a una libertad ilimitada. Así admite el derecho 
que tiene cualquier persona de adorar a Dios según su 
conciencia; pero niega el derecho de no rendirle culto algu- 
no. Y al efecto escribe: "Si se entiende por libertad de con- 
ciencia la de que cada uno a voluntad, indiferentemente, 
pueda rendir o no culto a Dios, bastan, para refutarlo, los 
argumentos expuestos. Pero también se puede entenderla 
en el sentido de que, en el Estado, tiene el hombre el derecho 
de seguir, según la conciencia de su deber, la voluntad de 
Dios y cumphr sus preceptos, sin que nada pueda impedír- 
selo . . . Esta libertad que reivindicaron los Apóstoles y que 
tantos mártires sellaron con su sangre, siempre ha sido el 
objeto de los votos de la Iglesia". 

Finalmente el Papa no acepta que la Iglesia sea separada 
del Estado. En cuanto a éste último, se le puede dar una 
constitución democrática, con tal de que se respete la doc- 
trina católica sobre el origen y el ejercicio del poder público. 
La Iglesia no rechaza ninguna forma de gobierno; pero 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



12? 



quiere que su institución no viole el derecho de nadie y 
respete particularmente los derechos de la Iglesia. 

Observaciones a las expuestas encíclicas de León 

XIII. — Queda así sintetizado, lo más fielmente posible, el 
contenido de las principales encíclicas de León XIII, en su 
primer período. Séanos permitido, sin discutir a fondo la 
doctrina política que ellas sustentan, formularles algunas 
observaciones, que creemos no estarán fuera de lugar. 

1^ La soberanía popular y la soberanía de Dios. — 

Para León XIII la autoridad no radica en la voluntad del 
pueblo, sino en la voluntad de Dios. Antes de los filósofos 
del siglo xviii y de la Revolución Francesa, se admitía casi 
sin discusión la tesis del Papa; hoy, con más razón, enten- 
demos que son los gobernados quienes deben de elegir a sus 
gobernantes, o sea, que la fuente del poder público está en 
el pueblo. Para combatir esta nueva concepción, base de la 
democracia moderna, como lo era de la antigua democracia 
ateniense, utiliza León XIII un argumento propio de un 
filósofo escolástico. "La elección, dice, de los que deben 
gobernar la cosa pública, determina la persona del soberano; 
pero no confiere los derechos de la soberanía; no es la auto- 
ridad lo que re constituye, sino que se decide por quien ella 
deberá ser ejercida". Esta es una sutileza, con caracteres de 
tautología. Cuando en un movimiento revolucionario la 
muchedumbre concede directamente el poder público a 
determinadas personas, o cuando el pueblo vota la Consti- 
tución política que ha de regirlo, o cuando de acuerdo con 
los preceptos de ella elige a sus gobernantes, en realidad el 
pueblo delega su soberanía en los electos, es decir, que no 
sólo determina la persona del soberano, sino que confiere los 
derechos de la soberanía, o constituye la autoridad. Hacer 
depender ésta de Dios, es rólo una maniobra dialéctica para 
desplazar el problema, sacándolo del terreno de la experien- 
cia o de lo concreto, para llevarlo al de la abstracción. 

Sabemos, en efecto, lo que es la soberanía popular; pero 
ignoramos lo que es la soberanía de Dios. Si nos detenemos 



124 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



un momento a pensar, raciocinando libres de prejuicios, nos 
convenceremos que Dios es una entidad metaf isica que supo- 
nemos se encuentre al principio de lo existente o que de toda 
eternidad se halle en el Universo; entidad que desconocemos 
en absoluto, y que por más que por ella suspiren nuestros 
corazones, constituye sólo una hipótesis indemostrable. Sea 
esto como fuere, lo cierto es que Dios nunca se ha revelado 
en la historia, y su acción no se ha hecho sentir en el curso 
de ella, a pesar de lo que en contrario sostienen los creyentes 
con sus interesados y deleznables razonamientos. Los preten- 
didos libros revelados de las múltiples religiones del Globo, 
que en tantos puntos se contradicen, son obra de místicos 
que, de más o menos buena fe, nos dan como provenientes 
de la divinidad, sus propios pensamientos y sus lucubraciones 
reUgiosas o filosóficas. Por eso cada cual se forja una idea 
a su antojo de Dios, y mientras unos se lo figuran todo 
amor, otros se lo suponen un bárbaro sediento de sangre, que 
con toda insensibilidad ordena matanzas espantosas de toda 
clase de seres humanos; si para unos es un padre cariñoso, 
para otros es un monstruo de maldad. Como consecuencia 
de esta discrepancia de pareceres, en nombre del mismo Dios, 
hombres abnegados y sinceros, como Livingstone, sacrifica- 
ron sus vidas para evangelizar las incultas tribus africanas 
y combatir el flagelo de la esclavitud, mientras que otros 
hombres, quizás también sinceros, pero fanáticos y sangui- 
narios, sometieron fríamente a sus semejantes que no pensa- 
ban como ellos, a las torturas refinadas o a los espantosos 
autos de fe de la Inquisición. En nombre del mismo Dios 
se han realizado, pues, los actos más heroicos y más subli- 
mes, como se han cometido los crímenes más horribles, más 
salvajes y más terroríficos. Para judíos y cristianos, Dios se 
ha escogido un pueblo especial: el hebreo; en cambio Hitler 
y sus corifeos alemanes proclaman: "Nosotros somos el pue- 
blo de Dios". El Dios de Mahoma habla de distinto modo 
que el cristiano; el Dios del Antiguo Testamento no con- 
cuerda con el del Nuevo; y el Dios de los filósofos de los 
dos últimos siglos en nada se asemeja al Dios nazi de Luden- 
dorf f, Rosenberg e Hitler. En resumen. Dios no es un padre, 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



125 



ni un legislador, ni un monstruo; nunca ha hecho oír su voz, 
ni menos por lo tanto ha dictado precepto alguno; ni es 
liberal, ni reaccionario: es sólo una incógnita de un problema 
metafísico eternamente insoluble O . 

En virtud de lo dicho, cae por su base toda la argumen- 
tación de León XIII sobre filosofía política. Ni la autori- 
dad de los que gobiernan es una derivación del poder de 
Dios, ni se justifica la máxima de que "los subditos deberán 
obedecer a los príncipes como a Dios mismo". Al antiguo 
concepto monárquico y clerical de "subdito", esto es, de 
individuo sometido ciegamente a la autoridad de origen 
divino de un encumbrado Superior cualquiera, hoy las mo- 
dernas democracias reemplazan el concepto de "ciudadano", 
o sea, de persona dotada de derechos y obligaciones para in- 
tervenir en la designación de las autoridades del Estado. La 
autoridad fluye necesariamente de la vida en común de los 
hombres quienes por la fuerza de las cosas deben designar 
a alguno o algunos de sus semejantes, para que los guíen o 
los gobiernen, dada la necesidad de orden que existe en la 
mutua convivencia, o la necesidad de subordinación a un 
jefe en caso de conflicto con otros grupos humanos. 

2' La Iglesio católica. — León XIII habla como Jefe, 
que se considera infalible, de una iglesia que pretende haber 
recibido su autoridad de ese Dios, que, como acabamos de 
exponer, cada uno se lo representa a su manera y lo hace 
discurrir y dictar ordenanzas a su paladar. En consecuencia, 
los consejos, como los argumentos de aquel Papa, no tienen 
valor sino para sus fieles. Para el Estado, la iglesia católica 
es una de las tantas iglesias existentes en la Tierra, y no hay 
motivo alguno para que se le acuerde la preeminencia sobre 
las otras, o para que se le concedan privilegios especiales, que 
se nieguen a las demás. Para el Estado, pues, esa iglesia es 
una simple institución humana, y no puede admitirle la 
condición de dómine universal que ella se arroga, cuando 



(1) Véase nuestra Historia de la Religión de Israel, tomo I, 
págs. 82 a 112. 



126 



CELEDONIO NIN Y SELVA 



por boca de su jerarca supremo nos dice: esto permito, 
aquello prohibo. Si la iglesia católica fuera una entidad ani- 
mada de espíritu de tolerancia, y que por la persuasión tra- 
tara de hacer posible el reinado de la paz, de la justicia y 
del derecho — que todos los demócratas perseguimos — en- 
tonces se justificaría que el Estado le concediera particula- 
res favores; pero cuando se recuerda que la característica 
de esa institución es la intransigencia, pues se considera ella 
"el único camino para ir al cielo", y que nunca se ha con- 
tentado con realizar simplemente su programa espiritual, 
sino que siempre ha pretendido tener ingerencia en los asun- 
tos del poder civil, al que ha tratado por todos los medios 
de dominar; y cuando se tiene presente la historia de esa 
iglesia, que lejos de haber sido un factor de orden y de apa- 
ciguamiento de las pasiones políticas, ha contribuido a en- 
conarlas, siempre que así convenía a sus intereses, fomen- 
tando guerras civiles o nacionales, buscando ante todo su 
predominio temporal, y no vacilando en cometer o autori- 
zar las mayores atrocidades que pueda ser capaz de imagi- 
nar la perversidad humana, entonces tenemos que llegar a 
la lógica conclusión que el Estado, por su propia seguridad 
y en bien de la democracia, lejos de favorecerla, debe po- 
nerle obstáculos y cortapisas. 

Sostiene León XIII que si las leyes mandan algo contrario 
a la ley divina, el pueblo no debe acatarlas, porque hay que 
obedecer a Dios antes que a los hombres; pero como las 
leyes divinas son las que se ha dictado la misma Iglesia, 
resulta que con ello se aconseja la rebelión contra las dis- 
posiciones legales que lesionan los intereses de ésta, según 
hemos tenido oportunidad de verlo anteriormente en la his- 
toria de Méjico. De modo que cuando el Estado legisla esta- 
bleciendo el matrimonio civil obligatorio previo a toda cere- 
monia religiosa, o seculariza los registros parroquiales de 
estado civil, o decreta el divorcio absoluto, o dispone la na- 
cionahzación de los bienes eclesiásticos de manos muertas, 
el clero protesta iracundo y aún a mano armada cuando 
puede hacerlo, alegando que debe obedecerse a Dios antes 
que a los hombres. Un claro ejemplo de cómo entiende la 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



127 



Iglesia la sentencia del apóstol Pedro: "debemos obedecer a 
Dios antes que a los hombres" (Act. 5, 29), lo tenemos en 
la conducta del Papa Inocencio X, quien en su bula Zelus 
Domi Dei, del 20 de noviembre de 1648, condenó la paz de 
Westfalia, que puso término a la célebre guerra de Treinta 
años, declarando dicha paz "nula, de ningún valor, efecto 
o autoridad, para el pasado, el presente y lo futuro", y agre- 
gando que "nadie aunque hubiese jurado respetarla, está en 
el deber de observar su juramento", siendo la causa de esa 
condenación, el hecho de que en los tratados que establecían 
la mencionada paz, se proclamaba la tolerancia religiosa, 
asegurando a los protestantes el libre ejercicio de su religión 
y concediéndoles el derecho de ser admitidos a las funciones 
civiles. Casi siglo y medio más tarde, el Papa Pío VI persistió 
en tan absurda decisión, expresando que la Iglesia no había 
admitido nunca la paz de Westfalia. 

Igualmente en pro de su causa agita León XIII el espan- 
tajo del ateísmo — como hoy agitan los países totalitarios 
el del comunismo — , argumentando que el Estado laico, por 
no proteger a ninguna religión, es ateo. Esta conclusión es 
completamente falsa, pues si bien en aquél "todas las reli- 
giones deben coexistir en el mismo pie de igualdad", ese 
hecho sólo le da al Estado laico un carácter de neutralidad, 
que es el que realmente le corresponde. El Estado laico no 
ataca la noción de Dios; se limita a dejar de lado este pro- 
blema, para que cada uno lo resuelva de acueido con su 
conciencia. 

3^ Las libertades en el Estado moderno. — Uno de 

los medios fáciles que tiene León XIII, como sus anteceso- 
res que hemos estudiado, de combatir las modernas liber- 
tades, es sostener que éstas son ilimitadas, y de ahí que insista 
en muchas de sus encíclicas contra "la libertad absoluta y 
desenfrenada que se atribuye al hombre, base del derecho 
nuevo, que conduciría al pueblo a su ruina". Hoy, ningún 
moderno escritor de Derecho sostiene la expuesta tesis; por 
el contrario, todos están de acuerdo en que la libertad de 
cada individuo está limitada por la igual libertad de los 



128 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



demás componentes del cuerpo social, y que el Estado, con 
toda justicia, y dentro de sus legitimas atribuciones, puede 
restringir las libertades individuales en beneficio del interés 
de la sociedad. Así, por ejemplo, una de las grandes con- 
quistas de las modernas democracias es que se puedan emitir 
libremente los pensamientos por la prensa; pero esta libertad 
tiene sus límites establecidos por el interés del Estado, de 
modo que para mantener el orden, la paz y la armonía en 
la comunidad, debe prohibirse toda propaganda en pro de 
la guerra civil, o que ataque la vida privada de las personas, 
o que tienda a socavar ios cimientos de la vida institucional. 
Quizás la única libertad absoluta que pueda admitirse, es la 
libertad de conciencia, siempre que sus manifestaciones ex- 
ternas, orales o escritas, no pongan en peligro a la sociedad. 

Sentado esto, examinemos los argumentos que formula 
León XIII en su encíclica Libertas prcestantissimum. Los que 
expone para combatir la libertad de cultos, no resisten al 
menor análisis, y se reducen a éstos: Aj La sociedad debe 
reconocer a Dios como su autor, y por lo tanto, rendirle 
culto, fíj El Estado no puede ser ateo, y equivale a serlo el 
acordar a todas las religiones los mismos derechos. C) El 
Estado debe profesar el catolicismo, porque es la única reli- 
gión verdadera. En cuanto a la proposición A ya queda 
refutada con lo que hemos dicho sobre la soberanía de Dios. 
Sobre la B va hemos dado también nuestras razones en con- 
trario. El Estado no debe favorecer una determinada reli- 
gión en perjuicio de las otras, o en contra de los que no 
acepten ninguna; su misión es ser neutral entre las distin- 
tas confesiones religiosas C) que se combaten mutuamente. 
En lo relativo a la C, bastan para descartar esa proposición 
estas simples dos observaciones: 1' los adeptos de cada reli- 
gión creen a pies juntillas que la que ellos profesan es la 
única verdadera, y hasta ahora no han logrado convencer de 
ello a los creyentes de las otras religiones, de modo que sus 



(1) La Academia de la Lengua Española, siempre atrasada en 
materia de lenguaje ■ — que hasta ignora lo que es un gallo hata~ 
raz — , no ha aceptado aún el vocablo conjesión en el sentido de 
agrupación de creyentes en una misma fe. 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



129 



razones están muy lejos de ser evidentes; y 2' el Estado no 
está calificado para intervenir en esas querellas teológicas, 
pues, al fin y al cabo, sus dirigentes no son más que hombres 
en cuyas mentes ejercen la misma influencia que en los 
secuaces de las distintas religiones, los argumentos que se 
formulan en pro de cada una de ellas y que no convencen 
a los de las demás. 

En lo tocante a la libertad de opinión expresada por la 
palabra o por la prensa (y lo mismo por el libro), mani- 
fiesta León XIII que "se tiene el derecho de propagar en el 
Estado lo verdadero y el bien con prudente libertad; pero 
la autoridad pública debe reprimir las doctrinas falaces así 
como los vicios. Si se acuerda la libertad ilimitada de hablar 
y de escribir, nada permanecerá sagrado ni inviolable, nada 
será respetado". De igual manera, en materia de libertad 
de enseñanza entiende el Papa que ella debe autorizarse 
siempre que tenga por objeto cosas verdaderas, y por eso la 
enseñanza tiene que confiarse a la Iglesia, la grande y segura 
maestra de los hombres, ya que ha sido instituida por Dios, 
principio de toda verdad. Prescindiendo de considerar ilimi- 
tada la emisión del pensamiento, sobre lo cual nos atenemos 
a lo dicho anteriormente, resulta que la falsedad del razona- 
miento papal descansa en olvidar o desconocer el carácter 
relativo de la verdad, sobre todo en cuestiones morales, socio- 
lógicas, religiosas y filosóficas. Los estudiosos, los sinceros 
investigadores, nos esforzamos en obtener la verdad; pero 
cada uno tiene la suya propia, y aun mismo ésta varía según 
la edad y las circunstancias. Por eso, a menudo ocurre que la 
verdad de nuestra juventud, no suele ser la misma de nues- 
tra edad adulta o de nuestra vejez. Y esto mismo ocurre 
aún en las ciencias físico-naturales, pues mucho de lo que 
se nos enseñaba en la Universidad como verdadero, medio 
siglo atrás, hoy se considera como infundado o erróneo. Todo 
espíritu libre de prejuicios debe, en consecuencia, aceptar 
como inconcusa la relatividad de la verdad, y, por lo tanto, 
queda así perfectamente justificada la Hbertad de opinión 
expresada oralmente o por escrito, lo mismo que la libertad 
de enseñanza. 



130 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



León XIII quisiera que hubiesen cosas sagradas, inviola- 
bles, indiscutibles, siguiendo el criterio de su Iglesia que 
censuraba y censura, perseguía y martirizaba a los que duda- 
ban del origen divino de la misma o de la revelación bíblica. 
Hasta el siglo xix, la Iglesia católica, entonces omnipotente, 
no permitía que se pusiera en tela de juicio que la Biblia es 
un libro inspirado por Dios, y de acuerdo con él, enseñaba 
que el mundo había sido creado el año 4004 antes de Cristo; 
que la humanidad procedía de Adán y Eva, pareja formada 
por el mismo Dios; que existió un diluvio universal y que 
todas las especies vivientes no se extinguieron entonces, por- 
que hubo un hombre que siguiendo las indicaciones de ese 
Dios, construyó un arca grande en la que metió una pareja 
de cada una de aquellas especies; que la Tierra estaba inmó- 
vil, era plana o tenía la forma de un casquete esférico, y 
que era el centro del Universo, habiendo sido creado el Sol 
para que la alumbrara de día, y la Luna y las estrellas para 
que la alumbraran de noche, y así podríamos seguir llenando 
páginas enteras de las enseñanzas verdaderas ( ! ! ) que daba 
la infalible Iglesia, porque tenía "el mejor y más sej^uro 
maestro para el hombre. Dios, principio de toda verdad**. 
Léase, en comprobación de lo expuesto, el capítulo final 
del tomo vi de nuestra "Historia de la Religión de Israel**, 
en el que se dan algunos detalles de los esfuerzos que hizo la 
Iglesia, durante la primer mitad del siglo pasado, para im- 
pedir la comprobación de la remota antigüedad del hombre, 
condenando todos los descubrimientos de las entonces inci- 
pientes ciencias: la geología y la paleontología. 

El Estado, así como no debe proteger determinada reli- 
gión, tampoco debe imponer ninguna, las que sólo deberían 
estudiarse en el curso superior de Historia de las Religiones. 
Sostener, como lo hace León XIII, que la enseñanza neutral 
abre las puertas al ateísmo, es confesar paladinamente la in- 
eficacia de las razones que se dan en pro de la existencia de 
Dios; es declarar que sólo puede creerse en Dios, si se inculca 
tal creencia en las mentes de los niños, cuando éstos carecen 
del necesario razonamiento para apreciar lo que se les pre- 
senta como verdad indiscutible, enseñanzas que luego cris- 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



131 



calizan en el cerebro infantil y que muy difícilmente se 
modifican en los períodos posteriores de la vida. De ahí esc 
afán de la Iglesia católica por monopolizar la instrucción 
primaria; de ahí que León XIII insista en que la instrucción 
de la juventud sea religiosa, pues de lo contrario "se cierra 
en las almas la puerta a la religión". 

4" La Masonería. — Siguiendo el ejemplo de sus an- 
tecesores desde Clemente XIII, León XIII ataca desmedida- 
mente a la Masonería, sacándole, como se dice vulgarmente, 
los defectos al diablo, para aplicárselos a esta institución, la 
que, a su juicio, pertenece al reino de aquel maléfico perso- 
naje. La Masonería es hoy la béte noire del catolicismo, el 
que ha acumulado contra ella, cuanta inepcia y cuanto des- 
propósito se pueda imaginar. Bastaría para justificar a esa 
institución, el dar por sentado como verdades irrefragables 
las acusaciones que contra la misma formula León XIII en 
su encíclica Humanum genus. Si es cierto que la Masonería 
sustenta que todo debe estar subordinado a la razón, que no 
existe revelación divina, que Adán es un mito, y que por lo 
tanto no pudo haber pecado, que es partidaria del divorcio, 
de la instrucción laica, de las libertades individuales y pú- 
blicas, de la soberanía popular y de que las iglesias estén 
separadas del Estado, entonces debemos proclamar que la 
Masonería es una institución liberal y democrática que 
merece la consideración y el apoyo de todos los buenos ciu- 
dadanos. Si sacándole la careta a la Masonería, como quiere 
León XIII, es eso lo que encontramos, realmente que no se 
puede pedir mejor y más completa justificación de esa so- 
ciedad. Dada la importancia del tema, y lo poco que, en 
general, se sabe de cierto sobre la Masonería, séanos permi- 
tido examinar algo detenidamente, por lo menos, lo que nos 
enseña la historia sobre una rama de dicha institución, a sa- 
ber: sobre la Masonería francesa, para ver el grado de ver- 
dad y de justicia que encierran los ataques papales contra 
esa dependencia del reino de Satán (^) . 



(1) Sobre el origen de la Masonería y su historia en distintos 
países, especialmente en España, encontrará el cturioso lector intere- 



132 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



La Masonería apareció en Francia, como sociedad de pen- 
samiento, por el año 1730, y provenía de Inglaterra. Por 
los datos que nos han dejado las primeras logias, parece ser 
que sus miembros eran buenos burgueses, espíritus pacíficos, 
animados del generoso deseo de ver reinar la paz entre los 
hombres de buena voluntad. En sus estatutos encontramos 
estas dos disposiciones que muestran el espíritu que ani- 
maba a los masones: "Nadie será recibido en la Orden, si no 
promete y jura inviolable adhesión a la religión, al Rey y a 



santes datos en el artículo Francmasonería del difundido Diccionario 
Enciclopédico Hispanoamericano. De ese artículo transcribimos lo 
siguiente: "Esta asociación universal no es una sociedad secreta, 
como vulgarmente se cree, sino vma sociedad sometida a las leyes 
de cada país, que persigue un fin ... la Fraternidad Universal. Es 
también un sistema de Filosofía práctica que promueve la civiliza- 
ción, ejerce la beneficencia y tiende a mejorar las costumbres y 
mantener el honor en los sentimientos. Deben formar la sociedad 
hombres escogidos, dispuestos a sacrificarse en aras de la humani- 
dad y a obrar siempre con arreglo a los principios eternos de jus- 
ticia y de derecho. No es la Francmasonería una religión positiva, 
ni una escuela filosófica, ni un partido político . . . Para ella todos 
los hombres, sea cual fuere su raza, son hermanos. . . Educar, ins- 
truir, moralizar a los hombres es la principal tarea de la Francma- 
sonería. Y los educa, instruye y moraliza mediante fraternal unión 
de todos los iniciados, unión y asociación en la que de continuo se 
trabaja para investigar la verdad, y en la que todos se obligan a 
obrar y a vivir según la verdad hallada, y a practicar el bien y la 
virtud según la razón ordena. Es así, la Francmasonería, en último 
término, el ideal parcialmente realizado, de la suma perfección 
humana". 

En épocas de persecución, esa institución tomaba, sin embargo, 
el carácter de sociedad secreta, como ocurrió en España a mediados 
del siglo xvni, lo que no impedía que prosperara rápidamente. 
Conviene recordar el siguiente incidente: "Por iniciativa del jesuíta 
Rábago, confesor de Fernando VI, vino en 1750 a Madrid el fraile 
José Torrubia, que llegó a ser revisor y censor del Santo Oficio, del 
cual recibió la orden de iniciarse en una Logia con nombre supues- 
to, para conocer a los francmasones y sus secretos, obteniendo pre- 
viamente del Gran Penitenciario papal las oportunas dispensas para 
prestar cuantos juramentos le exigieran. Dióse Torrubia tan buena 
maña que en poco tiempo recorrió todas las Logias de la península, 
presentándose después al Tribunal Supremo de la Inquisición con 
una lista de 97 Logias y los nombres de sus afiliados. La importan- 
cia de aquéllas, en que la mayoría de sus miembros pertenecían a 
la nobleza y a las clases influyentes, hizo que el Santo Oficio, para 
ponerse a cubierto, recabara del rey la interdicción de la Orden, y 
Fernando VI, por decreto del 2 de julio de 1751, la prohibió en todo 
el reino, y dictó pena de muerte para todo aquel que la profesara". 
La institución tuvo también que pasar por distintas vicisitudes en 
1849, a causa de la traición del Gran Secretario de la misma, que lo 
era en ese entonces, el cura Basilio García. 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



133 



las costumbres. Todo aquel que coloca la soberana felicidad 
en el beber, comer y dormir, y la perfección del espíritu en 
gozar, cazar, bromear, enterarse de las toilettes, hablar el 
lenguaje de las callejuelas y leer sólo obras frivolas, es inca- 
paz de entrar a la Orden". 

Como el Gobierno de Luis XV había comenzado a inquie- 
tarse contra aquella nueva sociedad, cuyos ritos secretos pre- 
ocupaban a la autoridad, un masón escocés católico, natu- 
ralizado en Francia, llamado Andrés Miguel Ramsay, que 
debía su título de caballero de San Lorenzo al Regente 
Felipe de Orleans, concibió el plan, que después se llevó a la 
práctica, de reformar la Masonería, poniendo a su frente 
un Gran Maestre, de la más rancia nobleza, que fuera ele- 
gido por los Maestres de las logias de París, y así el Gobierno 
no podría albergar dudas sobre la fidelidad de la orden ma- 
sónica. Ramsay escribió un discurso de recepción de los nue- 
vos iniciados, en el que se expone con claridad los fines 
perseguidos por aquélla y cuyas ideas constituyen la base 
de la doctrina de la nueva institución. 

Según Ramsay, cuatro son las virtudes masónicas, a saber : 
la filantropía, la moral pura, el secreto inviolable y el gusto 
por las ciencias útiles y por las bellas artes. La filantropía 
masónica es una fraternidad universal, que considera "al 
mundo entero como una gran República, en la que cada 
país es una familia, y cada individuo, un hijo". Las nacio- 
nes antiguas sucumbieron, porque en ellas el excesivo y mal 
entendido amor de la patria destruía el amor de la huma- 
nidad. Pero esta nación completamente espiritual no debe 
anular los diversos deberes que exige la diferencia de Estados. 
Quedaban así bien distinguidos los deberes del patriotismo 
de los de la humanidad. De las logias deben desterrarse las 
disputas que podían alterar la tranquilidad del espíritu, 
siendo las obligaciones que se imponen a sus miembros, según 
decía Ramsay: "proteger a los cofrades con vuestra auto- 
ridad, ilustrarlos con vuestras luces, edificarlos con vuestras 
virtudes, socorrerlos en sus necesidades, sacrificar todo resen- 
timiento personal, y buscar todo lo que pueda contribuir a 
la paz, a la concordia y a la unión de la Sociedad". Recor- 



134 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



dando que los antiguos misterios habían degenerado por 
haberse admitido personas de uno y otro sexo en asambleas 
nocturnas, se decidió no admitir mujeres en la Orden, "por 
miedo de que entrando el amor con sus encantos, no oca- 
sionase el olvido de la fraternidad". Este discurso, que nunca 
fue pronunciado, y que concluía saludando a Francia con 
el título de "Patria del género humano", sirvió de modelo 
al que después se pronunciaba en la recepción de los maso- 
nes — algunos de cuyos párrafos hemos transcrito entre 
comillas — , y contribuyó al desenvolvimiento ulterior de la 
sociedad masónica. 

Aceptadas las ideas de Ram^ay, sucesivamente se eligieron 
nobles de alta alcurnia para gobernar la Masonería, los que 
desempeñaron el nuevo cargo con el título de Gran Maestre, 
siendo el primero de ellos, Luis de Pardaillan de Gondrín, 
duque de Antin, que rigió la institución de 1738 a 1743, 
desapareciendo desde entonces las persecuciones del poder 
real contra ella. Como se ve, nada tenía de censurable, ni de 
revolucionaria, ni de anticlerical, la nueva Orden, y sin em- 
bargo, el Papa de entonces, Clemente XIII, en su bula 1n 
eminenti aposfolatus spécula, de abril 28 de 1738, trató de 
fulminarla con sus rayos, por ser los masones miembros de 
una sociedad secreta que admitía en su seno afiliados no 
católicos. Los papas posteriores no hicieron otra cosa que 
seguir las huellas de Clemente XIII a este respecto, redoblan- 
do sus ataques y sus calumnias contra la Masonería. Nótese 
que Ramsay era católico, como lo fue el conde de Barnwall 
de Tremlestown, gran señor irlandés, desterrado de su país 
por su fe religiosa, que se radicó en Tolosa, donde fundó la 
logia Escoceses fieles, llamada más tarde Sabiduría, y a quien 
se le consideraba como padre de la masonería tolosana. Has- 
ta la Revolución Francesa, por lo menos, no dejaron de 
formar parte de la Masonería católicos militantes. 

Junto a esta Masonería oficial, existía la Reforma Esco- 
cesa, que se caracterizaba por su pretensión de proceder de 
la orden de los antiguos Temolarios, y que además de los 
tres grados clásicos de aquélla: aprendiz, compañero y 
maestro, admitía otros más elevados y grupos secretos de 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



135 



iniciados privilegiados que podían manejar ocultamente las 
logias. Según un historiador masón, esos grados escoceses no 
tenían otra fuente positiva que la imaginación más o menos 
erudita de los que los crearon. La Masonería escocesa, que 
buscaba depurar la Orden volviéndola más aristocrática, 
distinguía los grados caballerescos relacionados con las anti- 
guas órdenes, a la vez religiosas y militares, provenientes de 
las Cruzadas, y los grados o ritos de venganza con los cua- 
les parece se quería enseñar a los adeptos el odio al papado 
y a la monarquía capeta, para vengar la injusticia cometida 
contra Santiago Molay, el último Gran Maestre de la orden 
de los Templarios, que fue quemado vivo en el año 1314, 
por instigación de Felipe el Hermoso y del papa Clemente V. 

A esta Masonería escocesa de tendencias místicas y ocul- 
tistas — carácter general de las numerosas sociedades secre- 
tas del siglo xviii — , pertenecía un católico tan ortodoxo y 
tan defensor del papado, como el célebre escritor José de 
Maistre. Ahora bien, este autor que había llegado a los más 
altos grados de la Masonería, y que, por lo tanto, la conocía 
bien, en su Memoria al duque Fernando de Brunswick, Gran 
Maestre de la Masonería Escocesa de la Estricta Observancia, 
manifiesta con "los Hermanos más sabios de nuestro Régi- 
men, que existen grandes razones para creer que la ver- 
dadera Masonería no es sino la Ciencia del hombre por exce- 
lencia, o sea, el conocimiento de su origen y de su destino". 
Propiciaba la idea que el fin religioso de los masones debe- 
ría ser la reunión de las iglesias y el progreso del cristianis- 
mo; y concretaba su opinión sobre la Masonería diciendo: 
"una sociedad, cuyos miembros todos, al ingresar a ella, se 
comprometen a hacer todo el bien que de ellos dependa, 
es sin disputa una institución muy respetable, independien- 
temente de cualquier otra consideración". Como se ve, hay 
un abismo entre la opinión sobre la Masonería formulada 
por León XIII, quien al considerarla como una dependencia 
del reino de Satanás hablaba de ella sólo de oídas, y la del 
ferviente c?tólico, más paoista que el Papa, José de Mai?tre, 
quien se expresaba con pleno conocimiento de esa institu- 
ción, en la que ocupaba prominentemente puesto. 



136 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



Desde 1769, época de la creación de la logia de las Nueve 
Hermanas, comienza a hacerse sentir en la Masonería fran- 
cesa la influencia de los filósofos. Numerosos colaboradores 
de Diderot formaban parte de ella, y Diderot mismo apro- 
baba el ideal de la Masonería en lo tocante a la libertad de 
conciencia y a la dignidad de la persona humana. En 177} 
sufre la Masonería una gran reforma, según la cual se crea 
bajo el nombre de "Gran Oriente" una asamblea delibe- 
rante, la única que tiene el derecho de legislar en la Orden, 
asamblea formada por diputados de todas las logias, no 
reconociéndose en adelante por Maestro o Venerable de 
logia, sino a aquel de ese grado que fuera elegido libremente 
por los miembros de la misma. Este ensayo de gobierno re- 
presentativo, junto con las ideas de libertad y de igualdad 
que se iban desarrollando en las logias, contribuyeron en 
parte a formar el ambiente, cuyas ideas cristalizaron, algo 
más tarde, en la Declaración de los Derechos del Hombre. 
Napoleón trató de subordinar la Masonería a sus planes, 
haciendo que ingresaran a ella muchos altos dignatarios de 
su corte, y haciendo nombrar a su hermano José, Gran Maes- 
tre de la misma. A favor del apoyo oficial se acrecentó la 
prosperidad material de dicha Institución, bien que a expen- 
sas de su liberalismo anterior; pero desde entonces se fue 
acentuando su carácter anticlerical, que ha conservado hasta 
el presente. 

Durante la Restauración, la Masonería permanece sojuz- 
gada al poder público, al que adulan su5 altos dignatarios, 
por lo que es para ella un período de decadencia; pero sur- 
gen logias disidentes hostiles a la monarquía, y organizacio- 
nes republicanas, como la de los carbonarios, de origen ita- 
liano, de que ya hemos hablado, calcadas sobre las prácticas 
masónicas, y cuyos dirigentes eran en su mayoría masones 
regulares. Merece citarse especialmente por sus sentimientos 
antibonapartistas, la logia "Amigos de la Verdad" (1820), 
en la cual, en "cada una de sus sesiones y de sus recepciones 
se m.aldecía el recuerdo del déspota; y tanto el Venerable 
como los oficiales de la Logia y los recipiendarios, a cual más, 
le reprochaban con la mayor amargura las desgracias de la 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



137 



patria, la destrucción de la República de donde él había 
salido, y el restablecimiento del poder sacerdotal y de leyes 
tiránicas". Durante la monarquía de Julio, se va produ- 
ciendo en la Masonería una evolución de ideas que corre pa- 
rejas con la del espíritu público, aunque en sus actos exterio- 
res se había adaptado al nuevo Gobierno, como lo había 
hecho con los anteriores. La orientación política de la mayo- 
ría de los masones era cada vez más democrática, e iban en 
aumento las logias netámente republicanas. 

La Masonería, siempre pronta a aceptar la autoridad 
existente, adhirió a la segunda República, surgida de la revo- 
lución del 24 de febrero de 1848, con tanta mayor razón 
cuanto que ya una buena parte de sus afiliados eran de ideas 
republicanas. Pero las sangrientas jornadas de julio de ese 
año, en las que pelearon encarnizadamente 40.000 soldados 
al mando del general Cavaignac contra 50.000 obreros insu- 
rreccionados, que dió, con la derrota de éstos, un saldo de 
miles de muertos, ocasionó un repliegue de los espíritus hacia 
concepciones menos avanzadas y una vuelta a la tradición 
como base del orden. Esto trajo, como consecuencia, que la 
Masonería, aunque siempre hostil a los jesuítas y al papado, 
se inclinara a considerar necesaria la religión para el pueblo 
— idea característica del segundo Imperio — , y por eso al 
modificar sus estatutos, se le dió oficialmente un fundamen- 
to espiritualista, como resulta del artículo 1' de la Consti- 
tución de 1849, que dice así: "La Francmasonería, institu- 
ción eminentemente filantrópica y progresiva, tiene por base 
la existencia de Dios y la inmortalidad del alma, y por obje- 
to, el ejercicio de la beneficencia, el estudio de la moral 
universal, las ciencias, artes y la práctica de todas las vir- 
tudes, siendo siempre su divisa: Libertad, Igualdad, Fra- 
ternidad". ' ' * ' 

El golpe de Estado de Luis Napoleón en diciembre 2 de 
ISn, fue aceptado pasivamente por la Masonería, aunque 
algunas logias en las que predominaba el elemento republi- 
cano, se convirtieron en centros activos de oposición. Como 
para no inspirar desconfianza al Dictador imperante, la Ma- 
sonería oficial eligió en 1852 Gran Maestre, al príncipe 



138 



CELEDONIO NIN Y SELVA 



Murat, primo de aquél, quien habiéndose en 1861, mostrado 
favorable al poder temporal de los papas, suscitó en su 
contra la oposición de la izquierda masónica, la que proclamó 
para sustituirlo, al príncipe Jerónimo Napoleón, más anti- 
clerical que Murat. En ese año 1861, el Venerable de una 
logia francesa emitía su opinión sobre la orden masónica, 
en estos términos: "La Francmasonería es una institución 
conservadora, organizada para la dicha de los hombres. Sus 
miembros son esencialmente amigos de la moral, de las cien- 
cias, de la filosofía y sobre todo de la filantropía ... Su 
mano puede llevar la antorcha que debe iluminar a los hom- 
bres; pero nunca se ha servido de ella para encender el incen- 
dio, en ningún paraje de la tierra. Su voz es débil, aunque 
se hace oír; dice y repite: Adorad a Dios, servid a los sobe- 
ranos, ayudad a vuestros semejantes". La Masonería oficial 
no era, pues, una organización revolucionaria que pudiera 
infundir temor al Poder público, y por el contrario, tan 
dócil y servil se mostró con éste, que admitió que Napo- 
león III le impusiera por decreto gubernativo del 11 de 
enero de 1862, al mariscal Magnan como Gran Maestre del 
Gran Oriente de Francia. 

En virtud de los desaciertos políticos de Napoleón III y 
ante la arrogancia agresiva de Pío IX, la Masonería vuelve 
a inclinarse a la democracia y al racionalismo, y se arraiga 
cada vez más en sus convicciones anticlericales. Derrumbado 
el segundo Imperio, esa evolución democrática de los maso- 
nes inquietó al Gobierno reaccionario que se llamó del Orden 
Moral, siendo cerradas por la policía muchas de sus logias, 
acusadas de tratar de organizar la República, cesando esa 
persecución sólo a fines de 1877. En este año, el Gran 
Oriente tomó la importante resolución de suprimir la invo- 
cación ritual al comienzo de todos los actos masónicos, con- 
cebida así: "En el nombre y bajo los auspicios del Gran Ar- 
quitecto del Universo", por razones de tolerancia y en vir- 
tud de no ser la Masonería una religión, y que por lo tanto, 
no debe afirmar doctrinas o dogmas en su Constitución. 

Es interesante notar que esta decisión fue tomada después 
de consultadas las respectivas logias, y de haber presentado 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



139 



un notable informe sobre esa apasionante cuestión el pastor 
protestante Federico Desmons, informe del cual transcri- 
bimos este párrafo: "Dejemos a los teólogos la preocupación 
de discutir los dogmas; dejemos a las iglesias autoritarias la 
tarea de formular sus Syllabus; pero que la Masonería per- 
manezca lo que debe ser, esto es, una institución abierta a 
todos los progresos, a todas las ideas morales y elevadas, a 
todas las inspiraciones amplias y liberales. Que nunca des- 
cienda a la ardiente arena de las discusiones teológicas, las 
que siempre han ocasionado perturbaciones y persecuciones. 
Que evite querer ser una iglesia, un concilio, un sínodo, 
porque todas las iglesias, todos los concilios, todos los sínodos 
han sido violentos y perseguidores, y esto, por haber que- 
rido siempre tomar por base el dogma, que por su natura- 
leza, es esencialmente inquisidor e intolerante. Que la Maso- 
nería se cierna, pues, majestuosamente por encima de todas 
esas cuestiones de sectas o de iglesias, que desde su altura 
domine todas sus discusiones ; que permanezca siendo el vasto 
abrigo siempre abierto a todos los espíritus generosos y va- 
lientes, a todos los investigadores conscientes y desinteresa- 
dos de la verdad, a todas las víctimas, en fin, del despotismo 
y de la intolerancia". Sin embargo, algunas ramas de la Maso- 
nería francesa han continuado manteniendo en sus Cons- 
tituciones la creencia en el Gran Arquitecto del Universo, 
como fundamento de la institución, a fin de asegurarle a 
ésta un espíritu religioso aunque independiente de la mate- 
ria religiosa. Esas ramas teístas son las reconocidas por la 
Gran Logia de Inglaterra y las que mantienen relaciones 
oficiales con la misma. 

Los enconados y malévolos ataques de la Iglesia contra la 
Masonería, produjeron en Francia estos dos resultados: 
1' Contribuyeron a un extraordinario aumento de sus ad- 
herentes, pues, como dice el historiador Gastón-Martín, 
"presentada por la Iglesia como el reducto defensivo de la 
República y del racionalismo, a causa de esta propaganda, 
ha agrupado la mayor parte de los demócratas y de los inte- 
lectuales que sentían la necesidad de unirse para hacer frente 
a pretensiones de dominación universal renovadas de una 



140 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



teocracia medioeval". 2' Contribuyeron igualmente a trans- 
formar en anticlericalismo militante la tolerancia escéptica 
de muchos de sus miembros, que llegaron a convencerse de 
que la indiferencia ante los ataques debe cesar allí donde 
comienza la difamación. "Una nueva leyenda masónica, 
escribe el citado Gastón-Martín, embellecida con toda clase 
de hechos apócrifos, constituye actualmente uno de los clá- 
sicos espantajos del partido reaccionario. En ella se pinta a 
la Masonería como vendida al extranjero, aun cuando ha 
roto todos los lazos con las obediencias (las otras sociedades 
similares) extranjeras; destructora de la familia, por aquellos 
que rehusan constituir ellos mismos una familia; enemiga de 
la patria, por gentes que prefieren el destierro a la sumisión 
a la ley, etc. . . . Numerosos son, pues, los masones que han 
puesto en evidencia, oralmente o por escrito, la antinomia 
de los fieles de un Dios de paz que no predican sino la guerra 
civil; el despropósito histórico de una institución que ha- 
biendo evolucionado como todo lo demás, continúa preten- 
diendo ser ella única inmutable y eternamente idéntica a 
sus orígenes; la mala fe de exégetas que no respetan ni el 
espíritu, ni la letra de los textos para engañar las concien- 
cias algo flexibles y los cerebros menos prevenidos". 

En resumen, pues, León XIII al describir como agentes 
de Satanás a los masones, no ha hecho otra cosa que repro- 
ducir una porción de lugares comunes, buenos sólo para im- 
presionar a sus fieles, que no investigan lo que pueda haber 
de cierto en las afirmaciones que se les ofrecen como mani- 
festaciones de la verdad absoluta expuestas por un super- 
hombre infalible. ¿En qué habrían podido ser verdaderos 
sus ataques contra la Masonería? ¿Acaso en que se trata de 
una sociedad de ritos secretos, o en que sus miembros usan 
vestimentas o practican ceremonias ridiculas en sus reunio- 
nes? Pero en cuanto a lo primero, la Masonería realmente 
hoy no es una sociedad secreta, pues la autoridad civil cono- 
ce perfectamente la existencia de sus logias, sus lugares de 
reunión, sus estatutos y quiénes las dirigen y presiden. Sólo 
existe el secreto o la reserva en el interior de sus locales, don- 
de una regla social obliga a sus miembros a no divulgar los 



HISTORIA POLITICA DE LOS PAPAS 



141 



trabajos que se persiguen, lo que no es contrario a las leyes 
nacionales, y ya hemos visto que la fraternidad humana es 
el fin fundamental de la institución. Por otra parte los mis- 
terios de las logias son ya bien conocidos, lo mismo que los 
adversarios de la Masonería se han encargado de publicar el 
simbolismo del lenguaje masónico, de las ceremonias de ini- 
ciación y de las reuniones, etc. 

Y no deja de ser extremadamente curioso, que censure a 
la Masonería como sociedad secreta, quien concluye sus dia- 
tribas contra la misma, preconizando y recomendando la 
orden Tercera de San Francisco, es decir, una verdadera 
sociedad secreta católica. Ahora, si los reproches a la Maso- 
nería se basan en argumentos como estos que formula Enri- 
que Mazel: "No se concibe porqué sus miembros se disfra- 
zan con oropeles grotescos, se someten a ritos absurdos por 
no decir humillantes, y se creen obligados a hablar en un 
dialecto de Canaán que es francamente ridículo", puede 
replicarse con esta respuesta que al citado escritor da Andrés 
Lorulot: "Mazel combate los oropeles ridículos de los maso- 
nes; pero, ¿por qué no ataca igualmente las casullas, sotanas, 
estolas y otros ornamentos sagrados? ¿En qué el pequeño 
mandil del masón (insignia masónica en representación del 
mandil de los obreros) sería más ridículo que el sobrepelliz 
del sacerdote, la mitra del obispo o el casquete del rabino? 
Tal argumento sería lógico en la pluma de un sincero libre- 
pensador, enemigo de todo misticismo y de toda ceremonia 
de carácter ritual, lo que no es el caso del señor Mazel, quien 
respeta el catolicismo y se guarda bien de criticar a los 
sacerdotes". 

Nuestra opinión personal sobre la sociedad de la referencia 
está de completo acuerdo con la del doctor Angel Ossorio, 
en su reciente libro ''Kivadavia", cuando dice: "La masone- 
ría es una institución simpática en cuanto su objeto consiste 
en defender la libertad de los pueblos y de los hombres (y en 
trabajar en pro de la fraternidad universal, agregamos nos- 
otros). Sólo me repele de ella el secreto, el misterio, los 
ritos, las ceremonias, los convencionalismos. La labor masó- 
nica realizada a la luz del día y en medio de la calle, me 



142 



CELEDONIO NIN Y SELVA 



parecería admirable. Cierto que el secreto pudo ser necesario 
para defenderse de los Gobiernos tiránicos que no admitían 
la pública contradicción de sus actos. Pero mientras preva- 
leció el sistema liberal del siglo xix, que permitía hacer todas 
las cosas a las claras, la actuación en la sombra me ha pare- 
cido innecesaria, infantil y desprestigiante" (p. 36). 

En conclusión, el espíritu liberal que alienta a la Maso- 
nería — por más conservadora que ella sea actualmente en 
países como Inglaterra, Suiza y Estados Unidos de Amé- 
rica — , explica tanto los ataques que incesantemente le diri- 
ge el papado, como que los Gobiernos totalitarios se hayan 
apresurado a decretar el cierre de sus logias, lo mismo en la 
Alemania de Hitler y en los países que ella domina, como 
en Noruega (decretos de las autoridades alemanas de setiem- 
bre de 1940), que en el Gobierno francés de Vichy (agosto 
de 1940) y en la Italia de Mussolini, a pesar de que en este 
último país, al advenimiento del fascismo, la Masonería 
italiana se dividió en dos fracciones, de la cual, la más nume- 
rosa, contribuyó con cinco millones de liras a la marcha de 
Mussolini contra Roma. ¡Elocuente ejemplo este último que 
comprueba una vez más la falibilidad humana, y cómo se 
equivocan a veces las personas más bien intencionadas! 

Diplomacia y política de León Xill. — Expuestas es- 
tas breves observaciones sobre el contenido de las principales 
encíclicas del primer período de León XIII, nos resta como 
enseñanza final de todas ellas, el consejo que da ese papa 
al terminar, en su Immortale Dei, y que se resume así: 
1' Conviene que los católicos presten su concurso en la 
administración municipal, para tratar de que la autoridad 
haga dar educación religiosa a la juventud; y 2" deben ade- 
más aquéllos esforzarse en conseguir los altos cargos públi- 
cos para infundir en todas las venas del Estado la influencia 
de la religión católica. En estas dos conclusiones se condensa 
toda la diplomacia y toda la política de León XIII: no dejar 
que los liberales y librepensadores se apoderen de los prime- 
ros puestos de la administración, desde los cuales podrían 
dañar los intereses de la Iglesia, y en cambio, hacerlos ocupar 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



143 



por católicos para que favorezcan dichos intereses. El sagaz 
espíritu de León XIII comprendió que la áspera política de 
Pío IX, aislando el papado de la sociedad moderna, lo había 
condenado a la impotencia, y por lo tanto, que había que 
cambiar de rumbo a la Iglesia, de modo que ésta se mos- 
trase, a lo menos aparentemente, amiga de las ciencias, del 
progreso y de aquellas libertades ya definitivamente consa- 
gradas por la experiencia, esperando que con tal cambio de 
táctica se conseguiría más fácilmente el anhelado predomi- 
nio total del mundo, que es el ideal que ella persigue. 

Vinieron a coadyuvar a esa finalidad dos factores de pri- 
mer orden, a saber: 1' la declaración del concilio del Vati- 
cano que reconociendo la infahbilidad pontificia aseguraba 
al Papa el absolutismo de su gobierno eclesiástico, de modo 
que podía contar en adelante con un clero que no se atre- 
vería a discutir sus mandatos, y con fieles católicos dispues- 
tos a aceptar sumisamente las órdenes que les impartiera su 
Jefe infalible. Y sabido es, en épocas de lucha, las ventajas 
que ofrece un gobierno totalitario, que toma rápidas deci- 
siones y cuyas órdenes son indiscutibles, sobre un gobierno 
constitucional en el que las graves resoluciones de las que 
depende el porvenir del país, son motivo de largas y a veces 
interminables deliberaciones, que no sólo hacen perder un 
tiempo precioso, sino que dan la sensación de debilidad o de 
impotencia, y siempre de falta de unión. T Un partido ca- 
tólico nacional en cada Estado, sometido ciegamente al Papa, 
o la utilización de partidos conservadores prontos a servir 
los intereses de la Iglesia, identificados con los suyos pro- 
pios. La experiencia de los últimos años, al respecto, según 
lo hemos expuesto en el anterior capítulo, comprobaba a 
León XIII toda la utilidad, en beneficio de su causa, que 
se podía obtener de esa arma política bien manejada. 

Cuando en 1870 terminó el poder temporal de los papas, 
muchos creyeron que éstos, en adelante, se concretarían a 
su misión espiritual y no intervendrían ya en la política 
mundana; pero los que así pensaron, olvidaron que la Igle- 
sia constituida en formidable organización, dirigida por 
un jefe absoluto, a quien todos sus fieles reverencian como 



144 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



delegado de la divinidad, siempre trataría de ejercer acción 
política con la finalidad de aumentar el número de sus adhe- 
rentes, o bien para combatir por la coacción las ideas con- 
trarias a las suyas, o para atacar a los Gobiernos que se opu- 
sieran a su obra de proselitismo. El autorizado escritor 
católico, Mauricio Pernot, escribe al respecto: "El papado 
no puede renunciar al papel político que representa desde 
hace tanto tiempo, sin comprometer su fortuna y aun sin 
traicionar algunas de sus aspiraciones esenciales. La política 
exterior de la Santa Sede será más o menos aparente, según 
los sucesos y según las personas: tan pronto se confundirá 
con su acción religiosa, tan pronto, por el contrario, no se 
podrá relacionar la una a la otra sino por esfuerzo de una 
lógica complaciente. Para justificar su intervención en los 
asuntos del mundo, alternativamente invocarán los jefes 
de la Iglesia, ya la exigencia de los principios, ya la de las 
circunstancias; pero tendrán razones de obrar mientras ten- 
gan medios de acción; y en todas partes donde haya católi- 
cos, clero y episcopado, se comprende que esos medios nunca 
podrán faltarles". 

Veamos ahora el resultado de la intervención de León XIII, 
en la política de algunos de los países europeos. 

La política de León XIII con Francia. — En Francia, 
al advenimiento de aquel Papa, los partidos monárquicos 
eran los partidos netamente clericales. Durante el Gobierno 
del Orden Moral, al fin del pontificado de Pío IX, ya hemos 
visto que el Ministerio del duque de Broglie estaba com- 
puesto de ultramontanos, que perseguían tanto el triunfo 
de la Iglesia, como la restauración de la monarquía, for- 
mando el clero los cuadros de su ejército electoral. Cuando 
después de Mac Mahón ocupó Julio Grevy la Presidencia 
de la República, comenzó el nuevo período que se ha carac- 
terizado por la fórmula: "La República para los republi- 
canos", a la inversa del régimen anterior de "República sin 
republicanos". La gran obra de la enseñanza primaria, gra- 
tuita, obligatoria y laica, comenzada en la monarquía de 
Julio por Guizot, continuada en el Imperio por Víctor 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



145 



Duruy, y proseguida en la tercer República por Jules Ferry, 
triunfó al fin en la presidencia de Grevy, a pesar de la recia 
oposición del clericalismo. Los republicanos, tanto modera- 
dos como radicales, eran generalmente liberales, al contrario 
de los monárquicos, que, a pesar de sus divisiones en legiti- 
mistas, orleanistas y bonapartistas, se mantenían unidos en 
defensa de los intereses de la Iglesia, que era su común y 
más fuerte apoyo C) ' 

Habiendo muerto el príncipe imperial en Sud África, y 
habiendo, en 1883, fallecido también el conde Chambord, 
jefe del legitimismo, todos los monárquicos se unieron, bajo 
el nombre de Oposición constitucional, para luchar en las 
elecciones de 1885, en pro de la reHgión católica y de los 
intereses conservadores, contra las leyes escolares, la expul- 
sión de las congregaciones, la expedición al Tonkín y los 
gastos exagerados. Para apreciar este último punto del pro- 
grama de dicho partido clerical, debe recordarse que los 
republicanos desde 1879, habían adoptado el principio de 
"los gastos productivos", es decir, los necesarios para la 
constitución de la democracia y para el progreso del país, 
como construcción de ferrocarriles y dé escuelas prima- 
rias. Téngase presente que en la ley de 1833 sobre refor- 



(1) En cuanto al poderío y a los recursos de que disponía la 
Iglesia en las últimas décadas del siglo xix, en Francia, he aquí los 
datos que nos suministra el Diccionario Enciclopédico Hispanoame- 
ricíino: "La Iglesia católica es muy poderosa en Francia, acaso más 
que en ningún otro país del mundo; el clero está perfectamente 
organizado y percibe más limosnas que el de otra cualquier nación. 
Los conventos son muy numerosos, y aunque no poseen la enorme 
riqueza territorial que tenían antes de 1789, colocan bien sus capi- 
tales y toman parte muy considerable en los beneficios de la gran 
industria, de la navegación y de la banca. Contando los sacerdotes, 
los seminaristas y los frailes y monjas de todas las órdenes, la 
Iglesia católica está representada oficialmente en Francia por cerca 
de 250.000 individuos, de los que casi las cuatro quintas partes 
pertenecen a las congregaciones religiosas. A principios del año 1880 
el número de asociaciones no autorizadas era de 986: de hombres 
384. y de mujeres 602, con 7.444 religiosos y 14.003 religiosas res- 
pectivamente. Los jesuítas poseían 27 casas con 847 individuos. El 
capital de estas congregaciones representaba en inmuebles 740 mi- 
llones de francos y llega probablemente a dos mil millones contando 
los demás valores. De 1872 a 1877 los donativos y legados hechos a 
la Iglesia llegaron a la suma de 56.350.000 francos" (Art. Francia). 
Al respecto recuérdese la frase de Napoleón: L'argent iait la guerre. 



146 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



ma de la enseñanza durante el gobierno de Luis Felipe, 
Guizot dejó de lado lo relativo a escuelas de niñas, "con gran 
sentimiento, decía él, porque así lo ordena la razón de eco- 
nomía", ¡como si debiera haber una razón de economía 
— comenta Pablo Bert — que autorice a colocar la mujer 
en un grado inferior al hombre! 

De las citadas elecciones de 1885 salió una Cámara com- 
puesta de 202 diputados conservadores y 382 republicanos, 
en la que se sancionó la ley de 1886, que terminó de orga- 
nizar la enseñanza primaria, excluyendo de las escuelas pú- 
blicas a los maestros y maestras congregacionistas, o sea, 
pertenecientes a las congregaciones religiosas. Pero debido a 
las veleidades de la política, al año siguiente, se formó el 
ministerio Rouvier, compuesto de republicanos moderados, 
que se entendió con el clero y con los conservadores para 
combatir a los radicales, que defendían el impuesto a la 
renta y querían que las iglesias estuvieran separadas del Es- 
tado. León XIII comprendió entonces la conveniencia que 
habría para la Iglesia en dejar de sostener a los monárqui- 
cos franceses y plegarse a la causa de la República, cuya 
vitalidad parecía definitivamente asegurada. Sin embargo, 
como después ocurrió la crisis boulangerista — movimien- 
to político en el que las congregaciones apoyaron al gene- 
ral Boulanger en su intento de dictadura — , el Papa retardó 
su decisión, hasta que en las elecciones generales de setiem- 
bre de 1889, los republicanos unidos vencieron rotunda- 
mente a la coalición de los enemigos de la república parla- 
mentaria: monárquicos, católicos y revisionistas sostenidos 
públicamente por el clero, dando una Cámara nueva com- 
puesta por 366 republicanos, 172 conservadores y 38 revi- 
sionistas de la Constitución. Producido este resultado, 
León XIII, que ya había ido preparando el terreno por 
intermedio de sus diversos nuncios en París (Czacki, di 
Rende, Roselli y Ferrata) para buscar un acuerdo con las 
autoridades constituidas, y que en enero de 1890, en su encí- 
clica Sapientice Christiance había vuelto a proclamar lo ya 
enseñado en la encíclica Libertas prcestantissimutn, a saber, 
que la Iglesia, en principio, no se opone a ninguna forma de 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



147 



gobierno, se decidió a dar el paso decisivo y aconsejar a los 
católicos franceses que se adhirieran a la República. Este 
paso parecía tan difícil, que el cardenal Place, arzobispo de 
Rennes, se rehusó a darlo, cuando se le insinuó que lo hiciera. 

León XIII encargó entonces de esa misión al cardenal 
Lavigerie, arzobispo de Cartago y Primado de África, quien 
en un banquete efectuado en Argel, el 12 de noviembre 
de 1890, en honor de los oficiales de la escuadra francesa, 
declaró en un célebre discurso que a los católicos les había 
llegado la hora de adherirse francamente a las instituciones 
existentes, diciendo: "Es necesario separar la acción cató- 
lica de la de los antiguos partidos, y no dejar hacer un mal 
uso del nombre y de la autoridad de la religión, para servir 
intereses puramente humanos . . . Cuando se ha afirmado 
netamente la voluntad de un pueblo, y que la forma de 
gobierno no tiene en sí nada de contraria a los principios 
que dan vida a las naciones cristianas y civiHzadas, según 
recientemente lo decía León XIII; cuando hay que adherir 
a esa forma política para arrancar al país de los abismos 
que lo amenazan, entonces sólo resta sacrificar todo lo que 
la conciencia y el honor nos permiten sacrificar, para la 
salvación de la patria". 

La fracción exclusivamente católica del partido conser- 
vador, encabezada por el conde Alberto de Mun, con la 
colaboración de Piou y de Esteban Lamy (quien ya ante- 
riormente había tentado formar un partido republicano ca- 
tólico) , siguió el consejo papal y se adhirió oficialmente a la 
República, con el fin de alcanzar el Gobierno y hacerle 
adoptar una política favorable al clero. León XIII apoyó esa 
evolución, manifestando que debía "aceptarse la Constitu- 
ción para modificar la legislación", esto es, para derogar 
las leyes escolares, las relativas a las congregaciones, y la ley 
militar que imponía el servicio obligatorio a los miembros 
del clero. 

Por supuesto que a los realistas franceses les incomodó 
sobremanera aquella intervención del Pontífice en la polí- 
tica interna de Francia; pero los católico?^, cuando se ha 
pronunciado sobre un astmto su Jefe absoluto e infalible, 



148 



CELEIX)NIO NIN Y SELVA 



no tienen otro camino que someterse dócilmente a la deci- 
sión papal, so pena de quedar fuera de la Iglesia como heré- 
ticos. En este caso, León XIII publicó una encíclica en fran- 
cés, Au milieu des sollicitudes, con fecha febrero 16 de 1892, 
por la cual ordenó al clero y a todos los católicos de Francia 
que reconocieran la República, manifestando: "cuando están 
constituidos los nuevos gobiernos que representan el inmu- 
table poder de Dios, aceptarlos no sólo es permitido, sino 
reclamado, más aún, impuesto por la necesidad del bien social 
que los ha hecho". De acuerdo con este mandato, se formó 
el partido constitucional católico, llamado partido de los 
ralliés, del nombre de Ralliement (adhesión) dado a esa 
evolución política del catolicismo francés. Todavía para 
obligar a los recalcitrantes a entrar por la nueva vía trazada 
por el Pontífice, éste dirigió el 6 de mayo siguiente, una 
carta a los cardenales franceses en la que censuraba a los 
conservadores que en aras de sus ideas personales o por moti- 
vos políticos, sacrificaban la unidad de todos los católicos, 
dándoles poco después, el 14 de junio, la orden formal de 
someterse. Tal es la libertad de que se goza dentro de^ la 
organización absolutista de corte totalitario, que es hoy la 
Iglesia católica. 

León XIII, que tenía que luchar en Italia con una mo- 
narquía anticlerical, prefería en Francia una República en 
la que el elemento reaccionario tuviera influencia prepon- 
derante e hiciera desempeñar a ese país el papel de una gran 
nación católica. Así para demostrar su buena voluntad 
hacia Francia, renunció a enviar un nuncio a Pekín, para 
conservar a aquélla su antiguo privilegio del protectorado 
de los cristianos en el extremo Oriente; y en Túnez, sacó 
el obispado de Cartago de la subordinación de las diócesis 
de Itaha. Refiriéndose a su adhesión a la República fran- 
cesa, le exponía cuatro años más tarde a Monseñor Baunard 
lo siguiente: "Se ha dicho que el Papa era demócrata, lo que 
no es cierto. La Santa Sede acepta los gobiernos establecidos 
y trata con ellos en vista de intereses superiores a los de las 
formas políticas . . . Francia quiere constituirse en Repú- 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



149 



blica: bien está, con tal que sea católica; todo estriba 
en esto". 

La burguesía francesa que, desde los luctuosos sucesos de 
junio de 1848, se había mostrado cada vez más favorable al 
catolicismo — siendo casi toda ella posteriormente educada 
en los colegios de Hermanos y Hermanas — , aprovechó de 
aquella maniobra política de León XIII para proclamar alta- 
mente su adhesión a la Iglesia. Sus elementos dirigentes, jun- 
to con el militarismo, formado también desde los primeros 
años en los bancos de las escuelas de las congregaciones reli- 
giosas, anudaron una estrecha coalición con el clericalismo, 
la que so color de acendrado amor a la causa nacional y de 
alentar un encendido patriotismo, tendía a falsear o des- 
truir las instituciones republicanas. Aquella "bacanal nacio- 
nalista", como se la ha llamado, a cuyo frente estaban hom- 
bres de la Iglesia, trajo consigo una ola de antisemitismo, 
vestigio de épocas atrasadas, de procedencia netamente cató- 
lica, y que había cobrado singular fuerza en los países del 
centro y del Este de Europa, movimiento apoyado ardoro- 
samente por las congregaciones, y que vino a hacer crisis en 
el vergonzoso asunto Dreyfus. 

Antes de hablar de este célebre asunto, no resistimos a la 
tentación de transcribir aquí una página llena de vida, del 
escritor francés León Deschamps, en la que pinta fielmente 
la obra, en la alta sociedad de su patria, realizada por el cle- 
ricalismo en las últimas décadas del siglo xix. Decía así, en 
una conferencia de 1904, dicho orador socialista: "La bur- 
guesía casi entera, y sobre todo la más rica, adquiría cos- 
tumbres clericales; con su influencia y con su dinero sos- 
tenía las obras, lícitas o ilícitas, públicas o secretas, del clero 
secular y regular. Mirad a vuestro alrededor, y ved a los 
representantes de la alta banca, del alto comercio, de la ma- 
gistratura y del ejército, ¿no son la mayor parte de ellos, no 
digo creyentes — lo que sería respetable — sino militantes 
del clericalismo? ¿No es en ese mundo que encuentran sus 
abonados y sus comanditarios los diarios de sacristía? ¿No 
son las esposas de esos notables las que patrocinan las obras 
que se anuncian a la entrada de las catedrales? ¿Y cómo po- 



150 



CELEDONIO NIN Y SELVA 



dría ser de distinta manera? El sacerdote, sempiterno pedi- 
güeño, apunta a las bolsas bien repletas; para desatarlas, 
excita primeramente la vanidad; luego exalta el principio 
de autoridad que la Iglesia representa; después deplora los 
desórdenes que nacen del principio de libertad tanto del 
punto de vista político, como intelectual y moral, y final- 
mente amenaza a los que llama "malos ricos", con repre- 
salias en este mundo o con castigos en el otro. Doscientos 
mil solicitantes de esta clase asedian a los burgueses de las 
pequeñas y de las grandes poblaciones, en el confesionario, 
desde el pulpito y en los salones, y así se encuentran unidos 
el clero y la burguesía en toda Francia. El primer resultado 
de esta propaganda es llenar las escuelas y colegios de las 
congregaciones. Se califica de "escuelas sin Dios" a los esta- 
blecimientos del Estado, y sobre todo se procura extensas 
y fieles protecciones en todas las carreras a los discípulos de 
los buenos Padres y de los queridos Hermanos. <No es en 
la calle des Postes que está o estaba el vivero de los genera- 
les? C) ¿El patrón que protege y sostiene la escuela de los 
Hermanos no tiene la seguridad de una buena clientela, 
mientras que es despiadadamente boycoteado el comerciante 
que no contribuye a las obras devotas? ¿Cómo queréis, con 
una presión tan sabiamente ejercida, que la burguesía — es 
decir, todos aquellos que ocupan altas funciones o pueden 
pretender a ellas por su fortuna heredada — , no esté del lado 
de la Iglesia? ¿No se constituye ella en la gran dispensadora 
de los favores en éste y en el otro mundo? Estos favores hasta 
han llegado a tentar a los sabios, que deberían ser sinceros 
y modestos por hábito espiritual, y así se han visto algunos 
de ellos poner sus conocimientos al servicio de la Iglesia y 



(1) ¡Cuánta luz arroja esta observación sobre la tendencia cle- 
rical del actual Gobierno militar de Vichy, y sobre el apoyo incon- 
dicional que le presta la Iglesia! Lo expuesto aquí por Deschamps, 
lo confirma Salomón Reinach cuando en su Orfeo escribe lo si- 
guiente: "La disolución de las congregaciones no autorizadas por 
la ley (1880), fué una comedia cuyos pormenores desconocemos to- 
davía. Pocos años más tarde, las escuelas de los jesuítas eran más 
numerosas y florecientes; en ellas, sobre todo en la escuela llamada 
de la rué des Postes, se preparaban los futuros oficiales del ejér- 
cito y de la armada" (p. 461). 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



151 



ponderar los méritos científicos de esta tradicional enemiga 
de la ciencia. Esta paradoja, que es de buena compañía y que 
hacia furor en los salones del Faubourg Saint-Germain, es 
el triunfo del clericalismo burgués". (UÉgUse a travers 
l'Hístoire, p. 124 a 126.) 

El asunto Dreyfus. — Pasemos ahora a reseñar somera- 
mente el asunto Dreyfus, que conmovió la sociedad fran- 
cesa, y que fue seguido con ansiedad por los liberales de 
todo el mundo, asunto que fue el fruto lógico de la conjun- 
ción de ideales del clericalismo, del monarquismo y de un 
militarismo chauvinista- clerical. "L'affaire Dreyfus" o sim- 
plemente "L'Affaire", como se le llsmó, fue un drama ju- 
dicial C) i en cinco actos, que se desarrolló en un espacio 
de doce años, como se ve a continuación. 

1""- ACTO. — El servicio de espionaje francés descubre en 
setiembre de 1894 una carta (le bordereau) sin fecha, ni fir- 
ma, dirigida a un agregado militar alemán, conteniendo 
datos secretos relativos a la defensa nacional. Sin pruebas, 
se acusó al capitán de artillería, Alfredo Dreyfus, de ser 
el autor de esa carta, y como Dreyfus era judío, los monár- 
quicos y los clericales, que juntos habían formado la cons- 
piración boulangerista, se unieron para hacer de ese "affaire" 
un arma contra las instituciones republicanas. Conducido 
Dreyfus ante un consejo de guerra, el Ministro de esa car- 
tera, general Mercier, lo hizo juzgar y condenar secreta- 
mente, en diciembre de 1894, comunicando a los jueces pie- 
zas de espionaje, que nada tenían que ver con el inculpado. 
Dreyfus fue degradado, y a pesar de que no cesaba de pro- 
testar de su inocencia, se le envió a cumplir la condena en 
la isla del Diablo, en la Guayana francesa, donde se le man- 



(1) "L'Aifaire Dreyjus, escribe Rappoport, fué a la vez una epo- 
peya moral, un drama nacional, una tragedia política, sin cesar de 
ser, en ciertos aspectos, un melodrama popular . . . Los atroces su- 
frimientos de un inocente y las pasiones ideológicas y políticas le 
conservaron hasta el fin su carácter serio. Puso en movimiento todo 
im mundo de ideas, pasiones e intereses. Los partidos, las familias, 
Francia misma, se dividieron en dos bandos: revisionistas y anti- 
rrevisionistas, dreyíusistas y antidreyfusistas" (Jean Jaurés, p. 33). 



152 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



tuvo por cuatro años en completa reclusión, y hasta enca- 
denado de noche para que no se escapara. 

2' ACTO. — En 1896, el mismo servicio de espionaje descu- 
brió en la embajada alemana, un parte telegráfico (le petit 
bleu), que se comprobó era del comandante de infantería 
Esterhazy, de origen húngaro, militar degenerado y sin recur- 
sos, antiguo oficial pontificio, que había pasado al servicio de 
Francia. Comparando la letra de Esterhazy con la del famo- 
so bordereaii, y viendo que eran idénticas, se convenció 
el comandante Picquart, jefe del servicio de espionaje, que 
el traidor era Esterhazy y no Dreyfus, descubrimiento que 
comunicó al nuevo Ministro de la Guerra, Billot, y a los 
generales Boisdeffre y Gonse, jefe y segundo jefe, respecti- 
vamente, del Estado Mayor. Boisdeffre participó estos he- 
chos a su amigo el comandante Henry, que había sido uno 
de los falsos acusadores de Dreyfus, y entonces Henry, para 
evitar las responsabilidades que sobre él recaerían, hizo un 
parte falso, que aparecía dirigido por un agregado militar 
italiano a otro agregado alemán, en que se aludía a Dreyfus 
como agente suyo. Presentada esa pieza falsa ante las auto- 
ridades superiores, éstas se confirmaron en la culpabilidad 
de Dreyfus, y ordenaron a Picquart que suspendiera sus in- 
vestigaciones, a lo que éste se negó, por lo cual fue enviado 
a Túnez, siendo Henry designado para ocupar el puesto que 
desempeñaba Picquart. 

3^"- ACTO. — Dreyfus y miembros de su familia no habían 
cesado de pedir inútilmente la revisión del proceso, hasta 
que en 1 897 se interesó en ello el senador Scheurer-Kestner, 
quien pidió a su amigo el Ministro Billot que provocara dicha 
revisión. Billot se negó a ello por cobardía moral, siendo, 
como se ha dicho, "el primero en dar el ejemplo, tanto a 
militares como a civiles, de obstinarse en el error antes que 
reconocerlo". Entonces Mateo Dreyfus, hermano del capi- 
tán acusado, denunció por la prensa, en carta abierta diri- 
gida al Ministro de la Guerra, que el traidor era Esterhazy. 
Prodúcese en virtud de esto, un extraordinario movimiento 
en el país, el que se dividió en dos bandos: el de los revisio- 
nistas y el de los antirrevisionistas. Entre los primeros, se 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



153 



contaban hombres como Clemenceau, Anatole France y 
Jaurés; entre los segundos, figuraban Millerand, y los cató- 
licos Alberto de Mun y Barrés, respaldados por todo el 
ejército, que sostenía que la revisión pondría en tela de jui- 
cio el honor militar. Como consecuencia de los mencionados 
sucesos, Esterhazy comparece ante el cornejo de guerra, que 
se apresura a absolverlo, aunque aquél seis meses después, 
se reconoció culpable. Ante esta iniquidad, estalla la indig- 
nación de Emilio Zola, quien publica su célebre "J'accuse", 
carta abierta al Presidente FéUx Faure, en la que formulaba 
una doble acusación: 1' contra los jueces de 1894 por ha- 
ber condenado a Dreyfus, siendo inocente; y 2' contra los 
jueces de 1897, por haber, a sabiendas y por imposición 
superior, absuelto al culpable Esterhazy. Zola, con tal mo- 
tivo, es condenado a multa y prisión, y tiene que huir a 
Bélgica. Picquart, a su vez, es licenciado del ejército por 
haber confiado al abogado Leblois el error judicial cometido. 

4' ACTO. — En 1898, siendo Ministro de la Guerra, Cavai- 
gnac, se descubrió que la pieza decisiva para todas esas con- 
denaciones, o sea, el parte presentado por Henry, era fal- 
so O . Preso Henry, se suicidó, lo que sabido por Esterhazy, 
huyó de Francia, y seguidamente el general Boisdeffre re- 
nunció a su cargo. En virtud de estos acontecimientos, los 
republicanos, que, engañados hasta entonces, eran en su 
gran mayoría contrarios a la revisión del proceso de 1894, 
cambian radicalmente de opinión, y el primer Ministro, H. 
Brisson, da curso al pedido de revisión formulado por la 
esposa de Dreyfus. En 1899, siendo Presidente E. Loubet, 
la Corte de Casación anula el juicio de 1894 y ordena que 



(1) Jaurés reveló esa falsedad algunos días antes de su descu- 
brimiento oficial. "Para él, dice Rappoport, todo se concentró en el 
asunto Dreyfus, que resumía la lucha contra la mentira clerical, 
contra la violencia monárquica y reaccionaria, contra la cobardía de 
las multitudes y de las mayorías parlamentarias, contra el odio de 
razas, contra el enceguecimiento militarista, contra los jesuítas y los 
reaccionarios en el alto mando del ejército, contra el servilismo de 
los jueces subalternos, contra las fantasías ridiculas de los peritos, 
contra los calumniadores profesionales del antisemitismo. El asuTito 
Dreyfus llegó a ser por la fuerza de las cosas, el asunto de la Hu- 
manidad y de la Verdad por excelencia" (Jean Jaurés, p. 45, 46). 



154 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



Dreyfus comparezca ante otro consejo de guerra. León XIII, 
al tanto de todo e:to, dijo en una conversación con Boyer 
d'Agen, que después se hizo pública; "¿La verdadera acu- 
sada no sería la República?" Ante el nuevo consejo de 
guerra de Rennes es traído Dreyfus, el hombre a quien cinco 
Ministros de la Guerra y muchos generales y altos jefes ha- 
bían declarado culpable. El general Mercier alegó ante aquel 
consejo que existía una prueba imposible de presentar de 
ía culpabilidad del encausado, a saber, un "bordereau" ano- 
tado por el emperador alemán, con el nombre de Dreyfus. 
Aunque Mercier, años más tarde se retractó de esa calum- 
niosa afirmación, y aunque ella fué categóricamente des- 
mentida por Bulow, canciller de Alemania, el Consejo de 
Rennes volvió a condenar a Dreyfus, por cinco votos contra 
dos, bajando la pena a diez años de detención, siendo enton- 
ces indultado por el Presidente de la República. Como, con 
razón, manifiesta un escritor: "Unánimemente se reconoció 
que la conducta del consejo y del Gobierno significaban una 
confesión de la inocencia de Dreyfus, y de la falta de valor 
en el tribunal militar para reconocer los yerros, la ligereza 
y la injusticia, de los anteriores consejos". Los dos votos 
favorables a Dreyfus, en el Consejo de Rennes fueron: uno, 
el del presidente de ese Tribunal, Jouaust, y otro, el del 
comandante de Breón, que era católico, dicho sea en honor 
de él, como era católico uno de los dos defensores del encau- 
sado, el abogado Demange, quien a causa de esa defensa, no 
fue reelegido en el Consejo de la Orden. 

5' ACTO. — Conseguida su Hbertad, Dreyfus no paró hasta 
obtener un nuevo juicio de revisión de su proceso, el que 
se vió después de seis años, ante la Corte de Casación o 
Tribunal Supremo. Este Tribunal, el 12 de julio de 1906, 
anuló la sentencia de Rennes y declaró a Dreyfus inocente 
de todas las acusaciones que se le habían hecho. Como con- 
secuencia de esta justiciera resolución, ambas Cámaras rein- 
tegraron en el ejército a Dreyfus y a Picquart, confiriendo 
a cada uno de ellos el grado superior inmediato, de acuerdo 
con lo solicitado por el Consejo de Ministros. Antes de fin 
de año, Clcmenceau, que ocupaba la Presidencia del Minis- 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



155 



terio, nombró a Picquart, Ministro de la Guerra. Sin em- 
bargo, ninguno de los verdaderos culpables fue perseguido, 
aprovechando en cambio de la amnistía que habían sancio- 
nado las Cámaras en 1900. 

Así terminó el célebre asunto Dreyfus, que reproducía 
nuevamente, como se ha dicho, "la lucha entre los princi- 
pios del mundo moderno y los de la contra-revolución, 
ideas en pugna por encima de los combatientes, como la 
lucha de los dioses, en la Ilíada, por sobre los troyanos y 
los griegos". En esos acontecimientos dramáticos, el cleri- 
calirmo mostró todo lo que de él puede esperar la sociedad 
moderna poniéndose resueltamente del lado de la iniquidad, 
porque así convenía a sus menguados intereses. He aquí lo 
que nos dice al respecto, Salomón Reinach, testigo de aque- 
llos sucesos: "Los apóstoles de la justicia fueron acusados 
de formar un sindicato de la traición, y toda la Iglesia 
— sacerdotes y frailes, excepto algunas honrosas excepcio- 
nes — , puso su influencia al servicio de la injusticia, llenando 
el país de calumnias y de mentiras. En aquel concierto se 
distinguieron los asuncionistas, cuyo periódico. La Croix, 
rivalizaba con el órgano autorizado de los antisemitas, pre- 
dicando una nueva San Bartolomé. El jefe del Estado Mayor 
del Ejército, general Boisdeffre, estaba dirigido por el más 
influyente de los jesuítas, el P. du Lac; los jesuítas tenían 
en sus manos el reclutamiento y el ascenso de los oficiales; 
a todo oficial republicano y hberal se le ponía mala nota; 
el Presidente de la República, Félix Faure, era un cautivo 
de los clericales; y tenían hechuras suyas y cómplices en 
todos los ramos de la Administración. Verdadero terror pesó 
durante dos años sobre Francia. Los intelectuales lucharon 
por la honra del país, bajo una lluvia de ultrajes, con aplau- 
so de casi toda Europa. Su triunfo final, bien modesto por 
otra parte, se debió al concurro de los socialistas que, en un 
principio indiferentes a aquella disputa de burgueses, des- 
pués comprendieron que serían las primeras víctimas de 
la reacción" (p. 462). 

En resumen, pues, la hábil política de León XIII al acon- 
sejar a sus fieles que se adhirieran a la República francesa. 



156 



CELEDONIO NIN Y SELVA 



llenó los altos cargos del Estado con clericales seudo-repu- 
blicanos que hicieron peligrar la estabilidad del nuevo régi- 
men, favoreciendo la vuelta a la monarquía, y que, en el 
mejor de los casos, habrían llegado a transformar a Francia 
en una república clerical, a no ser por el asunto Dreyfus, 
en el cual, como dice S. Reinach, "León XIII dejó a la Igle- 
sia de Francia meterse en un callejón sin salida", peligrosa 
aventura que hizo abrir los ojos a los verdaderos demócratas, 
y que trajo como consecuencia la reacción liberal de los 
ministerios de Waldeck-Rouseau y de Combes, de que habla- 
remos al tratar del pontificado de Pío X. 

La político de León XIII con Álemonio. — Veamos 

ahora la política seguida por León XIII con el gobierno ale- 
mán. Ante todo recordemos lo dicho en el capítulo anterior 
sobre la situación de la iglesia católica en Alemania al falle- 
cimiento de Pío IX (pág. . . . ). Se encontraba entonces en 
su período culminante el agudo conflicto con el poder civil, 
conocido con el nombre de Kulturkampf. Conviene que 
precisemos algo más las causas de ese conflicto, para que 
comprendamos bien la obra realizada por León XIII para 
terminarlo. 

Tanto la iglesia protestante como la católica estaban es- 
trechamente unidas al gobierno de cada uno de los diversos 
Estados que constituían la Confederación alemana. El jefe 
de cada uno de ellos acordaba una protección especial y 
tenía particular ingerencia en la Iglesia de la que él for- 
maba parte, siendo tan íntima esa vinculación que no se 
podía realizar modificación alguna en el organismo eclesiás- 
tico sin la conformidad de la corona. Ésta, que subvencio- 
naba a las iglesias, aun cuando no influía en cuestiones 
dogmáticas, intervenía en la construcción de los locales de 
culto, en la gestión de los bienes eclesiásticos, y hasta en la 
preparación del clero, sobre todo en la designación de aque- 
llas personas que debían ocupar cargos elevados en las igle- 
sias. En la protestante, el príncipe reformado era cabeza de 
la iglesia estadual de ese credo, el summus episcopus de la 
iglesia protestante regional, lo que no ocasionaba dificulta- 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



157 



des, dado que el protestantismo no considera su organización, 
disciplina y culto como de origen divino, sino como dispo- 
siciones humanas modificables según las circunstancias. En 
la iglesia católica, aun cuando esa subordinación no era tan 
acentuada por el hecho de reconocer como jefe al pontífice 
romano, sin embargo, no dejaba ella de ser bastante impor- 
tante, pues a cambio de la subvención que recibía del Estado, 
éste participaba entre otras cosas, en el nombramiento de los 
obispos, ejercía vigilancia sobre la enseñanza dada a los 
seminaristas, y disponía en lo referente a las mutuas rela- 
ciones de las dos religiones rivales. 

Esa unión de las iglesias con el Estado no dejaba de pro- 
ducir rozamientos, que solían transformarse en serios con- 
flictos, cuando faltaba ecuanimidad por parte de los diri- 
gentes de ambas instituciones, y tales dificultades tenían 
que producirse más especialmente con la iglesia católica, cuyo 
jerarca era un extranjero que no residía en territorio ale- 
mán, y que por propia idiosincrasia de esa institución, se 
creía con derecho a ejercer preeminencia sobre el poder civil. 
Esto explica el KulUirkampf alemán, que ha sido juzgado 
por autores católicos y por aquellos otros que, sin serlo, los 
han seguido ciegamente, como un período de persecución 
contra la iglesia de Roma. Tal concepción de ese aconteci- 
miento histórico si no es absolutamente errónea, es, en cam- 
bio, excesivamente exagerada. 

Antes del concilio del Vaticano, como ya lo hemos dicho, 
se había discutido ampliamente el tema de la infalibilidad 
pontificia, que a toda costa se quería implantar en la iglesia 
católica. Proclamado ese absurdo dogma, muchos profesores 
universitarios alemanes firmaron en setiembre de 1870 un 
manifiesto contra el mismo, y entonces el arzobispo de 
Colonia exigió que los profesores de la Facultad de Teolo- 
gía católica de Bonn aceptasen la nueva doctrina; suspendió 
a los sacerdotes anti-infabilistas, y prohibió a los estudiantes 
que siguieran los cursos de los profesores disidentes. Bismarck 
no admitió que un arzobispo católico, por sí y ante sí, des- 
tituyera sacerdotes y profesores, que eran funcionarios nom- 
brados por el Estado, y que decretara la huelga en las univer- 



158 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



sídades públicas, y se opuso a tales medidas, agravándose el 
conflicto por la tozudez de Pío IX. Bismarck nombró, en 
enero de 1872, Ministro de Cultos en Prusia a Falk, juris- 
consulto acérrimo partidario del Estado laico, que, como se 
ha dicho, "aportó a la lucha la aspereza de los antiguos par- 
lamentarios franceses contra las pretensiones romanas**, y 
que en los tres años siguientes, hizo votar un conjunto de 
disposiciones anticlericales, conocidas con el nombre de "le- 
yes de mayo". En el capítulo anterior hemos dado algunos 
detalles de dicho conflicto, que trajo como consecuencia que 
a la muerte de ese Papa, la mayor parte de las diócesis de 
Alemania careciesen de obispos, y que 600 parroquias no 
tuvieran curas. 

León XIII, a su advenimiento, trató de solucionar ese 
arduo problema, y como diplomático hábil, utilizó para ello 
los servicios del Centro, encabezado por Ludwig Windthorst, 
y poco a poco fue obteniendo la modificación de las medi- 
das que perjudicaban a la Iglesia, a cambio del apoyo que 
en el Reichstag los diputados católicos prestaban al Gobier- 
no. Bismarck, lleno de preocupaciones políticas, y alarmado 
por los progresos del socialismo, quería concluir de una vez 
con aquella lucha que ya se iba prolongando demasiado, 
máxime cuando hasta los mismos ortodoxos protestantes se 
sentían dispuestos, por espíritu de solidaridad religiosa, a 
inclinarse hacia los católicos, pues temían que la laicización 
del Estado favoreciera la indiferencia y la incredulidad. Las 
"leyes de mayo", aunque no se derogaron, como pretendía 
cl Centro, quedaron en suspenso, y paulatinamente se fue- 
ron proveyendo los curatos y obispados vacantes, reanudá- 
ronse las relaciones oficiales de Prusia con el Vaticano, des- 
aparecieron los tribunales de excepción destinados a juzgar 
los asuntos eclesiásticos, se autorizaron los estudios en los 
seminarios fuera de las Facultades oficiales, y pudieron re- 
gresar a Alemania las órdenes religiosas expulsadas, con 
excepción de la de los jesuítas. 

En 1885, estalló un enojoso incidente entre Alemania y 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



159 



España por la posesión de las islas Carolinas y habiendo 
aceptado Bismarck el arbitraje del Papa, propuesto por el 
Gobierno español, como el laudo dictado dirimió satisfacto- 
riamente la cuestión, esto contribuyó a consolidar el presti- 
gio y la influencia de León XIII en los asuntos internos del 
imperio alemán. 

El historiador Ernesto Denis escribía en 1900, al respecto, 
lo siguiente: "En acecho de todas las ocasiones en que se 
pudiera obtener ventaja, dispuesto a todos los servicios con 
tal que se le pagaran a justo precio, desde entonces llegó 
a ser Windthorst el arbitro de los destinos parlamentarios 
de Alemania; en cada sesión arrancaba alguna piedra a la 
fortaleza elevada contra la Iglesia; de las leyes provenientes 
del Kulturkampf no subsisten más que los reglamentos sobre 
el matrimonio y el estado civil, la inspección de las escuelas 
por el Estado y la expulsión de los jesuítas, y aun mismo las 
medidas dictadas contra éstos han sido tan bien atenuadas, 
que no hay razón para mantenerlas". Dos cosas son de notar: 

que el catolicismo, ni aun en el período más agudo del 

(1) En agosto de 1885, el cañonero alemán litis desembarcó fuer- 
zas armadas en la bahía de Yap, de las islas Carolinas, y plantó alli la 
bandera germana, basándose para eUo en que ninguna potencia ejer- 
cía efectiva soberanía en aquel aíchipiélago. Al conocerse estos he- 
chos en España, se produjo un gran revuelo, al punto de pedirse por 
muchos que se declarara la guerra a Alemania. El Gobierno español, 
para solucionar el conflicto, propuso el arbitraje de León XIII, lo 
que fué aceptado por Bismarck y por el Papa. Éste encargó a una 
comisión de Cardenales el examen del asimto, y el 22 de octubre 
siguiente se dictó el laudo firmado por el cardenal Jacobini, Secre- 
tario de Estado del Pontífice. Los términos de ese arbitraje fueron 
los siguientes: 1*? Se reconocía la soberanía de España sobre las Ca- 
rolinas y las islas Palaos. 29 El Gobierno español para hacer efecti- 
va esa soberanía, se obligaba a establecer lo más pronto posible en 
dicho archipiélago una administración regular, con fuerza suficiente 
para garantizar el orden y los derechos adquiridos. 39 España acor- 
daba a Alemania plena libertad de comercio, navegación y de pesca 
en esas islas, como asimismo el derecho de establecer en ellas una 
estación naval y un depósito de carbón. 49 Se aseguraba también a 
Alemania la libertad de hacer plantaciones en esas islas, y de fundar 
en ellas establecimientos agrícolas al igual que los subditos españo- 
les. Conviene recordar que después de su guerra con Estados Unidos, 
España vendió a Alemania, en 1899, las islas Carolinas, Palaos y 
Marianas (menos la de Guam, con la que se quedó aquel país ven- 
cedor) por la suma de 25 millones de pesetas. Esas islas pasaron a 
poder del Japón por el tratado de paz, después de la guerra mun- 
dial de 1914-1918. 



160 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



Kulturkampf, nunca protestó contra la unión del Estado y 
de la Iglesia, sosteniendo siempre que tal vinculación está 
de acuerdo con la doctrina católica; y 2' que apenas termi- 
nado ese agrio conflicto, volvió el catolicismo a sus sempi- 
ternos proyectos de dominio, tratando de que el Estado pu- 
siera su fuerza al servicio de la Iglesia, como lo demostró 
en la ley de 1895 contra las maquinaciones subversivas, y 
en la ley Heinze, de 1900. 

Hablando de las consecuencias del Kulturkampf alemán, 
decía al finalizar el siglo pasado el citado historiador E. De- 
nis, que esa lucha "disciplinó a la Iglesia católica, la des- 
embarazó de sus elementos impuros o tímidos; pero la en- 
tregó a los intransigentes y a los políticos: nunca ha estado 
más dominada por los afanes terrestres, nunca ha sido más 
infiel a su misión de concordia y de paz. Se arma con todos 
los recursos de la civilización moderna para hacer retroceder 
la sociedad a la Edad Media, y sus historiadores, aun los más 
ilustres, como Pastor y Janssen, exigen de Alemania que 
reniegue los ídolos que adora desde hace siglos; por doquiera 
triunfan sus doctrinas; los jesuítas dirigen a los obispos, de 
igual modo que en la Iglesia protestante domina la más 
estrecha ortodoxia, de color pietista en el Sur y confesional 
en el Norte. Al reclamar de sus fieles ciega sumisión, los 
dirigentes eclesiásticos de las diversas agrupaciones pierden 
su ascendiente sobre la masa moderada, que cada vez se des- 
prende más de las tradiciones cristianas y se desliza al escep- 
ticismo materialista . . . Así los dos rivales que se disputan 
la dirección moral del gran imperio protestante, son, por 
una parte, el jesuitismo ultramontano, y por la otra, la indi- 
ferencia agnóstica". Tal era el fiel cuadro de las iglesias en 
Alemania, al final del pontificado de León XIII. 

La política de León XIII con Italia. — Menos feliz 
fue este Papa en la política con el gobierno italiano. Obli- 
gado por su cargo de jefe infalible de una Iglesia tradicio- 
nalifta, a no romper bruscamente con la intransigente polí- 
tica de su antecesor, siguió las huellas de Pío IX, a pesar 
de su temperamento moderado y conciliador, y al día si- 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



161 



guíente de su elección manifestó que estaba dispuesto a per- 
manecer en el Vaticano como prisionero; y dos meses más 
tarde, en su primer encíclica, protestó contra la "usurpa- 
ción" italiana, que había arrebatado Roma y los Estados 
Pontificios a la Santa Sede. Por supuesto que tales declara- 
ciones no eran propicias para un acercamiento con el reino 
de Italia, de modo que no es de extrañar que el Gobierno 
de este país siguiera una política hostil con el Vaticano. 
A las pretensiones reivindicatorías de León XIII, contesta- 
ban las autoridades del Quirinal proclamando "Roma intan- 
gible", y tomando una serie de medidas que lesionaban el 
orgullo de la curia romana. Así, no obstante las airadas 
protestas papales, se permitió en Roma la construcción de 
un templo y la apertura de escuelas protestantes; la erección 
en la misma ciudad, en mayo de 1889, de un monumento 
al mártir Giordano Bruno, monje quemado por la Iglesia, 
en 1600, como hereje; y se presentó en 1888 a las Cámaras 
el proyecto de Código Penal redactado por Zanardellí (pro- 
yecto base de nuestro anterior Código Penal) , por el cual 
se castigaba con prisión y multa, los actos o palabras de 
los ministros de culto contrarios a las instituciones del Estado 
o a la integridad del territorio. 

Tocante a la apertura en Roma, en 1879, de escuelas diri- 
gidas por protestantes y por librepensadores, he aquí un 
párrafo de la protesta de León XIII formulada con tal mo- 
tivo: "No podemos callar el que con extraña imprudencia, 
se haya llegado hasta abrir escuelas anticatólicas, ante nues- 
tros propios ojos, a las puertas del Vaticano . . . Estamos, 
pues, obligados a ver el error libre elevar su cátedra en 
nuestra ciudad, sin que se nos permita usar de los medios 
eficaces para imponerle silencio". Estas líneas servirán para 
darnos una idea de cómo entiende el catolicismo la libertad 
de enseñanza; y en cuanto a su parte final, bastará que 
recordemos los suplicios de Vanini, Giordano Bruno y tan- 
tísimas otras víctimas del fanatismo y la intolerancia cle- 
ricales, para comprender cuales eran los medios eficaces de 
que lamentaba el Papa que no se le permitiera disponer a 



162 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



fin de silenciar aquellas escuelas, por él consideradas como 
cátedras del error. 

Los esfuerzos que realizó León XIII para reconciliarse con 
el nuevo orden de cosas en la Península, fracasaron, pues, 
completamente, e irritado por ello, reprodujo el Non expedit 
dictado en 1867 por Pío IX, o sea, la prohibición a los cató- 
licos italianos de que participaran en las elecciones políticas 
de Italia, dándoles esta consigna: "ni electores, ni elegidos". 
No contento con esto, trató de buscar la amistad y el apoyo 
de Francia, según ya lo hemos visto, para marcar así más 
su oposición al Gobierno de su país. Elocuente ejemplo que 
muestra que el Papa antepone los intereses de la Iglesia a 
los de su propia patria; proceder ese que debe tenerse muy 
en cuenta por los amantes de la democracia, pues es el 
mismo que siguen los católicos en todas partes, en situacio- 
nes idénticas. 

La política de León XIII con Incilaterra. — Tres fina- 
lidades buscó principalmente León XIII con su política: 
1' Entablar amistosas relaciones diplomátics con todas las 
naciones europeas, relaciones que se habían visto gravemente 
comprometidas por la desacertada política de Pío IX; 2' ha- 
cer que los partidos católicos intervinieran activamente en 
la administración de sus respectivos países, a fin de ocupar 
los primeros cargos públicos en provecho de su Iglesia, y 
sobre todo tratar de conseguir sino el monopolio, por lo 
menos el predominio en la enseñanza de la niñez y de la 
juventud; y 3' traer al redil de la Iglesia romana, todas las 
otras ramas del cristianismo, de modo que existiera una sola 
Iglesia cristiana universal, bajo la dirección de un solo Jefe, 
el Pontífice de Roma. Toda su política con Inglaterra y 
Rusia tendió especialmente a la realización de esta última 
finalidad. 

En apariencia, Inglaterra era un país particularmente 
preparado para que tuviera éxito su gestión unificadora, 
pues la Iglesia anglicana, separada de la de Roma, en el 
siglo XVI, conservaba la jerarquía, la mayor parte de las 
ceremonias y las exterioridades de la Iglesia católica. Vea- 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



163 



mos, examinando la historia de aquella iglesia nacional, las 
probabilidades de éxito que podía albergar León XIII, en 
sus aludidos propóritos de fusionarla con la católica. 

Estudiando la historia de la Edad Media se ve que a la 
inversa de Francia, donde la débil monarquía capeta buscaba 
el apoyo del clero y de la Santa Sede para consolidar su 
poder, en Inglaterra la monarquía que en el siglo XI cons- 
tituyó Guillermo el Conquistador, se caracterizaba por su 
fuerza y su independencia con respecto a la autoridad papal. 
En su lucha con los papas, triunfan los reyes ingleses, por- 
que se apoyan en el Parlamento. Y así, a despecho de las 
bulas de Inocencio III (1198-1216), que ordenaban a los 
capítulos fueran ellos los que eligieran los obispos, ese dere- 
cho se reconoció en Inglaterra que pertenecía al rey; ciertas 
leyes (estatutos de provisors [^]) prohibieron a los clérigos, 
so pena de destierro, aceptar del papa un beneficio vacante; 
y ciertas otras (estatutos de prcemunire, "ofensas contra la 
autoridad real") impusieron penas a los que obtuvieran de 
Roma bulas o sentencias de excomunión o que pretendieran 
sustraerre a la autoridad de su ordinario u obispo diocesano. 
El que violara los estatutos de premuniré (los que nunca 
han sido derogados) venía a ser considerado como un trai- 
dor, pues privado de la protección de las leyes ( perdía sus 
derechos civiles y políticos, pudiendo el rey confifcarle los 
bienes y mantenerlo en prisión perpetua. A poco de esta- 
blecerse las órdenes de dominicos y franciscanos en Ingla- 
terra durante el siglo XIII, seguidas algo más tarde por las 
de los agustinos y los carmelitas, se volvieron sus miembros 
odiosos al pueblo y al Parlamento, como lo comprueba la 



(1) El rey Enrique III (1216-1272) "era devoto y guardaba un 
vivo reconocimiento al Papa, porque había protegido su menor edad, 
se reconocía vasallo del Santo Padre, y favorecía las usurpaciones 
de Roma a expensas del clero inglés. El Papa tenía la costumbre de 
dar a los favoritos italianos las más ricas prebendas de Inglaterra 
antes que estuviesen vacantes. Cuando esos provisors, o abades pro- 
visorios, eran titulares, se quedaban tranquilamente en Roma, nom- 
braban un vicario y recibían las rentas de sus bienes ingleses. Es 
de imaginarse la rabia del clero local y un sentimiento creciente de 
hostilidad hacia el Papa y el Rey" (A. Maurois, Hist. de Inglaterra, 
p. 152). 



164 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



literatura de la época. "El hermano limosnero, escribe An- 
drés Maurois, muy gordo, muy bien alimentado, es uno de 
los blancos favoritos de los satíricos ... El contraste entre 
lá regla de su orden y la naturaleza de su vida iba a sumi- 
nistrar elementos a la indignación de los "puros" . . . Ade- 
más, esos hermanos que representaban la última ola de los 
aportes continentales y que pretendían depender directa- 
mente del Papa, irritaban a muchos fieles. Entre la Iglesia 
romana y la Iglesia de Inglaterra, el conflicto iba a estallar 
más tarde; pero desde ese tiempo se sembraron en las con- 
ciencias más exigentes las causas profundas de una ruptura. 
Pronto iban a germinar". En el siglo xiv, Juan Wiclef o 
Wycliffe (1324-1384) censura públicamente a los monjes^ 
denuncia el orgullo de los prelados, enreña que el culto debe 
celebrarse en inglés y no en latín, recomienda la lectura de 
la Biblia y la traduce o favorece una traducción de la misma 
en lengua vulgar, niega la transubstanciación e instituye la 
sociedad de poor priesfs o "hermanos predicadores", sacer- 
dotes no ordenados o monjes no profesos, encargados de 
difundir las doctrinas del reformador. 

Aunque perseguidos después los partidarios de Wiclef, no 
se perdieron las semillas de la enseñanza de éste, y persistió 
en el pueblo un profundo descontento contra los monjes 
y los altos prelados de la Iglesia que ostentaban una riqueza 
que contrastaba con la pobreza popular. En resumen, pues, 
durante toda la Edad Media hasta Lutero, existía en Ingla- 
terra un estado latente de oposición al papado, ya por mu- 
chas de sus doctrinas, ya por la moral de sus ministros, ya 
contra la suprema autoridad de la Iglesia que, como dice 
un historiador "encontrándose demasiado alejada, sacrifi- 
caba los intereses ingleses a los de los príncipes continentales 
que, estando más próximos, tenían sobre él una acción más 
directa. Soberanos y estadistas ingleses sufrían al ver que 
una parte de su soberanía se encontraba delegada en un 
poder extranjero que no sabía casi nada de ellos". El papa 
Gregorio el Grande (590-604), que encantado de la docili- 
dad de la Iglesia de Inglaterra, en sus comienzos, había 
comparado a los anglos (ingleses) con ángeles, en su célebre 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



165 



frase "«o« Angli sed angelí", se había, por lo tanto, equi- 
vocado lamentablemente, pues la sumisión inicial, se había 
convertido durante el transcurso de los siglos, en un estado 
de espíritu contrario a las doctrinas y a la Corte de Roma. 

Todo esto nos hace comprender que cuando el rey Enri- 
que VIII (1509-1547) por razones pasionales y políticas, 
rompió con el papado, el reino estaba preparado para esa 
ruptura que separó definitivamente de la Iglesia de Roma 
a la Iglesia anglicana, pues como manifestaba Taine: "Cuan- 
do cinco millones de hombres se convierten, es porque esos 
cinco millones de hombres desean convertirse". Lo notable 
de esa revolución religiosa y lo que ha asegurado su duración, 
distinguiéndola de las demás manifestaciones de la Reforma, 
es que en Inglaterra la realizó el monarca con el concurso 
del Parlamento. Éste, haciendo revivir los antiguos estatutos 
de "provisors" y de " prcemunire" , declara que todos los 
subditos, so pena de traición, deben reconocer al Rey como 
supremo jefe de la Iglesia de Inglaterra; ordena la supresión 
de los monasterios, y aprueba las modificaciones doctrina- 
rias recomendadas por una comisión de obispos y doctores 
presidida por el Rey, quien tenía sus pretensiones de teólogo, 
ya que había escrito en 1521 una refutación de las célebres 
proposiciones de Lutero, la que le valió del papa Clemen- 
te VII el título de "Defensor de la fe". 

Enrique VIII transformó, pues, con el apoyo parlamen- 
tario, la iglesia existente en su país en una iglesia nacional, 
que no admite su dependencia del Pontífice, al que sólo con- 
sidera, según lo fue en un principio, como simple obispo de 
Roma. La iglesia anglicana, creación de la ley, es una entidad 
sometida a la misma regla que las demás entidades del Estado, 
y deberá enseñar la doctrina adoptada por el Rey y el Par- 
lamento. Por eso en el reinado siguiente de Eduardo VI, se 
resolvió que en el sacramento de la Cena no había transubs- 
tanciación, y se prescribió la celebración del culto en lengua 
vulgar, de acuerdo con el ritual del Prayer-Book, libro litúr- 
gico de oraciones preparado por una comisión presidida por 
Crammer, arzobispo de Canterbury (decapitado después por 
orden de María la Sanguinaria) , liturgia que conserva de las 



166 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



antiguas ceremonias lo que no es contrario a los principios 
de la Reforma. Finalmente se impuso a todo el clero una 
confesión de fe calvinista, formulada en 42 artículos, más 
tarde reducidos a 39. Esa revolución religiosa había echado 
prontamente tan hondas raíces, que no pudo desarraigarla 
la reacción de la católica María la Sanguinaria (1553-1558), 
3 pesar de todos los crímenes que hizo cometer para volver 
a implantar el catolicismo en su país. Con el largo reinado 
de Isabel (1558-1603), se consolidó definitivamente el an- 
glicanismo, iglesia que por el estatuto del Acta de Suprema- 
cía, quedaba subordinada a la Corona, la que nombra los 
titulares de los obispados y los demás altos dignatarios, de- 
creta los cánones de la iglesia y resuelve las cuestiones de 
dogma, ritual, disciplina y represión de la herejía, de acuerdo 
con delegados laicos o eclesiásticos. 

Las posteriores medidas represivas contra los católicos se 
debieron principalmente a razones de índole política. El 
papa Pablo V excomulgó a Isabel, como lo había hecho Cle- 
mente VII con Enrique VIII; y en diciembre de 1580, bajo 
el pontificado de Gregorio XIII, el Secretario de Estado de 
la Santa Sede daba esta respuesta a una consulta de jesuítas 
ingleses: '^Puesto que esta culpable mujer es causa de la pér- 
dida para la fe de tantos millones de almas, no hay duda de 
que quien la envíe fuera de este mundo con la piadosa inten- 
ción de servir a Dios, no solamente no pecará, sino que ad- 
quirirá méritos". No es de extrañar, pues, que en virtud de 
esta incitación al regicidio, fueran condenados a muerte 
muchos sacerdotes y laicos católicos, no por sus ideas reli- 
giosas, sino por delito de alta traición. El asesinato de Gui- 
llermo el Taciturno, príncipe de Orange, y jefe de los pro- 
testantes que combatían en los Países Bajos contra la tiranía 
de Felipe II, asesinato efectuado por un fanático llamado 
Baltasar Gerard, en julio 10 de 1 584, y que se atribuyó a inci- 
taciones jesuíticas, trajo como consecuencia que el Parla- 
mento inglés votara una ley de expulsión de los jesuítas, 
quienes deberían salir de inmediato del reino, bajo pena de 
muerte, prohibiéndose además a los jóvenes ingleses que estu- 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



167 



diaran en los seminarios de esa Orden existentes en el conti> 
nente. 

La célebre empresa de Felipe II, campeón europeo del 
catolicismo, para sojuzgar a Inglaterra y extirpar el angli- 
canismo, por medio de la invencible armada, empresa que 
constituyó uno de los más serios peligros que hubiera corrido 
hasta ese momento la independencia inglesa, sirvió para que 
el pueblo se apegara más a su iglesia nacional, considerada 
como símbolo de unidad nacional, siendo desde entonces 
inseparables para la mayoría de los habitantes, los vocablos 
Church and country, o sea, "Iglesia y patria". Se comprende, 
pues, que el fracaso de esa expedición, así como las con^'pi- 
raciones de los jesuítas, trajeran consigo múltiples disposi- 
ciones vejatorias contra los católicos, quienes "fueron ex- 
cluidos de todo empleo local o nacional, no podían alejarse 
de sus tierras sin un permiso firmado pór el Juez de Paz, 
eran penados con grandes multas (que en general no se ha- 
cían efectivas) si no aristían al servicio anglicano, y el sacer- 
dote que celebraba misa y los que asistían a ella podía ser 
condenados a muerte como traidores", amenaza que, según 
el historiador A. Maurois, rara vez se cumplía. Finalmente 
la Conspiración de la Pólvora, complot terrorista tramado 
por caballeros católicos en 1605, para matar al Rey y a todos 
los Lores y miembros de los Comunes que se encontraran 
reunidos en el edificio del Parlamento, y que estuvo a punto 
de tener éxito, despertó tal indignación pública, que volvió 
sospechosos a todos los católicos, quienes, con tal motivo, 
fueron despojados de sus derechos cívicos, declarados inca- 
paces de ejercer determinadas profesiones y hasta de admi- 
nistrar los bienes de sus hijos menores. Dos siglos demoraron 
los católicos en recuperar totalmente sus derechos, perdidos 
por las conspiraciones, atentados y demás sucesos delictuo- 
sos contra la seguridad y la tranquilidad del país, en que 
tuvieron más o menos destacada actuación, y que hicieron 
popular en toda Inglaterra la frase: ¡No popery!, "nada 
con los papistas". 



168 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



El anglicanismo, como toda religión nacional es por 
su naturaleza intolerante, como lo demostró no sólo con los 
católicos, sino con los puritanos, cuáqueros, independientes 
y demás agrupaciones cristianas protestantes, que vinieron 
a formar el importante grupo de los no conformistas. Pero 
en el seno mismo del anglicanismo se distinguieron, desde 
fines del siglo xvii, tres partidos que no marchaban de acuer- 
do, a saber: 1' el de la Alia Iglesia (High Church), que 
seguía las huellas del arzobispo Laúd, uno de los dirigentes 
que más daño causó a la Iglesia nacional y que murió deca- 
pitado en el reinado de Carlos I (1645), grupo ritualista 
que, salvo que no admite la autoridad del Papa, es casi idén- 
tico en sus doctrinas y ceremonias a la Iglesia romana, y al 
igual que ésta, del punto de vista político, sostiene la mo- 
narquía absoluta como institución de origen divino, debién- 
dose, por lo tanto, sumisión completa a los reyes. Fueron los 
partidarios de este grupo los que en 1682 provocaron el 
decreto de Oxford, en el que se condena la doctrina de la 
soberanía popular, se le desconoce al Parlamento el derecho 
de cambiar el orden de sucesión de los monarcas ingleses, y 
se niega que fueran entonces los depositarios del poder supre- 
mo en Inglaterra, el rey, los lores y los miembros de los co- 
munes. 2' La Baja Iglesia (Low Church), o partido evan- 
gélico presbiteriano, que acepta el Acta de Uniformidad, 
estatuto de la época de Isabel (1 5 58), admite la subordina- 
ción de la Iglesia al Estado en los asuntos temporales, y de 
sus filas salió el clero wigh del siglo xviii, partidario de una 
monarquía constitucional. Y 3' La Iglesia Latitudinaria o 
liberal (Broad Church), cuyos teólogos — entre los cuales 
se contó el filósofo Locke — aunque admiten la inspiración 
de la Biblia, rechazan la tradición, la autoridad de los Padres, 
de los concilios y de las confesiones de fe, y sostienen que, 
para formar parte de la Iglesia, basta que se acepten las ver- 
dades fundamentales comunes a todas las iglesias cristianas. 
Este partido, el más tolerante de todos, renovó la teología 



(1) Véase nuestra Historia de la Religión de Israel, tomo I, 
págs. 35-38. 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



169 



anglicana por la especulación científica y filosófica. Locke 
enseñaba que siendo subjetiva la verdad de orden espiritual 
y moral, no tenemos derecho a erigirnos en jueces infalibles 
de la ortodoxia y de la herejía. No hay herejía en el cristiano 
de buena fe: lo que salva es la sinceridad y no la creencia 
en tal o cual dogma. Los latitudinarios fueron los antecesores 
de los modernos fideístas. 

En 1672 se había votado la famosa Acta del Test, ley 
por la cual no se podía ejercer ningún cargo civil o militar 
sin comulgar en la Iglesia anglicana, y que, por lo mismo, 
vino a excluir de la cosa pública tanto a los católicos como 
a los disidentes o no conformistas. A pesar de las citadas 
leyes restrictivas contra el catolicismo, éste nunca tuvo que 
soportar en Inglaterra las persecuciones que sufrió el pro- 
testantismo en Francia. Las autoridades cerraban tan bien 
los ojos, que desde 1700, tenían los católicos ingleses tres 
obispos; y si varios lustros más tarde se les impuso el pago 
de doble contribución inmobiliaria, fue porque en la insu- 
rrección jacobita de 1715 intervinieron católicos, sobre todo 
de Irlanda, siendo considerada esa medida como indemniza- 
ción de guerra contra súbditos sublevados. Dos leyes, una 
de 1778 y otra de 1791, derogaron la mayor parte de las 
disposiciones penales contra los católicos y les concedieron 
la libertad de su culto y la exoneración de la citada doble 
tasa del impuesto inmobiliario, quedando en adelante asimi- 
lados a los demás ciudadanos, con la excepción de que con- 
tinuaban no pudiendo formar parte del Parlamento, ni des- 
empeñar ciertos oficios de la Corona, ni los altos cargos del 
ejército. 

Finalmente el ministerio Wellington-Peel (1828-1830) 
logró hacer derogar el Acta del Test, primero en favor de 
los no conformistas, y después en 1829, en favor de los cató- 
licos, quienes desde entonces tienen los mismos derechos po- 
líticos que los anglicanos, salvo que un católico no puede 
pretender la Corona, y lo mismo que los disidentes, no puede 
ser Lord Canciller (cargo equivalente al de Ministro de Cul- 
tos) , Regente del Reino Unido, y carece del derecho de pre- 
sentar un candidato a los beneficios de la Iglesia anglicana. 



170 



CELEDONIO NIN Y SDLVA 



de los que, sin embargo, pueden ser patrones. La Iglesia an- 
glicana separada del Estado en Irlanda, por Gladstone, en 
1869, perdió allí sus privilegios y una parte de sus bienes. 

En 1833 se inició por el cura Keble, en la Alta Iglesia, un 
movimiento contra la derogación del Act Test y en pro de 
las concepciones del antiguo arzobispo Laúd favorables a la 
Iglesia de Roma. Keble pronto fue dejado de lado, encabe- 
zando esa propaganda, — que se hacía por "tracts" o folle- 
tos, de donde ese movimiento se denominó "tractariano" — 
primero el cura Newman, que sostenía la ortodoxia contra 
el pensamiento moderno, y luego cuando éste, cinco años 
más tarde, se convirtió al catolicismo, donde llegó a ser car- 
denal, el movimiento de carácter sacerdotal y eminentemen- 
te ritualista fue dirigida por Pusey, de quien, en adelante, 
tomó el nombre de puseyismo. Los tractarianos o puseyistas 
eran católicos disfrazados, que querían insensiblemente con- 
ducir la Iglesia anglicana al seno de la de Roma; diríamos 
hoy que representaban la quinta columna dentro de las fila» 
del anglicanismo. 

Expuesta así a grandes rasgos, la historia de la iglesia an- 
glicana, nos hallamos ahora habilitados para comprender las 
razones que asistían a León XIII para forjarse la ilusión de 
que conseguiría fusionar con su iglesia, aquélla que hacía 
más de tres siglos se había separado de la de Roma. Contando 
con la quinta columna ultra-ritualista del puseyismo, y ani- 
mado por las embajadas, presentes y manifestaciones de 
adhesión que recibió de casi todas las partes del mundo con 
motivo de sus dos jubileos: sacerdotal, en 1888, y episcopal, 
en 1893, hizo un llamado de unión a las iglesias de todos los 
países, el 20 de junio de 1894, en la encíclica Preclara, de 
la que nos ocuparemos más adelante; y en abril de 1895, se 
dirigió especialmente al pueblo inglés invitándolo a volver 
a la unidad católica, interrumpida desde el siglo xyi. Coad- 
yuvaba en tales propósitos Lord Halifax, quien había con- 
quistado a Gladstone a dicha causa, y parecía que esa idea de 
unión hubiera podido triunfar, pues los representantes de las 
diferentes fracciones de la iglesia anglicana, — a saber, tanto 
los de la Iglesia "establecida" u oficial de Inglaterra, como 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



171 



los de las iglesias episcopales de Escocia, Irlanda, Norteamé- 
rica, los Dominios y las colonias inglesas — , todos habian 
manifestado en las conferencias decenales que celebraban en 
Lambeth, el deseo de llegar a un entendimiento con las otras 
agrupaciones cristianas. Pero surgió una cuestión dogmática 
previa, que hizo fracasar los planes de León XIII. 

En efecto, la High Church, de acuerdo con las ideas de 
Laúd y de Pusey, sostiene que la Iglesia anglicana, a dife- 
rencia de las demás comunidades procedentes de la Reforma, 
es de origen apostólico, y que, por lo tanto, todas las orde- 
naciones del clero anglicano son perfectamente válidas. Con- 
tra esta tesis se estrelló la intransigencia católica, la que 
negaba esa validez, por lo cual cuando se convertía al cato- 
licismo algún miembro del clero anglicano y quería entrar 
al clero católico, se le volvía a ordenar nuevamente. León 
XIII, siguiendo los principios intolerantes de su iglesia, por 
su carta Apostólicce curce^ de setiembre de 1896, declaró 
nulas las ordenaciones anglicanas, quedando así definitiva- 
mente malogradas sus tentativas de unión de ambas iglesias. 

No contó tampoco el Papa, con que a pesar de las velei- 
dades romanistas de los ritualistas y aristócratas de la H'tgh 
Chtirch, esa fusión era imposible de realizar por el carácter 
del pueblo inglés, conservador y práctico al mismo tiempo: 
conservador, pues apegado a sus costumbres tradicionales, se 
rige en materia constitucional por su derecho consuetudina- 
rio, y en materia eclesiástica le agrada conservar la antigua 
jerarquía (los dos arzobispados de Canterbury y de York, 
y los obispados del siglo xvi) y el antiguo ritual. Y práctico, 
pues, para ese pueblo lo antiguo cesa de ser venerable, cuan- 
do se torna vetusto e incómodo; y por eso, en el vaso viejo 
del catolicismo anterior, echó el vino nuevo del espíritu de 
la Reforma, espíritu que anima desde hace cuatro siglos a 
su iglesia nacional, aunque ésta mantenga las exterioridades 
del culto católico. Esto nos hace comprender la viva reac- 
ción que se produjo cuando el pueblo inglés se enteró de que 
ciertos dirigentes querían privarlo de su iglesia propia, para 
someterlo otra vez a la dominación de la de Roma, que desde 
mucho antes de Lutero, censuraban y atacaban sus satíricos 



172 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



y literatos. Después de ese fracaso de León XIII, sus sucesores 
se han llamado a sosiego con respecto a ese proyecto de fu- 
sionar la iglesia anglicana con la católica, contentándose con 
las conversiones individuales que a menudo obtienen de los 
ritualistas de la High Church, dado que el ritualismo — sea 
católico, protestante, judio o de cualquier otra denomina- 
ción que fuere — es la negación del verdadero sentimiento 
religioso, pues, en realidad, consiste en manifestaciones de 
una religión mecanizada, de prácticas exteriores y ceremo- 
nias habituales, de los que está ausente el espíritu vivificante 
del sentimiento sincero de la unión del alma con la divinidad. 

La política de León XIII con Rusia. — El propósito 
que persiguieron los zares desde Nicolás I (1825-1855), fue 
"rusificar" el país, es decir, imponer la misma lengua y la 
misma religión a todos sus habitantes, de cuyas libertades 
prescindieron por completo. Después de los movimientos 
liberales de 1848 en toda Europa, Nicolás I, celoso guarda- 
dor de los principios absolutistas que habían inspirado la 
Santa Alianza, se aplicó a impedir por toda clase de medios, 
que se propagaran a Rusia esas ideas de libertad. La reacción 
concentró especialmente sus ataques contra los diarios, libros, 
estudiantes y profesores universitarios. El historiador ruso 
Granovski escribía en 1850: "Los nuevos programas de es- 
tudio admirarían hasta a los jesuítas. En la escuela de Cade- 
tes, el capellán debe enseñar que la grandeza de Cristo con- 
siste sobre todo en su sumisión a las autoridades; el profesor 
de Historia debe exaltar los méritos, demasiado a menudo 
desconocidos, del imperio romano, al que sólo le faltó el 
principio hereditario, etc.". Ya hemos dicho anteriormente 
que Pío IX logró firmar con ese zar un concordato, que 
nunca se puso en práctica. 

A Nicolás I le sucedió su hijo Alejandro II (1855-1881), 
cuyos primeros diez años de gobierno se caracterizaron por 
una triple reforma: social (abolición de la servidumbre y 
solución del problema agrario), judicial y universitaria. Las 
tendencias liberales gubernativas no duraron mucho, te- 
niendo en primer término que sufrir de la reacción las uní- 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



173 



versidades, a las que se acusaba de ser focos de materialismo. 
En 1862 estalló la revolución polaca, que duró dos años, y 
cuya sofocación trajo sangrientas represalias, principalmente 
contra la nobleza y el clero católicos, que habían favorecido 
ese movimiento insurreccional. En la Lituania y en la Ucra- 
nia o Pequeña Rusia, se estableció el ruso como idioma oficial 
en la enseñanza, en la administración y hasta en las iglesias 
católicas; los últimos uniates o cristianos griegos unidos al 
catolicismo, fueron obligados a plegarse a la iglesia ortodoxa; 
y se pusieron toda clase de trabas para reparar o edificar igle- 
sias del culto católico. 

En Polonia propiamente dicha, se suprimieron la mayor 
parte de los conventos, se secularizaron los bienes del clero, 
se denunció el concordato y se confió la administración de 
la iglesia católica a un colegio eclesiástico de San Petersburgo. 
Según el escritor ultramontano E. Chenón, "gran número 
de sacerdotes y monjes católicos fueron fusilados, estrangu- 
lados o deportados a Siberia; 130 conventos de monjes de 
los 155 existentes y 32 conventos de monjas de los 42 que 
había, fueron suprimidos...; popes reemplazaron a los 
sacerdotes católicos en las parroquias, y los polacos fueron 
obligados por la fuerza a asistir a sus oficios y a dejar bauti- 
zar sus hijos por ellos". Las protestas de Pío IX por estos 
desmanes no dieron otro resultado que la ruptura de rela- 
ciones diplomáticas en 1866, entre Rusia y la Santa Sede, 
por lo cual ningún obispo ruso concurrió al concilio del 
Vaticano. Esa política religiosa de violencias la prosiguió 
Alejandro II hasta que fue asesinado el 1' de marzo de 1881, 
suceso este último que influyó para que León XIII publicara 
cuatro meses después su encíclica Diuturnum, pues al co- 
mienzo de ella se leen estas palabras: "No ha mucho aún 
que la Europa entera se estremecía de horror ante la noticia 
del horrible asesinato de un poderoso emperador; al día si- 
guiente de tan grande iniquidad cuando el estupor que ha 
causado oprime aún todas las almas, hay bandidos que no 
temen lanzar públicamente la intimidación y la amenaza 
a la faz de los otros soberanos de Europa". 

Tal era la situación de la iglesia católica en Rusia, al adve- 



174 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



nimiento de León XIII al trono pontificio. Este papa tentó 
dos veces restablecer las relaciones diplomáticas con ese im- 
perio, propósito que no consiguió hasta el año 1889, debido 
principalmente a la oposición de Pobiedonostzeff, procu- 
rador general del Santo Sínodo, personaje clerical que ejercía 
gran influencia sobre el nuevo emperador Alejandro III. Ya 
sabemos que una de las grandes ambiciones de León XIII fue 
la unificación de todas las iglesias cristianas bajo la autori- 
dad del Pontífice romano, para lo cual publicó su encíclica 
Príeclara en junio 20 de 1894, pareciéndole que esa empresa 
tendría éxito sobre todo con la iglesia ortodoxa rusa y con la 
anglicana, que por el hecho de ser iglesias ritualistas estaban 
a un paso de la católica, de la que no diferían mayormente 
en cuanto a las doctrinas. Pero con ambas fracasó, porque 
la iglesia católica carecía de suficiente ductilidad para incor- 
porarse sus rivales, y después porque éstas estaban sostenidas 
por un tradicionalismo y un nacionalismo profundamente 
hostiles a toda fusión. Debido a su afán de congraciarse con 
el gobierno ruso, para realizar su aludido propósito, León 
XIII se hizo el sordo a los clamores de los católicos polacos, 
contra quienes seguía Alejandro III la misma política veja- 
toria que sus antecesores. Igualmente dicho papa, según nos 
informa Mauricio Pernot, "sacrificó resueltamente los pola- 
cos de Prusia al designio más razonable de restablecer en el 
Imperio alemán la paz religiosa". 

Tratando de allanar obstáculos para conseguir el indicado 
fin fusionista, León XIII tanto en su citada encíclica Príe- 
clara, como en la Constitución Orientalium Dignitas del 
30 de noviembre de 1894, exigía a todos los católicos del rito 
latino, el respeto de los ritos, disciplina y organización inte- 
rior de las iglesias de Oriente separadas, es decir, de las igle- 
sias griega, armenia, siria, caldea, copta, y de las numerosas 
comunidades de cristianos orientales existentes en Rusia, 
Finlandia, Polonia, y otras regiones de Europa del Este y 
Central. "La verdadera unión entre los cristianos, decía 
León XIII a los miembros de dichas comunidades, es la que 
ha instituido y ha querido Jesucristo, el autor de la Iglesia: 
consiste en la unidad de la fe y del gobierno. Ni nosotros ní 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



175 



nuestros sucesores nunca suprimiremos nada de vuestro de- 
recho, ni de los privilegios de vuestros patriarcas, ni de las 
costumbres rituales de cada Iglesia. Siempre ha estado y 
estará en el pensamiento y en la conducta de la Santa Sede, 
el mostrarse pródiga de concesiones en cuanto a los orígenes 
y a las costumbres propias de cada Iglesia". 

Sin embargo, León XIII, según hemos visto, no se mostró 
pródigo de concesiones en cuanto a los orígenes, a las cos- 
tumbres, ni al derecho de la Iglesia anglicana, ni al de la 
ortodoxa rusa, que, sustentadas por un nacionalismo secular, 
rechazaron las interesadas proposiciones del jefe del catoli- 
cismo, quien sólo podía ser escuchado por aquellas iglesias 
disidentes que difiriendo de la de Roma por detalles de orga- 
nización y culto locales, se mantienen unidas a ésta por el 
dogma y por reconocer la autoridad pontificia. Las iglesias 
oficiales de Inglaterra y de la Rusia de los zares, que tenían 
como jefes a los monarcas de sus respectivos países, no po- 
dían, además, descender de su autonomía nacional, para 
someterse a la obediencia de un jerarca extranjero. Estas 
razones no podían pesar en el ánimo de los fieles de las cita- 
das iglesias orientales, quienes no tenían inconveniente en 
incorporarse a la importante iglesia romana, siempre que se 
Ies respetaran sus tradicionales prácticas de culto. Por eso 
León XIII prohibió terminantemente al clero occidental que 
menospreciara a los uniates rusos, y que tratara de imponer 
el rito latino a los orientales de las iglesias separadas. Los 
orientales convertidos son actualmente católicos con ritos y 
disciplina peculiares, diferentes de los practicados por la igle- 
sia de Roma, pues lo esencial para ésta, es que acaten al Jefe 
de la misma. En cuanto a la iglesia ortodoxa rusa, que desde 
el triunfo del bolcheviquismo en su país ha cesado de ser 
iglesia oficial, se encuentra hoy en situación semejante a las 
demás iglesias de Oriente separadas de Roma, y si no inter- 
vienen razones de índole política, no será extraño que en 
lo futuro se reintegre al catolicismo, del cual tan poco la 
separa. 



176 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



El Papo obrerista. - Lo encíciico Rerum Novorum. 

— Hemos estudiado la obra política de Leóo XIII en su faz 
de papa soi-disant 'liberal'; examinémosla ahora en su faz 
social, en la que se le llama "papa obrerista". Lo que contri- 
buyó a que se le diera esta denominación, fue la publicación, 
en mayo 15 de 1891, de su célebre encíclica Kerum Nova- 
rum, que pasamos a analizar. 

He aquí breve y fielmente resumido lo que expresa León 
XIII en ese documento, en el que trata de solucionar el pro- 
blema de la afluencia de la riqueza en algunas manos en 
contraste con la indigencia de la multitud, así como los con- 
flictos que se producen entre los obreros y los patrones. Este 
problema, dice, es difícil de resolver; pero siguiéndose los 
consejos de la Iglesia, se obtendrá una equitativa solución 
del mismo. Lamenta la destrucción de las antiguas corpo- 
raciones, que protegían a los obreros, los que hoy aislados se 
ven a merced de patrones inhumanos y de la avaricia de una 
concurrencia desenfrenada. Combate el colectivismo socia- 
lista y sostiene que la propiedad privada está de acuerdo con 
la naturaleza de las cosas. El primer fundamento que debe 
establecerse por todos aquellos que quieren sinceramente el 
bien del pueblo, es la inviolabilidad de la propiedad privada. 

Para buscar el remedio deseado debe acudirse a la Iglesia, 
que por muchas instituciones bienhechoras tiende al mejo- 
ramiento de la suerte de las clases pobres. El primer principio 
que hay que poner de relieve, es que el hombre debe aceptar 
pacientemente su condición, pues es imposible, en la sociedad 
civil, que todo el mundo se eleve al mismo nivel. La natura- 
leza ha establecido entre los hombres, diferencias tan múl- 
tiples como profundas: diferencias de inteligencia, de talen- 
to, de habilidad, de salud, de fuerzas; diferencias necesarias 
de donde naturalmente nace la desigualdad de las condicio- 
nes. Esta desigualdad es beneficiosa tanto para la sociedad 
como para los individuos, porque la vida social requiere un 
organismo muy variado y funciones muy diversas; y lo que 
precisamente obliga a los hombres a repartirse esas funciones, 
es la diferencia de sus condiciones respectivas. El trabajo es 
indispensable; pero después del pecado de Adán, la necesidad 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



177 



de él le ha añadido el sentimiento del dolor y lo ha impuesto 
como una expiación. Lo mismo ocurre con las demás cala- 
midades que pesan sobre el hombre, todas, funestos frutos 
del pecado, por lo cual el dolor es el patrimonio ineludible 
de la humanidad. 

El error capital en esta cuestión consiste en suponer que 
son enemigas natas entre sí, las dos clases de ricos y pobres, 
de patrones y obreros, cuando ambas están destinadas por la 
naturaleza a complementarse y formar un todo armónico. 
Ambas clases tienen deberes mutuos, y así el pobre o el obre- 
ro debe dar íntegra y fielmente todo el trabajo a que se ha 
comprometido en contrato libre y conforme a la equidad; 
no debe dañar a su patrón ni en sus bienes, ni en su persona, 
sus mismas reivindicaciones deben estar exentas de violencias 
y no revestir nunca la forma de sediciones; y debe alejarse 
de los hombres perversos que, en discursos artificiosos, le 
sugieren esperanzas exageradas y le hacen grandes promesas. 
En cuanto a los ricos y patrones deben no tratar al obrero 
como esclavo; deben respetar en él la dignidad del hombre; 
tener en cuenta los intereses espirituales de éste; no impo- 
nerle un trabajo que exceda de sus fuerzas o que esté en 
desacuerdo con su edad o con su sexo; pagarle el salario con- 
veniente, no explotando la pobreza ni especulando con la 
indigencia; y no realizar ningún acto de violencia, de fraude 
o maniobra usuraria que pudiera perjudicar el ahorro del 
pobre. 

Obedeciendo estos preceptos, cesará todo antagonismo 
entre las dos clases citadas rivales, debiendo además recor- 
darse que la Iglesia enseña que toda la economía de la reli- 
gión descansa sobre este dogma cristiano: cuando hayamos 
abandonado esta vida, es cuando tan sólo comenzaremos a 
vivir. En consecuencia, sufran con paciencia los pobres, pues 
si sufrimos con Jesucristo reinaremos con él; y en cuanto 
a los ricos, se les advierte que las riquezas no sólo no los 
ponen a cubierto del dolor, sino que son además un obstáculo 
para la vida eterna, y que deberán un día dar cuenta a Dios 
del uso que de ellas hayan hecho. En lo tocante al uso de las 
riquezas, nadie está obligado para socorrer al prójimo, a 



178 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



tomar de lo necesario para si o para su familia, ni aun a pri' 
varse de lo que las conveniencias o la decencia imponen a su 
persona, pues nadie, en efecto, debe vivir en contra de las 
conveniencias. Vero desde que se ha dado suficientemente a 
la necesidad y al decoro, debe entregarse lo superfluo a los 
pobres. Esta no constituye un deber de estricta justicia, salvo 
los casos de extrema necesidad, sino de caridad cristiana; un 
deber, por lo tanto, cuyo cumplimiento no se puede deman- 
dar por las vías de la justicia humana. 

Recuerden los desheredados de la fortuna que la pobreza 
no es oprobio, pues Jesucristo, siendo hijo de Dios y Dios él 
mismo, no trepidó en pasar por hijo de un artesano, y en 
consagrar gran parte de su vida a un trabajo mercenario. 
Además, la Iglesia provee directamente a la dicha de las cla- 
ses desheredadas, por la fundación y el sostén de instituciones 
propias para aliviar su miseria. En cuanto a la beneficencia 
establecida por las leyes civiles, no puede substituir a la 
caridad cristiana, que se consagra por completo al bien del 
prójimo. 

El Estado debe servir el interés común ; pero no debe 
absorber al individuo ni a la familia. Importa que mantenga 
el orden y la paz, por lo cual si ocurriera que los obreros 
abandonando el trabajo o suspendiéndolo por huelgas, ame- 
nazaran la tranquilidad general; si se relajaran entre los tra- 
bajadores los lazos naturales de la familia; si se pisoteara la 
religión de los obreros al no facilitárseles el cumplimiento 
de sus deberes para con Dios; si la promiscuidad de los sexos 
u otras excitaciones al vicio constituyeran en las usinas un 
peligro para la moralidad; si los patrones abrumaran a los 
trabajadores con el peso de inicuos fardos o deshonraran en 
ellos la persona humana por condiciones indignas y degra- 
dantes; si atentasen a su salud por excesivo trabajo y fuera 
de proporción con su edad y su sexo, — en todos estos casos 
habría absolutamente que aplicar en ciertos límites la fuerza 
y la autoridad de las leyes. 

Finalmente concluye el Papa recomendando la formación 
de corporaciones o sindicatos para salvaguardar los intereses 
de los obreros en sus relaciones con los patrones, y como hay 



HISTORIA POLITICA DE LOS PAPAS 



179 



asociaciones obreras gobernadas por jefes ocultos y que son 
hostiles al nombre cristiano y a la seguridad de las naciones, 
los obreros católicos deben organizarse entre ellos y reunir 
sus fuerzas para sacudir valientemente el yugo injusto e in- 
tolerable de aquéllas. 

Observaciones o la encíclica Rerum Novarum. — 

Tal es a grandes rasgos el contenido de la extensa encíclica 
Rerum Novarum, a la que formularemos estas breves obser- 
vaciones: 

F La iglesia cristiana comenzó por ser la religión de los 
pobres, estableciéndose en sus primeros lustros, un verdadero 
comunismo en ella, pues como esperaban para fecha próxima 
«1 fin del mundo, ''todos los creyentes estaban juntos y te- 
nían todas las cosas comunes; vendían las posesiones y las 
haciendas, y repartían su precio entre todos, según las nece- 
sidades de cada uno" (Actos, 2, vs. 44 y 45). Pero desde que 
esa iglesia, ya con la denominación de católica, se convirtió 
en institución oficial como religión de Estado, y adquirió 
predominio político, fue transformándose insensiblemente 
en la religión de los ricos, de los poseedores de bienes mate- 
riales que convenía hacer afluir al tesoro eclesiástico. Por 
supuesto que no se desinteresó en absoluto de los indigentes, 
cuya hambre trataba de satisfacer con la sopa boba de los 
conventos, o más tarde, después del siglo xvii, con la ayuda 
prestada por sociedades caritativas como la de San Vicente 
<le Paul; pero el siglo xix planteó el grave problema del pro- 
letariado industrial, del que no se ocupó para nada la Iglesia. 
Los Estados europeos protestantes trataron, en cambio, de 
buscar soluciones a esos problemas obreristas, que tenían 
vasta repercusión en la vida política nacional, y dictaron 
con tal fin múltiples leyes de carácter social. En Inglaterra, 
de 1871 a 1878, y en Alemania, de 1883 a 1889, se promul- 
garon leyes tendientes a mejorar la situación de los obreros, 
asegurándolos, por ejemplo, contra las enfermedades, los 
accidentes y la desocupación. 

2' León XIII, dándose cuenta de lo atrasados que en ma- 
teria social estaban los países católicos, y de que su iglesia 



180 



CELEDONIO NIN Y SELVA 



nada había hecho tampoco en ese sentido, pues se había 
limitado a atacar violentamente al incipiente socialismo, y 
que de seguir así corría el riesgo de perder su influencia 
sobre las masas populares, comprendió, como hábil político, 
que era impostergable el preocuparse por la suerte de los 
desheredados de la fortuna, que componían las clases obre- 
ras, y al efecto escribió su citada encíclica Rerum Novarum, 
que ha venido a ser como el Evangelio del derecho social del 
catolicismo. 

3' Aunque atacando siempre al socialismo, sobre todo al 
socialismo colectivista de su época, que hoy denominamos 
comunismo, León XIII reclama en favor de los obreros mu- 
chas de las justas reformas preconizadas por aquel partido, 
principalmente las relativas a disminución de horas de tra- 
bajo, reposo semanal, salario equitativo y contra la explo- 
tación de la mujer y del niño en las fábricas. En toda su 
encíclica, León XIII sólo menciona como única forma de 
retribución del trabajo, el salario, "el que no debe ser insu- 
ficiente para que permita subsistir al obrero sobrio y ho- 
nesto", olvidando que existen otras formas equitativas de 
remuneración del mismo, como por ejemplo, una partici- 
pación en la riqueza creada por el esfuerzo de aquél. Bien 
que expresa que el Estado en la protección de los derechos 
privados debe preocuparse especialmente de los débiles y de 
los indigentes, haciéndose en cierta medida, la providencia 
de los trabajadores, le asigna, sin embargo, como una de sus 
principales funciones, el contener a las masas en el deber, a 
fin de que no haya reacciones violentas de los oprimidos 
contra los opresores. Lo que pide León XIII en pro de los 
obreros, son aquellas medidas que la justicia y la humanidad 
inspiran y aconsejan a todos los hombres de corazón, 

4^* León XIII no quiere que los obreros recurran en sus 
reivindicaciones a las huelgas, ni a la violencia, por lo que 
les aconseja tener paciencia si sufren y no son escuchados, 
presentándoles para calmarlos, el miraje engañador del más 
allá, región desconocida donde impera la fantasía de todos 
los visionarios religiosos. Ofrecerles a los pobres, como ali- 
vio de su situación, la limosna de los ricos, es un remedio 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



181 



indigno de un sociólogo y humillante para la dignidad hu- 
mana, contra el que Tolstoi protestaba indignado. Lo que 
debiera aconsejarse al rico sería no que dé lo superfluo, sino 
que haga mover sus capitales, en forma que produzca tra- 
bajo remunerador, trabajo que dignifique al obrero y le 
permita, por el ahorro, elevarse de su modesta condición de 
proletario. 

5' Después, poco cambiaría la situación de los pobres si 
estuvieran esperanzados en recibir como dádiva "lo super- 
fluo de los ricos". ¿Qué es lo superfluo? Según el Diccio- 
nario, es lo no necesario, lo excesivo, lo que está de más. 
(Quién puede establecer el límite de los bienes, pasado el 
cual, se entra en el terreno de lo innecesario o superfluo? 
León XIII trata de fijar ese límite diciendo que "nadie está 
obligado para socorrer al prójimo, a tomar de lo necesario 
para sí o para su familia, ni aun a privarse de lo que las con-- 
veniencias o la decencia imponen a su persona". La extremada 
elasticidad de estas disposiciones nos recuerda aquella página 
de Pascal, de la Carta VI de sus "Provinciales" en la que 
expone cómo los jesuítas concilian las contradicciones que 
aparecen entre sus opiniones y lo dispuesto por los pontí- 
fices, los concilios o la Biblia, valiéndose del sistema de in- 
terpretar a su gusto las palabras. 

He aquí esa página: "El Evangelio dice: dad limosna de 
lo que os quede superfluo (^) ; pues bien, muchos casuís- 

(1) Ese precepto no está en los Evangelios, sino que procede del 
pasaje de Lucas 11, 37-41, en el cual se encuentra el texto obscura 
del V. 41, que no guarda relación con los cuatro vs. anteriores. En 
efecto, según Lucas, Jesús invitado por un fariseo, fué a comer con 
él, sentándose a la mesa sin lavarse previamente (el griego trae: 
sin bañarse). El fariseo se sorprendió de esto último, y entonces 
Jesús le dijo: "Vosotros, los fariseos, limpiáis lo exterior de la copa 
y del plato; pero vuestro interior está lleno de rapiña y de maldad. 
¡Insensatos! ¿el que hizo lo de afuera no hizo también lo de aden- 
tro?" Y cuando el relato daba a suponer que Jesús le aconsejaría al 
fariseo: Purificaos o laváos por dentro, que es más importante que 
la limpieza exterior, el v. 41 dice lo siguiente que no tiene relación 
con lo anterior: "Sin embargo, dad limosna de lo que tenéis, y todas 
las cosas os serán limpias". Algvmos, como el católico P. Lagrange 
o el protestante Bonnet, traducen este versículo así: "Más bien dad 
el contenido en limosna, y he aquí todas las cosas os serán puras". 
¿Pero el contenido de qué? ¿De las copas y de los platos? El dar el 
contenido de estos utensilios, no influirá en que para el dador todas 



182 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



tas C) han hallado forma de librar, aun a los más ricos, de 
la obligación de dar limosna. También esto te puede parecer 
contradictorio; pero con facilidad se muestra que no hay 
desacuerdo interpretando la palabra superfino, de manera 
que apenas se hallará quien disfrute de algo superfluo. Esto 
hizo el docto Vázquez en su "Tratado de la Limosna", ca- 
pítulo 4, 14, diciendo: Todo aquello que las personas del 
mundo guardan para conservar su estado y sostener su fami- 
lia, no se llama superfluo; y así apenas habrá quien disfrute 
de nada superfluo ni aun entre los Reyes". También Diana, 
alegando este mismo texto de Vázquez, concluye muy bien: 
que a la pregunta si están obligados los ricos a dar limosna 
de lo que tienen superfluo, aunque la afirmativa sea verda- 
dera, nunca o casi nunca sucederá que obligue la práctica. 
— ^Bien veo, padre mío, que esto se sigue de la doctrina de 
Vázquez; pero no se responde a esta objeción: ¿Luego, se- 
gún Vázquez, tan seguro está de salvarse quien no da lo 
superfluo, y cegado por su ambición piensa que nada tiene 
superfluo, como el que por no ser ambicioso reconoce tener 
más hacienda de la necesaria y la distribuye a los pobres, 
cumpliendo con el precepto del Evangelio? — Es indispen- 
sable responder, me dijo, que ambos caminos son seguros 
según el Evangelio, el uno conforme al sentido literal y más 
fácil de hallar, y el otro conforme al mismo Evangelio inter- 
pretado por V ázquez. Por donde puedes conocer la utilidad 



las cosas sean puras. ¿Se referirá el texto al contenido del interior 
de los fariseos? Pero como ese interior sólo encierra rapiña y mal- 
dad (v. 39), maldita la gracia que le hará al que reciba tales pre- 
sentes en limosna. Wellhausen da una explicación satisfactoria de 
este enredo, y es la siguiente: Lucas se equivocó al traducir del 
arameo la palabra dakkú "purificad o limpiad", bien traducida por 
Mateo (23, 26), pues en vez de ella leyó zakkú "dad limosna". De 
esa confusión del escritor del Evangelio de Lucas, ha resultado que 
Jesús en vez de decir, según el original: "Puriiicáos, y todas las 
cosas os serán limpias", aparece expresando: "Dad limosna de lo 
que tenéis, y todas las cosas os serán limpias", lo que aun asimismo 
es cosa distinta del: "Dad limosna de lo superfluo o de lo que os 
sobre", según lo interpreta León XIII. 

(1) Llámanse casuistas, aquellos teólogos que tratan de resolver 
casos de conciencia, esto es, de solucionar las dificultades que se 
presentan a quienes vacilan entre su deber y sus deseos o sus des- 
arregladas inclinaciones. 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



183 



de las interpretaciones". Hasta aquí Pascal. Note ahora el 
lector que León XIII interpreta el concepto de "lo no super- 
fluo", en un sentido más amplio aún que Vázquez, pues 
para él comprende también lo relativo al mantenimiento de 
las conveniencias y del decoro del individuo en sociedad. Lo 
superfluo queda así reducido a su mínima expresión, con lo 
que se daba satisfacción a los ricos católicos alarmados por 
las obligaciones que se les imponían a favor de los deshere- 
dados de la fortuna. 

6" Amenazar a los ricos egoístas e inhumanos con iluso- 
rias sanciones de ultratumba, quizás pudiera impresionar a 
algunos creyentes sinceros; pero es un recurso estéril para 
con los incrédulos y aun para con la gran mayoría de los 
católicos, cuya religiosidad superficial, que se contenta con 
llenar las ceremonias corrientes de la Iglesia, no llega hasta 
el desprendimiento de bienes o ventajas materiales, y que 
cuentan siempre con el arrepentimiento antes de la muerte, 
que les ganará la absolución de sus culpas y la bienaventu- 
ranza eterna. Además, como le replicó Henry George al 
Papa, en carta abierta que le dirigió el mismo año de la apa- 
rición de Rerum Novarum, la caridad sola no resuelve el 
problema que se busca solucionar, pues se estrella contra el 
egoísmo de las gentes y contra la complejidad de los fenó"- 
menos económicos. Corroborando esto el ex-Ministro de la 
República española, don Indalecio Prieto, en reciente dis- 
curso, se expresaba así: "Si León XIII hubiese llegado a to- 
car el corazón de algunos capitalistas católicos — ^y no tocó 
el de ninguno — los habría arruinado, sin resolver práctica- 
mente nada, porque los problemas sociales no se rigen por 
corrientes sentimentales. Pensad en que grandes burgueses 
ceñidos a los consejos pontificios, hubieran mejorado volun- 
taria y espontáneamente la condición de los trabajadores de 
sus industrias. Pues la competencia de sus rivales les habría 
expulsado del mercado y la explotación de la clase obrera 
habría seguido igual, sin que en el mar proceloso e infinito 
de la contienda social hubiese sido fructífero el sacrificio de 
patrones atentos a la voz del Padre de la Iglesia". 

Y 7' Comprendiendo León XIII el poder político que 



184 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



tienen las masas con el sufragio, combate el sindicalismo so- 
cialista y aconseja en cambio la organización de los obreros 
en sindicatos o corporaciones bajo la autoridad de los obispos, 
de donde han surgido los Círculos Católicos de Obreros, 
Estas agrupaciones vendrán, pues, a constituir un verdadero 
partido político que sostendrá todas las pretensiones de la 
Iglesia, aprovechándose así de la cuestión social para reforzar 
el partido clerical que se esfuerza en dominar todos los resor- 
tes del Estado. Por distintos caminos llega siempre el Papa 
al mismo punto hacia el cual converge toda su diplomacia 
y todo su empeño: formar o consolidar un partido clerical 
en cada Estado, que imponga en él la política del Vaticano. 

Document-os pontificales posteriores o la encíclica 
Rerum Novarum. — León XIII fue un escritor incansable. 
Limitándonos a sus escritos relacionados con nuestro tema, 
recordaremos, después de la encíclica Rerum Novarum, tan 
sólo tres de ellos: su carta apostólica del 20 de junio de 1894, 
Vrceclara graíulationis, que ya hemos mencionado, y cuya 
finalidad es exhortar a los cismáticos que vuelvan al seno de 
la iglesia católica; su encíclica Graves de communi, del 18 
de enero de 1901; y su carta apostólica del 19 de marzo 
de 1902, Llegado al vigésimo quinto año, que viene a ser su 
testamento político. Examinemos rápidamente estas lucu- 
braciones pontificias, destacando de ellas lo que pueda inte- 
resarnos del punto de vista de la política democrática, y 
acompañándolas de algunas acotaciones pertinentes. 

En iPríBclara gratulationis recuerda León XIII que en el 
• interior de las naciones se agita la cuestión social y la cues- 
tión política, las que pueden resolverse por la fe cristiana, 
que despierta en el alma el sentimiento del deber, y le da 
valor para realizarlo; y que para conciliar la libertad y el 
poder, esa misma fe enseña que cualquiera que sea la forma 
de gobierno, la autoridad emana siempre de Dios. Esta obe- 
diencia no daña la dignidad humana porque, propiamente 
hablando, se obedece a Dios más bien que a los hombres, y 
Dios reserva sus más rigurosos juicios para los que mandan- 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



185 



«i no representan su autoridad conforme al derecho y a la 
justicia. 

Aceptar siempre a cualquier gobernante, porque manda, 
porque la autoridad emana siempre de Dios, o porque, "todo 
poder viene de Dios", como se dice en la encíclica Itnmortale 
Dei, no es otra cosa que la justificación de todas las tiranías. 
Por eso el catolicismo se adapta bien a todos los gobiernos 
totalitarios, con los que hace buenas migas. Las dictaduras 
y demás gobiernos de fuerza pueden contar con el apoyo de 
la iglesia católica, siempre que le acuerden a ésta algunos 
favores, y de ello, sin ir muy lejos, nos sería fácil encontrar 
comprobaciones cerca de nosotros. Ahora en cuanto a las 
amenazas que la Iglesia formula contra los malos gober- 
nantes, recordándoles que "Dios reserva sus más rigurosos 
juicios para los que mandan, si no representan su autoridad 
conforme al derecho y a la justicia", constituyen amenazas 
innocuas, sanciones irrisorias que a nadie han detenido nunca 
en el mal camino de la violencia y de la arbitrariedad. 

La democracia católica. — "León XIII, escribe Hay- 
ward, vió desarrollarse en Italia, Francia y Estados Unidos, 
una nueva tendencia proveniente del antiguo liberalismo, 
y que tomó como programa la realización de la democracia 
cristiana. Los dirigentes de esa escuela fueron el abate Ró- 
mulo Murri en Italia y Marc Sangnier, fundador del Sillón 
en Francia". Con este motivo trató León XIII de explicar 
en su encíclica Graves de communi, lo que entiende por 
democracia cristiana, y cómo ésta no debe confundirse con 
la democracia social, porque durante el asunto Dreyfus, 
"muchas gentes honestas le encontraron un sentido equí- 
voco y peligroso" a aquella expresión. "La democracia social, 
sistema defendido por los socialistas, alcanza en gran número 
de sus adeptos a tal grado de perversidad, que no ve nada 
superior a las cosas de la tierra . . . por lo que quisieran que 
en el Estado, el poder perteneciera al pueblo. Desaparecien- 
do las clases sociales, y los ciudadanos reducidos todos al 
mismo nivel, se llegaría a la igualdad de bienes; se aboliría 
el derecho de propiedad, y serían bienes comunes todas las 



186 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



fortunas de los particulares y los mismos instrumentos de 
producción. Por el contrario, la democracia cristiana debe 
apoyarse en los principios de la fe divina, y en consecuencia, 
proveer a los intereses de los humildes, sin cesar de condu- 
cir a la perfección las almas creadas para los bienes eternos. 
Debe ella considerar que nada hay más sagrado que la jus- 
ticia; conservar al abrigo de todo ataque el derecho de pro- 
piedad y de posesión; mantener la distinción de clases pecu- 
liar de un Estado bien constituido; y dar a la comunidad 
humana una forma y un carácter en armonía con los que 
ha establecido el Creador". Recordemos que ni la nivelación 
de fortunas, ni la abolición del derecho de propiedad, figu- 
ran en el programa del socialismo o de la democracia social, 
sino sólo en el del comunismo. 

Después de establecer la diferencia existente entre la de- 
mocracia social y la cristiana, León XIII se esfuerza en tran- 
quilizar a sus fieles monárquicos quitándole todo contenido 
político a esta última, y dejándola reducida a una asocia- 
ción de beneficencia, o según sus propias palabras, "no debe 
dársele otro significado a la democracia cristiana, que el de 
una benéfica acción cristiana entre el pueblo". Da como 
razón de ello que los preceptos del Evangelio no deben de- 
pender de ninguna forma de gobierno civil, pudiendo aco- 
modarse a cualesquiera de esas formas con tal que no sean 
contrarias a la honradez y a la justicia. Agrega que "las 
intenciones y la acción de los católicos que trabajan en pro 
de los proletarios nunca pueden tender a preferir un régimen 
civil a otro", y que además la democracia cristiana no debe 
descuidar los intereses de las clases superiores, cuya utilidad 
no es menor que la de las clases inferiores para la conserva- 
ción y el mejoramiento del Estado. Estos consejos del Papa 
tendientes a quedar bien con todos los gobiernos, con las 
clases adineradas, y con sus fieles franceses contrarios a la 
política republicana nacional, no han impedido que la demo- 
cracia cristiana o "acción catóUca", en muchos países, se 
convirtiera en un verdadero partido clerical al servicio del 
Vaticano. 

En Italia, donde lleva el nombre de "Acción Católica 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



187 



Italiana", ha tenido, por su intervención en la política de ese 
reino, frecuentes rozamientos con los fascistas, por lo cual, 
y a fin de marchar de acuerdo con Mussolini, a mediadOsS 
de 1939, la Comisión Cardenalicia que está al frente de ese 
partido, introdujo en los estatutos del mismo importantes 
modificaciones, siendo la principal de ellas hacer que recaiga 
en la persona de los obispos la dirección de dicha institución 
en sus respectivas diócesis. 

La limosna y la obediencia a los obispos. — Para 
aliviar la suerte de los proletarios, insiste nuevamente 
León XIII en la distribución de pequeñas sumas consagra- 
das a la limosna, la que, según él, "no es injuriosa a la dig- 
nidad humana, puesto que hecha según los preceptos del 
Evangelio, nada tiene que pueda fomentar el orgullo de los 
que dan o hacer avergonzar a los que la reciben. Lejos de 
ser deshonrosa para el hombre, favorece las relaciones socia- 
les, estrechando los lazos que crea el cambio de servicios. No 
hay hombre tan rico que no tenga necesidad de otro, y no 
hay hombre tan pobre que en algo no pueda ser útil a otro"» 
Pero aquí el Papa, en defensa de su tesis, altera los concep- 
tos. Una cosa es la limosna, o sea, la dádiva de pequeñas 
sumas a personas carentes de recursos, y otra es la prestación 
mutua y gratuita de servicios. Ayudar en algo a nuestros 
semejantes, poder serles útiles sea cual fuere su posición eco- 
nómica, no sólo es fuente de sano placer, de íntima satis- 
facción, sino que es dar prueba de verdadera solidaridad 
humana. Pero esto nada tiene que ver con la limosna. AI 
obrero necesitado démosle trabajo, esto es, el medio de ga- 
narse honestamente la vida, y al entregarle su salario lo reci- 
birá con la frente erguida; en cambio, si le damos una 
limosna, agachará la cabeza, se sentirá humillado, dismi- 
nuida su personalidad. 

Finalmente recomienda León XIII a todas las asociaciones 
caritativas que obren bajo una sola y única dirección, esto 
es, bajo la autoridad de los obispos, a quienes deben pro- 
funda sumisión. "El celo que impele a apartarse de la obe- 
diencia debida a los pastores, no es puro, ni de eficacia 



188 



CELEDONIO NIN Y SELVA 



seriamente útil, ni agradable a Dios. Ama Dios el buen espí- 
ritu de los que, sacrificando sus ideas personales, escuchan 
las órdenes de los jefes de la Iglesia como las órdenes de Dios 
mismo". Por eso alaba el Instituto de las asambleas y con- 
gresos católicos, en Italia, cuya acción se desarrolla bajo los 
auspicios y la dirección de los obispos. Como se ve, el Papa 
consideraba a los católicos como seres en minoría de edad, 
sometidos a la rígida y omnipotente tutela de la Iglesia, ins- 
titución jerarquizada bajo el régimen absoluto de un Jefe 
infalible. Tal es la libertad de acción que esa iglesia acuerda 
a sus secuaces. 

El testamento político de León XIII. — Con motivo 
de su jubileo papal, León XIII publicó una encíclica o 
carta apostólica en la que resume todas las doctrinas que 
había proclamado en el curso de su largo pontificado. 
Examina primeramente la implacable guerra que se le hace 
a la Iglesia, la que, según él, "ha creado la civilización 
cristiana, y a la que los pueblos le deben la equidad de 
las leyes, la dulzura de las costumbres, la protección de los 
débiles, el respeto de los derechos y la dignidad de todos 
los hombres". Ese cuadro de la obra grandiosa de la Iglesia 
está desmentido por las realidades de la historia, pues, en 
realidad, la equidad de las leyes se la debemos al antiguo 
imperio romano, el pueblo legislador por excelencia y maes- 
tro del derecho; los débiles, los trabajadores, por lo menos 
hasta la Revolución Francesa, no fueron protegidos por la 
Iglesia, que ni siquiera combatió la esclavitud, como lo po- 
nemos en evidencia en nuestro libro "La libertad a través 
de la historia"; y por último, expresar que debamos a la 
Iglesia católica el respeto de los derechos humanos, es una 
cruel ironía, que sólo puede mencionarse ante quienes igno- 
ren los horrores cometidos por esa organización religiosa a 
causa de su inhumana intolerancia y de su desconocimiento 
de los más elementales y sagrados derechos del hombre. 

El tomismo, filosofía oficiol de la Iglesia. — León 
XIII ataca luego la Reforma del siglo xvi, que "rompió el 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



189 



lazo tan precioso de la antigua imidad de fe y de autoridad" 
al rehusar reconocer la supremacía de la Sede romana y al 
proclamar el principio del libre examen. De aquella fuente 
provienen "el racionalismo y el panteísmo, el naturalismo 
y el materialismo, sistemas funestos y deletéreos que restau- 
raron, bajo nuevas apariencias, antiguos errores ya victorio- 
samente refutados por los Padres y los doctores de la Iglesia". 
Esta última es otra de las infundadas afirmaciones de 
León XIII. Los Padres y los doctores de la Iglesia, cuando 
abordaron el terreno de la filosofía, sostuvieron los más 
erróneos sistemas, y mal podían mellar al racionalismo, si 
consideramos que esta doctrina sostiene sólo verdades demos- 
trables partiendo de un corto número de primeros princi- 
pios, evidentes por sí mismos, que el ser humano conoce 
por sus propias luces naturales. 

"La incredulidad contemporánea, continúa León XIII, 
no se limita a dudar o negar tal o cual verdad de la fe, sino 
que combate el conjunto mismo de los principios que con- 
sagra la revelación y que sostiene la verdadera filosofía, prin- 
cipios fundamentales y sagrados que enseñan al hombre el 
fin supremo de su pasaje por la vida". Pero la ciencia ha 
demostrado incuestionablemente que no ha existido la pre- 
tendida revelación en que se basa la Iglesia, lo mismo que la 
razón demuestra la falsedad del tomismo, que para el Papa 
es la verdadera filosofía cristiana. En efecto, la base meta- 
física del sistema de Tomás de Aquino — sistema que no es 
más que un aristotelismo cristianizado completado con la 
filosofía árabe medioeval — , estriba en sostener que en 
Dios coexisten la esencia y la existencia, conceptos que no 
se implican en la criatura. Para aclarar estos términos, re- 
cuérdese que tenemos idea, por ejemplo, de lo que es una 
sirena o un centauro, sabemos lo que estos vocables sig- 
nifican; pero esa idea no supone la existencia real de esos 
seres fabulosos. Una cosa es preguntarse lo qué es im ser: 
¿Quid sit?, y otra es si existe: ¿An sit? La respuesta a la pri- 
mera pregunta es lo que en la filosofía aristotéUca se llama 
definir la esencia del ser; la respuesta a la segunda resuelve 
el problema de la existencia del ser. De aquí se desprende 



190 



CELEDONIO NIN Y SELVA 



que definir algo no implica que exista lo definido. De modo 
que, por ejemplo, si definimos a Dios como ser omnisciente, 
todopoderoso, etc., con los demás atributos que se le atri- 
buyen, expresamos su esencia; pero de ahi no se deduce su 
existencia. Afirmar que en Dios coexisten la esencia y la 
existencia es sentar una proposición dogmática, que no puede 
ser demostrada. 

Concluir de la idea que tengamos de una cosa a que ella 
exista, es cometer un grave error de lógica; ahora bien, en 
este error descansa la metafísica de Anselmo y de Tomás 
de Aquino. Decía Anselmo: "Concebimos a Dios como Ser 
perfecto; una perfección sin existencia sería imperfecta; lue- 
go Dios existe". Tomás de Aquino pretendía probar la exis- 
tencia de Dios por estos cinco medios: 1" Todo lo que se 
mueve es movido por otro; pero como esto no puede con- 
tinuar hasta el infinito, hay forzosamente que llegar a un 
primer motor inmóvil. Dios. T En las cosas sensibles existe 
un encadenamiento de causas eficientes; pero como no es 
posible que esa cadena se extienda hasta el infinito, debe exis- 
tir un primer término de ellas, que sea la primera causa 
eficiente, a la que llamamos T>ios. V De la distinción de lo 
posible y de lo necesario, se desprende otro argumento, que 
puede resumirse así: Como toda criatura debe su existencia 
a otra, remontando en la escala, hay que detenerse en un 
Ser, Titos, que exista por sí mismo. 4' En los seres se com- 
prueban diversidad de grados, unos son más o menos buenos, 
nobles, verdaderos, que otros. Ahora bien, lo más o lo menos 
conviene a seres diferentes según que se acerquen más o 
menos al grado soberano; así el ser más caUente es aquel que 
está más cerca del ser absolutamente caliente. Por lo tanto, 
hay un ser absolutamente verdadero, absolutamente bueno, 
absolutamente noble, y en consecuencia, hay un ser absoluto. 
Lo absoluto en un género es la causa de todos los seres de 
ese género; así el fuego, que es el calor absoluto, es la causa 
de todo lo que es caliente, como dice Aristóteles en su lÁeta- 
física. Existe, por lo tanto, un Ser que es para todos los seres 
la causa de su existencia, de su bondad y de todas sus per- 
fecciones, este ser es Dios. Y 5' Los seres desprovistos de 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS P^PAS 



191 



conocimiento no pueden alcanzar un fin si no son dirigidos 
por un ser inteligente que conozca ese fin, como la flecha 
es dirigida por el arquero. Luego existe un ser inteligente 
por quien todos los seres materiales son conducidos a su fin: 
ese ser es Dios. 

Como se ve, de la idea que se forjaba Tomás de Aquino 
de un Ser supremo — que fuera motor inmóvil origen de 
todo movimiento, la primera causa eficiente, el punto fijo, 
término y origen de la existencia de todos los seres, la abso- 
luta bondad y perfección, el conductor de todo a determi- 
nados fines — , llegaba a convencerse de la realidad de la 
existencia de ese Ser, lo que es incurrir en el mismo error 
lógico que él también reprochaba a Anselmo. Además es 
más fácil que nos forjemos la idea de un centauro que la 
de un motor inmóvil origen del movimiento real, pues igno- 
ramos cómo algo que sea inmóvil, pueda producir el movi- 
miento. Aristóteles sostenía que ese motor inmóvil se trans- 
formaba en fuerza motriz obrando como objeto de deseo, 
y así sus comentaristas árabes Avicena y Algasali, explica- 
ban el movimiento de cada astro por dos ángeles: uno que lo 
hacía dar vueltas, mientras que el otro, contemplado y 
amado por el primero, lo determinaba a realizar ese acto. 
Tomás de Aquino tomó de estos filósofos árabes tal expli- 
cación, identificando el motor, objeto de deseo, con Dios, 
y así en la Suma contra los Gentiles dice: "En el movimiento 
que se efectúa por deseo y conocimiento, el sujeto que desea 
y conoce es un motor movido, mientras que el objeto deseado 
y conocido es un motor no movido. Luego, siendo Dios, el 
primero de todos los motores, motor inmóvil, necesariamente 
es, con relación al motor del que se mueve una parte, lo 
que lo deseable es relativamente al que desea". 

Fuera de esto, la ciencia moderna ha adelantado bastante 
a la del siglo xin, y hoy ya nadie cree como Tomás de Aqui- 
no, que las esferas celestes rueden en el espacio impulsadas 
por ángeles (lo que todavía aceptaba José de Maistre), ni 
que el fuego sea la causa de todo calor; y la radioactividad 
y las nuevas teorías sobre el átomo, fuente de energía hasta 
hace poco desconocida, han cambiado por completo los tér- 



192 



CELEDONIO NIN Y SELVA 



minos del problema del movimiento tal como lo concebían 
Aristóteles y sus comentadores medioevales. Conviene recor- 
dar que tres años después de la muerte del que se llamó 
Doctor angélico, el obispo Esteban Tempier, y algo más 
tarde, Roberto Kilwardeby, arzobispo de Cantorbery, con- 
denaron como heréticas varias de las proposiciones tomistas, 
condenación que se anuló cuando la Iglesia canonizó a Tomás 
de Aquino en el siglo xiv. Ahora bien, esta arcaica filosofía 
de tan frágiles fundamentos y propia sola para los sutiles 
espíritus de la Edad Media que en aquella época de igno- 
rancia científica se deleitaban con la logomaquia escolástica, 
es la filosofía verdadera, que recomienda León XIII y que 
ha impuesto a sus fieles, en su encíclica Aeterni Patris, de 
agosto 4 de 1879, prescrita después por Pío X en la encí- 
clica Pascendi (1908), siendo así hoy el tomismo la filoso- 
fía oficial de la Iglesia, por lo que se la ve resurgir en todos 
los medios en que los católicos puedan hacer sentir su 
acción (^). 

El matrimonio civil y el divorcio. — Continuando 
con el estudio de la encíclica de León XIII motivada por 
su jubileo papal, nos encontramos con ataques al Estado 
laico, porque éste ha legislado "sobre el lazo conyugal para 
profanarlo, al despojarlo de su carácter religioso", y porque 
en muchos sitios ha destruido la estabilidad del matrimonio, 
dando sanción legal a la licenciosa institución del divorció". 



(1) Véase en nuestra Historia de la Religión de Israel, 1. 1, p. 417, 
lo que expresa el gran exégeta bíblico Alfredo Loisy, de su expe- 
riencia al estudiar la Suma teológica y la Suma contra los gentiles 
de Tomás de Aquino, estudio que se le había recomendado para 
disipar sus dudas sobre la base filosófica de la doctrina cristiana. 

En nuestro país, el catolicismo se esfuerza en difundir la filoso- 
fía fósil de Tomás de Aquino. Así se ha hecho público por la prensa, 
que un profesor de 2^ enseñanza ha impuesto en sus cursos, en esta- 
blecimientos oficiales, el texto de filosofía de un jesuíta, cuya fina- 
lidad confesada es la de "cristianizar la filosofía". Además, en el 
N9 44 de la Revista Nacional (agosto de 1941) costeada por el Mi- 
nisterio de Instrucción Pública, se encuentra un artículo de un dipu- 
tado católico, todo saturado de tomismo, inspirado en obras fran- 
cesas contemporáneas escritas con el propósito de propagar tan 
arcaico sistema y hacernos retroceder en materia filosófica a los 
buenos tiempos de la escolástica medioeval. 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



193 



Al escribir esto León XIII no tuyo en cuenta u olvidó qué: 
1' — Los libros sagrados del Antiguo Testamento mues- 
tran claramente la evolución del matrimonio en el pueblo 
de Israel. Partida del politeísmo esa forma conyugal (Gen. 
35, 23-24; 36, 2, 3 j, se mantiene así como un privilegio de 
los gobernantes, tales como Gedeón (Jue. 8, 30), David 
(II Sam. 3, 2-5; 5, 13) y Salomón (I Rey. 11, 3; Cant. 6, 8), 
la que se limita a la bigamia para el común de los hebreos 
(Deut. 21, 25-17; I Sam. 1, 2). Bajo la influencia del pro- 
fetismo, triunfa el matrimonio monógamo, que es la regla 
corriente después del destierro (Prov. 12, 4; Mat. 18, 25). 
Pero en toda la Biblia aparece el matrimonio como un acto 
puramente laico, que no era acompañado por ninguna cere- 
monia religiosa, acto que se efectuaba ante testigos que ben- 
decían a los cónyuges, y cuyas fórmulas de bendición se 
nos han conservado en Gen. 24, 60 y en Rut 4, 11. Como 
en el antiguo Israel el matrimonio era ima especie de venta, 
y ésta se documentaba con un contrato escrito, es muy pro- 
bable que así ocurriera con el matrimonio, práctica ésta ya 
ordenada por el Código de Hanunurabí (de donde proce- 
den muchas de las prescripciones que se dan como mosaicas) , 
y que existía ciertamente después del destierro (Tobías, 7, 
13). El Nuevo Testamento nada expresa sobre cómo debe 
celebrarse el matrimonio cristiano, y sólo alude a los usos 
judíos al respecto, los que confirma con la palabra y el 
ejemplo de Jesús (Mat. 22, 2-10; 25, 1-10; Luc. 14, 8-10; 
Juan 2, 1-10). 

2' — Jesús basa su concepto de la monogamia en lo que 
se dice en Gén. 2, 22-24 — aunque, como escribe Loisy, esas 
palabras del Génesis "no consagran la monogamia, ni la in- 
disolubilidad del matrimonio, sino solamente el matrimonio, 
la unión del hombre y de la mujer, sin excluir la poligamia 
ni el divorcio" — , y se declara partidario de la indisolubi- 
Hdad matrimonial, salvo en caso de infidelidad de la mujer. 
(Es digno de recordarse que en el Antiguo Testamento se 
exige la fideHdad femenina; pero no la del hombre.) Jesús 
expUca la legislación mosaica sobre el divorcio, manifestan- 
do que ésta fue una derogación de la ley primitiva que ins- 



194 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



tituyó el matrimonio (Gén. 1, 27; 2, 24), derogación per- 
mitida por Moisés para prevenir males mayores, pues por 
la dureza de sus corazones (Marc. 10, 5), vale decir, por las 
rudas costumbres de entonces, los maridos podrían cometer 
más considerables excesos contra sus mujeres, con las que 
ya no querían convivir. Esa razón que atribuye Jesús a Moi- 
sés para consentir el divorcio, es la que ha llevado a los legis- 
ladores modernos a establecerlo. El ideal indudablemente es 
el matrimonio indisoluble por toda la vida; el divorcio es 
un mal menor, indispensable, que hay que permitir, para 
evitar daños de más consideración. 

3' — Al hablar de "la institución licenciosa del divorcio", 
León XIII condena, pues, a Moisés, o al autor sagrado que se 
cubre con su nombre, y que autorizaba al marido a repudiar 
a su mujer (Deut. 24, 1,2) dándole una carta en que se 
decía: "Ella no es mi mu)er, ni yo soy su marido*' (Os. 2,2) ; 
Y condena igualmente a Jesús, que, a lo menos, en caso de 
adulterio de la esposa, autorizaba el divorcio, y al apóstol 
Pablo, que también lo autorizaba cuando el marido o la 
mujer no eran creyentes (I Cor. 7, 12, 15). 

El catolicismo y la paz ínt-ernacional. — Más ade- 
lante dice León XIII que "esta paz armada comparable, 
bajo muchos conceptos, a los más desastrosos efectos de 
la guerra", se debe a que "han sido repudiados los prin- 
cipios cristianos, estos principios tan poderosamente efica- 
ces para sellar la fraternidad de los pueblos y para reunir a 
toda la humanidad en una especie de gran familia, por lo 
que poco a poco ha prevalecido en el orden internacional 
un sistema de egoísmo celoso, por el cual se miran mutua- 
mente las naciones, sino siempre con odio, por lo menos 
ciertamente con la desconfianza que anima a los rivales". 

El considerar los principios cristianos como factores de 
fraternidad internacional, bien que así se repite a menudo 
por escritores y estadistas, llegando a ser un lugar común 
en los discursos protocolares, es un hecho completamente 
falso, desmentido en absoluto por la historia. Los cristianos 
de los tres primeros siglos, que a causa de su fanático anti- 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



195 



militarismo fueron objeto de crueles persecuciones por los 
emperadores romanos, sostenían que desaparecerían las gue- 
rras el día que triunfaran sus ideas. Vino por fin ese triunfo 
completo en el siglo iv, cuando Constantino declaró al cato- 
licismo religión oficial del imperio, y las cosas siguieron peor 
que antes, pues a las luchas políticas se agregaron después 
las controversias teológicas, que más de una vez originaron 
sangrientas querellas. Se produce la invasión de los bárbaros, 
y éstos fueron convertidos a la nueva religión, siendo todos 
católicos a partir del siglo vi, hasta el punto que a fines de 
ese siglo, Pepino el Breve dona al Papa, el exarcado de Rá- 
vena, origen de los Estados Pontificios. 

Las nuevas doctrinas no sólo no impidieron los conflictos 
armados entre los pueblos del mismo credo, sino que ni aún 
lograron suavizar las costumbres de aquellas naciones incul- 
tas, entre cuyos dirigentes eran usuales los homicidios y crí- 
menes de toda especie. Además la intransigencia y la sober- 
bia papales desencadenaron la encarnizada lucha, que duró 
unos dos siglos, y que es conocida con el nombre de "guerra 
del Sacerdocio y del Imperio". De fines del siglo xi a fines 
del xm, el fanatismo católico impulsa a los pueblos europeos 
a conquistar la Palestina, en poder de los turcos: ese movi- 
miento religioso, que llamamos las cruzadas, sembró la ruina 
y la destrucción sin conseguir, sino por breve tiempo, el fin 
perseguido. Si algunos resultados favorables se obtuvieron 
de él fue a despecho de sus organizadores y sin que entrara 
€n el cálculo de éstos, como de todos los males suele siempre 
surgir algún impensado bien, que nos los compensa en ma- 
nera algima. ¿No hay quien aplaude la guerra actual, porque 
aumenta los conocimientos geográficos, y porque influye 
€n el progreso de la cirugía y de la aviación? Después, du- 
rante el resto de la Edad Media y en toda la Edad Moderna, 
la historia de los países católicos europeos es la historia de 
sus mutuas guerras, algunas de las cuales alcanzaron a durar 
cien años. 

¿Y qué decir cuando surgió la Reforma? El Papado no 
vaciló en azuzar a los países católicos contra los que habían 
abrazado el protestantismo, para extirpar la herejía no por 



196 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



la persuasión, sino a sangre y a fuego. Y cuando se descu- 
brió la América, las conquistas de aquellos guerreros cató- 
licos, implacables y sin entrañas, contra pueblos pacíficos 
que ningún mal les habían causado, se justificaba diciendo 
que era con el objeto de cristianizarlos. Mahoma no proce- 
día de otro modo cuando recomendaba a sus fieles extender 
su fe por medio de la cimitarra. 

Estas son las enseñanzas de la historia, que el espíritu sec- 
tario no puede negar, aunque, en pro de su causa, trate de 
tapar el cielo con un harnero. La fraternidad internacional 
es vm ideal que persiguen los hombres de buena voluntad, 
desde la lejana época de los profetas, cuando éstos dejando 
hablar a su corazón, soñaban con la época en que "los pue- 
blos convertirán sus espadas en rejas de arados, y sus lanzas 
en hoces: entonces no alzará espada nación contra nación, 
ni se ejercitarán más para hacer la guerra** (Isaías, 2, 4) . 
Visión grandiosa, ideal sublime hacia el cual tendemos; pero 
distamos mucho aún de tan radiosa meta, pudiendo, sí, 
afirmar que el cristianismo, en sus distintas ramas, ha fra- 
casado por completo como factor para alcanzar tan anhe- 
lada finalidad. 

Lo libertod, la religión católico y lo ciencio. — 

Sigue luego León XIII despotricando contra la libertad y 
sus beneficios, alegando que "los hechos han demostrado 
luminosamente que no poseía la eficacia que se le suponía. 
Conflictos económicos, luchas de clase se encienden y hacen 
erupción por doquiera, y ni aun se ve brillar la aurora de 
ima vida pública en la que reinara la calma. Por lo demás, 
y cualquiera puede comprobarlo, tal como se la entiende^ 
hoy, es decir, acordada indistintamente a la verdad y al error, 
al bien y al mal, la libertad sólo tiende a rebajar todo lo que 
hay de noble, santo y generoso, y a abrir más ampliamente 
la via al crimen, al suicidio y ala abyecta turba de las pa- 
siones'*. Medite el lector imparcial en estas palabras del más 
eminente de los papas contemporáneos, y véase qué se puede 
esperar de una iglesia que tiene tan pobre y equivocado con- 
cepto de la libertad. El ideal de esa institución es un sistema 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



197 



de gobierno donde se acuerde plena libertad únicamente a 
ella, poseedora de la verdad absoluta (sic), y en el que se 
reprima toda oposición a la misma, pues oponerse al cato- 
licismo es sustentar el error y propagar el mal, pues tal 
oposición conduce sólo al crimen y al desenfreno de las 
pasiones. Esa es la tesis del gran papa León XIII y, por lo 
tanto, de los defensores de su iglesia; por eso es un absurdo 
pretender que un católico sincero y consecuente sea parti- 
dario de la democracia, tal como la entendemos los que pen- 
samos libremente, sin prejuicios dogmáticos. Cualquier ré- 
gimen totalitario que no combata la religión, llámese fas- 
cismo, falangismo, gobierno de Vichy, etc., cuenta, pues, 
de antemano con las simpatías y el apoyo del catolicismo, 
dándose el caso curioso de que en su enemistad contra la 
verdadera democracia, extiende su adhesión a un régimen 
tan execrable como el hitlerismo, nueva forma de misticismo 
político pagano. 

Después de atacar la instrucción que no vaya acompa- 
ñada de una sólida enseñanza moral — en lo que estamos de 
completo acuerdo, pero sin necesidad de sostener que esa 
enseñanza moral ha de ser forzosamente religiosa — , pasa 
León XIII a chuparse de los progresos de la ciencia, y con 
más buen sentido y mejor criterio que sus predecesores, reco- 
noce que ésta "ha abierto nuevos horizontes a nuestro espí- 
ritu, ha aumentado el imperio del hombre sobre las fuerzas 
de la naateria, y ha suavizado la vida en este mundo". Le 
reprocha, sin embargo, que no haya estado a la altura de 
las esperanzas que había despertado, por lo que se encuentran 
multitudes en la miseria y que "una indefinible tristeza pesa 
sobre las almas y un inmenso vacío existe en los corazones". 
Estos reproches que suelen formular los creyentes contra la 
ciencia, son completamente injustos y desprovistos de todo 
fundamento. La misión de la ciencia consiste en investigar 
la verdad; y no se la puede culpar si no ha develado todos 
los misterios de la naturaleza, y si el hombre ha hecho un 
mal uso de sus descubrimientos. Es un absurdo pedir a la 
ciencia lo que ella no puede dar. Lo que hay en el fondo de 
todos esos ataques contra la ciencia, es el despecho o el resen- 



198 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



timiento, porque ésta ha echado por tierra muchas de las 
falsedades enseñadas, hasta hace poco, como verdades ins- 
púradas por la divinidad. 

Exhortación final aconsejando el retorno al cato- 
licismo. — Concluye su encíclica León XIII recomendando 
que la sociedad vuelva al seno del cristianismo; pero no a 
cualquiera de las ramas de éste, sino tan sólo a "la Iglesia, una, 
santa, católica y apostólica, en la que se encarna el cristia- 
nismo, y qtie es la eterna fuente de la justicia y de la caridad 
y la propagandista a la vez que la guardiana de la libertad 
verdadera y de la única igualdad que sea posible aquí abajo". 
Afirma que la Iglesia nunca ha sido enemiga de la ciencia, 
de la instrucción, ni de la libertad; que ha libertado a la 
humanidad del yugo de la esclavitud; que se ha encargado 
de la defensa de los débiles y de los oprimidos contra la arro- 
gante dominación de los fuertes; que ha reivindicado la liber- 
tad de la conciencia cristiana derramado a torrentes la san- 
gre de sus mártires; y que ampliamente ha concurrido a 
introducir y mantener la libertad civil y política en el seno 
de las naciones. Exhorta finalmente a los católicos a cum- 
plir con sus deberes y a defender la Iglesia, en una sumi- 
sión perfecta a las direcciones de la Santa Sede. 

Ya hemos rebatido todas estas pretensiones falaces de la 
iglesia católica — la que en realidad no es sino una rama 
desviada del tronco primitivo del cristianismo de los Evan- 
gelios — , por lo que, para no repetirnos inútilmente, remi- 
timos al lector a lo que sobre este punto hemos dicho con 
anterioridad. ¡Pobre ciencia, pobre instrucción, pobre liber- 
tad, si llegara a imperar nuevamente, como otrora, la opro- 
biosa dominación de la iglesia, una, santa, católica y apos- 
tólica romana! A los secuaces, pues, del clericalismo, que 
con León XIII nos hablan con el transcrito lenguaje, les 
decimos: Ya os conocemos; la historia nos muestra sin lugar 
a dudas cuál es vuestra obra secular, y por lo tanto, lo que 
nos podríais aportar en lo futuro; ya no nos dejamos sedu- 
cir por vuestras voces de sirena, por lo cual, ante esas exhor- 
taciones que, de aceptadas, harían retroceder a la huma- 



HISTORIA POLÍTICA DE LOS PAPAS 



199 



nidad a los siglos ominosos de la Edad Media, sólo nos resta 
responderos con las palabras que Jesús dirigió al apóstol 
Pedro: Yade retro. Satanás (Marc. 8, 33j. 

Resumen. — Hemos llegado al final de nuestro estudio 
de la obra de León XIII, el más político de los Papas que en 
estos 150 últimos años haya ocupado el trono del Vaticano. 
Gran escritor y hábil diplomático reanudó las interrumpidas 
relaciones de la Santa Sede con las naciones con las cuales 
había roto Pío IX. Mostrándose amigo de la ciencia y de 
los obreros, devolvió a su Iglesia el brillo y la influencia 
que había perdido por los desaciertos de sus antecesores. 
Ante el avance del republicanismo, supo separar a la Iglesia 
de la causa de la monarquía, proclamando que los católicos 
pueden aceptar cualquier forma de gobierno que no sea 
contraria a la justicia. Buscó sin resultado la unión al cato- 
licismo de las otras grandes iglesias cristianas; y aunque 
insistió en que la suya era la defensora de los débiles y de 
los oprimidos, no tuvo una palabra de condenación para 
los antisemitas, ni para aplacar la propaganda feroz que el 
clero francés dirigía contra el inocente Dreyfus. Fomentó 
los partidos católicos, y predicó la más completa sumisión a 
su iglesia. Exaltó la libertad en pro de sus fieles; pero la negó 
para los demás, porque éstos, por no ser católicos, están en 
el error, y la libertad sólo debe acordarse a la verdad. Tal 
fue la obra de este distinguido pontífice, llamado liberal, 
aunque combatió la libertad, y obrerista, porque reclamó 
ventajas para los obreros, a los que quería ver asociados bajo 
la dirección de los obispos. 

Bien que León XIII había realzado el prestigio de la Santa 
Sede, ante los ojos del público, descuidó los detalles de la 
administración de la Iglesia "cerrando a menudo los ojos, 
como nos informa Mauricio Pernot, sobre irregularidades y 
debilidades muy graves. A su muerte, las finanzas de la Santa 
Sede estaban en el más completo desorden; los asuntos inte- 
riores sufrían de gran abandono; y el organismo tan com- 
plicado de la iglesia romana no funcionaba ya regularmente 
en todas sus partes". Ante esta situación, se produjo una 



200 



CELEDONIO NIN Y SILVA 



reacción entre los dirigentes de la iglesia, quienes cansados 
de tener un papa político y diplomático, querían uno más 
religioso; por eso al fallecimiento de León XIII, ocurrido 
el 20 de julio de 1903, el cónclave puso sus ojos en im pre- 
lado de alma e intelecto de cura de aldea, y eligió como 
nuevo papa al patriarca de Venecia, que tomó el nombre 
de Pío X. 



FIN DE LA 1* PARTE 



INDICE 



Dos palabras al lector . . . 

Introducción 

Capítulo primero. Pío VI 



7 
9 
18 



Elección de Pío VI, 13. — Política de Pío VI en Rusia y 
Austria, 13. — Política de Pío VI con Francia después de la 
Revolución, 14. — Pío VI y la Declaración de los Derechos 
del Hombre, 17. — Pío VI ante los grandes sucesos histó- 
ricos del último decenio de su vida, 20. 

Capítulo segundo. Pío VII 23 

Elección de Pío VII, 23. — Pío VII y el concordato cotí 
Napoleón, 23. — Relaciones de Pío VII con Napoleón des- 
pués del concordato, 24. — Política reaccionaria de Pío Vil 
de acuerdo con el congreso de Viena, 27. — Pío VII condena 
las sociedades secretas que trabajaban por la libertad po- 
lítica, 28. 

Capítulo tercero. León XII 31 

León XII y el partido ultrarrealista de Francia, 31. — León 
XII y las sociedades secretas, 32. — La política de León XII 
con Rusia y Nápoles, 33. — La política de León XII con España 
y las incipientes repúblicas hispanoamericanas, 34. — La 
administración papal en los Estados Pontificios, 36. 

Capítulo cuarto. Gregorio XVI 39 

La mentalidad del papa Gregorio XVI y su encíclica Mirari 
vos, 39. — Gregorio XVI y la libertad italiana, 40. — La 
política reaccionaria de Gregorio XVI, 42. 

Capítulo quinto. Pío IX 45 

Primer período del pontificado de Pío IX, 45. — Política 
absolutista de Pío IX, 48. — Napoleón III y Pío IX, 55. — 
Influencia de Pío IX en la implantación del imperio de Maxi- 
miliano en Méjico, 62. — El Syllabns y su influencia polí- 
tica, 75. — El catolicismo en Suiza durante el siglo XIX 
hasta el fin del pontificado de Pío IX, 80. — Política de 
Pío IX después del concilio del Vaticano, 83. — Repercusión 
de la política retrógrada de Pío IX en Ecuador y el Uru- 
guay, 85. — La autocracia de Pío IX y el fracaso de su 
política, 90. 

Capitulo sexto. Causas del desarrollo del catolicismo en Europa 

durante el siglo XIX 93 

El patronato real y el josefismo, 93. — Factores del resiir- 
gimiento del catolicismo en el siglo XIX, 95. — Los partidos 
católicos, 101. — Francia, 101, — Bélgica, 103. — Holanda, 
105. — Alemania, 106. — Resumen, 108. 



Capítnlo séptimo. León XIII 

División del pontificado de León XIII, 111. — Examen de 
las principales encíclicas de León XIII hasta 1891. La Qaod 
Apostólici, 112. — La encíclica Diuturnum, 114. — Las en- 
cíclicas Nobilíssima Gallorum gens y Humanum genus, 115. 

— La encíclica Inmortale Del, 117. — La encíclica Libertas 
prsestantíssimum, 120. — Observaciones a las expuestas en- 
ríclicas de León XIII: 1* La soberanía popular y la soberanía 
de Dios, 123. — 2* La iglesia católica, 125. — 3* Las liber- 
tades en el Estado moderno, 127. — 4^ La Masonería, 131. — 
Diplomacia y política de León XIII, 142. — La política de 
León XIII con Francia, 144. — El asunto Dreyfus, 151 - 
La política de León XIII con Alemania, 156. — La política 
de León XIII con Italia, 160. — La política de León XIIl con 
Inglaterra, 162. — La política de León XIII con Rusia, 172. 

— El papa obrerista. La encíclica Remm Novarum, 176. — 
Observaciones a la encíclica Rerom Novarum, 179. — Docu- 
mentos pontificales posteriores a la encíclica Rerum Nova- 
rom, 184. — La denjocracia católica, 185. — La limosna y la 
obediencia a los obispos, 187. — El testamento político de 
León XIII. El tomismo, filosofía oficial de la Iglesia, 188. — 
El matrimonio civil y el divorcio, 192. — El catolicismo y la 
paz internacional, 194. — La libertad, la religión católica y 
la ciencia, 196. — Exhortación final aconsejando el retomo 
mi catolicismo, 198. — Resumen, 199. 



ESTE LIBRO SE TERMINO DE IMPRIMIR 
EL 31 DE AGOSTO DE 1943. EN LOS 
TALLERES GRAFICOS "LA MUNDIAL" 
SARMIENTO 3149 — BUENOS AIRES 



é 



1 

0